Escrito por: Jorge Farid Gabino González
Escritor, articulista, profesor de Lengua y Literatura
A escasas tres semanas del balotaje en el que se decidirá quién habrá de convertirse en el próximo presidente del Perú, el peligro de que caigamos en las garras de un gobierno comunista, como el que a todas luces será el del señor Pedro Castillo, según se puede deducir de su mamarrachento plan de gobierno, resulta casi tan grande como el riesgo que corremos de caer otra vez en las sucias manos del fujimorismo, agrupación política que ve hoy, más cercana que nunca, la hora de gobernar nuevamente el país, aun cuando, sabido es, que tiene detrás de sí una larga lista de razones por las que nadie en su sano juicio debería siquiera considerar la posibilidad de otorgarle su confianza. Y es que, según indican las encuestas, ambos candidatos se encuentran virtualmente empatados; lo cual, faltando tan poco para el desenlace, hace prever que el triunfo se lo puede llevar cualquiera.
Como sea, una cosa es cierta: es la señora Fujimori quien más ha crecido en las encuestas durante las últimas dos semanas, a pesar de existir un amplísimo sector de la población que no tiene reparos en afirmar que jamás votaría por ella. Por lo que, de mantenerse la tendencia, todo haría indicar que llegaría al seis de junio con mayores posibilidades de hacerse de la presidencia; a diferencia de Pedro Castillo, que parece haber llegado a un punto en que lejos de seguir sumando incautos a los miles de adeptos con que ya cuenta, lo que estaría haciendo más bien es perderlos; y con justa razón, pues los desatinos en que incurre cada vez que le da por decir esta boca es mía, parecen estar abriéndoles los ojos a quienes hasta no hace mucho veían con simpatía, con esperanza, su entonces todavía en ciernes candidatura.
Y habida cuenta de que en política las ilusiones duran lo que las esperanzas que se ponen en ella, no ha tenido que pasar mucho tiempo para que aquel personaje que en un primer momento daba la impresión de ser alguien todavía no cegado por la soberbia, que por lo general termina por afectar a la mayoría de quienes se dedican a esto, al final acabará mostrándose como el individuo arrogante que en realidad es, como el sujeto intolerante que cada vez se esfuerza menos en querer ocultar, como el tipejo extremadamente machista del que ya no tiene ningún reparo en no querer deslindar.
Autodesenmascaramiento este que, como ya se vio, ha comenzado a pasarle factura a quien, debido al amplio margen de diferencia que hasta hace un par de semanas tenía con respecto a su contrincante política, se figuraba ya como el seguro ganador de la segunda vuelta electoral. Pero no. A estas alturas del partido, el señor Pedro Castillo no se puede sentir seguro ganador de absolutamente nada. Y menos al paso que va: diciendo estupidez tras estupidez a la menor oportunidad que se le presenta para hacerlo. Porque si no es debido a que Keiko Fujimori logre atraer por sí misma los votos de los aún indecisos hacia su candidatura, será a causa de las sandeces que dice que el candidato de Perú Libre acabará perdiendo las elecciones.
Desde luego que nada está dicho. Porque, así como Pedro Castillo es por momentos el peor enemigo de su propia candidatura, lo propio ocurre también con Keiko Fujimori. Solo que, a diferencia de aquel, que en estos menesteres de la política es prácticamente un principiante, lo sucedido con la candidata de Fuerza Popular hace un par de días atrás no tiene explicación, se lo mire por donde se lo mire. Pues de haberse hecho merecedora de la simpatía de los electores debido a su discurso en defensa de la democracia y de la estabilidad económica, pasó a recibir el repudio de no pocos sectores de la población a causa de sus declaraciones sobre las llamadas esterilizaciones forzosas que se practicaron durante el gobierno de su padre. No era para menos, por supuesto. Que afirmar que estas fueron solo un programa de “planificación familiar” compite tranquilamente en imbecilidad con algunas de las más “célebres” frases del señor Pedro Castillo.
Así las cosas, esto es, si condenados estamos a que uno de los dos sea quien finalmente lleve las riendas del país durante los próximos cinco años, solo nos queda estar atentos a que en los días que quedan para el balotaje no se nos pasen desapercibidas ningunas de las cosas que, ya sea de manera deliberada o por descuido, alguno de los candidatos en cuestión fuera a decir. Porque, aunque parezca exagerado decirlo, es en esas palabras, en esas afirmaciones, donde podrían estar escondidas sus verdaderas intenciones, su verdadero talante. Porque si nuestra suerte está ya echada, al menos vayamos a las urnas sabiendo a qué clase de sabandija es que le daremos nuestro voto.




