¿Retorno seguro a las aulas?

 Escrito por: Jorge Farid Gabino González

Escritor, articulista, profesor de Lengua y Literatura

  No es la sensatez, como se sabe, una de las características por la que se distingan con especialidad nuestros políticos. Tiende a ser el suyo, más bien, un proceder que de ordinario suele andar reñido con la cordura, con la razón, con la moderación. Lo que lleva, naturalmente, a que un gran número de las decisiones que tomen, y toman más de las que deberían, acaben por colocarnos, a quienes por una u otra razón, sufrimos las consecuencias de sus no pocas veces irresponsables actos, en situaciones que lindan a no dudarlo con el disparate.

Y es que de poco menos que de un verdadero disparate podríamos tildar a lo que viene sucediendo en los ministerios de Salud y Educación, que, a pesar de saber mejor que nadie que no existen condiciones favorables para que los estudiantes de la Educación Básica retornen a las aulas, insisten terca y obstinada y obcecada y tozudamente en que se reanuden las clases presenciales en algunas regiones del país, bajo el argumento falaz de que porque se trataría de lugares pertenecientes al ámbito rural las posibilidades de que ocurran contagios serían mínimas. Lo que no hace otra cosa que confirmarnos que en realidad les importa un maldito carajo lo que podría pasar con la salud, con la vida, de miles de niños, jóvenes y docentes, que tarde o temprano acabarían contrayendo el maldito virus, con las consecuencias que ya todos conocemos.

Porque el cuento ese de que “solo” con la mascarilla, el alcohol, el lavado de manos y el distanciamiento social será suficiente para que los estudiantes se pongan a buen recaudo de contagiarse de la COVID-19, a la luz de todo lo que se ve, a la luz de todo lo que se sabe, no se lo traga ya nadie. Más aún, si tenemos en consideración que no existen escolares en este país, ni en ningún otro país del mundo, que, por su propia condición, por su propia naturaleza, sean capaces de cumplir con rigor los llamados protocolos de bioseguridad establecidos para estos efectos.        

Que al Minedu se le haya ocurrido la insensatez de querer el retorno a las aulas precisamente en estos momentos en que el número de contagios y fallecimientos en nuestro país ha alcanzado las más altas cifras de toda la pandemia, no es algo que a decir verdad nos sorprenda demasiado. Conocida es la posición que dicha cartera tuvo, por ejemplo, cuando en marzo de 2020 el virus llegó al país, y se suspendieron las clases a nivel nacional. Circunstancia en la que a los altos ejecutivos del ministerio de Educación no se les ocurrió mejor idea que sugerir la posibilidad de que para que los profesores “justifiquen” el cobro de sus haberes durante el primer mes de la pandemia, deberían asistir a sus colegios a hacer acto de presencia; porque, claro, son los profesores superhumanos a los que el virus no puede afectar.

Lo que sí cuesta creer, sin embargo, pues se trata del ministerio que por obvias razones es el único facultado para establecer los criterios que servirían para autorizar el retorno seguro a las clases presenciales en la Educación Básica, es que, lejos de oponerse tajantemente a la delirante iniciativa del Minedu, el Minsa venga guardando un silencio cómplice. A pesar de saber muy bien que no existen ni las más mínimas condiciones para que escolares y maestros retornen a las aulas, sin que se arriesguen a contraer el coronavirus.

¿Por qué, entonces, tanto interés en ello? ¿Será, como nos quieren hacer creer, que lo hacen porque les interesa la educación, porque se desviven para que los niños y jóvenes de todo el país reciban la formación que de otra manera jamás tendrían? Si es eso, no se lo cree nadie. Pues, si así fuera, para empezar, habrían repartido hace ya tiempo las tabletas que prometieron entregar a un número importante de escolares del país. No obstante, todos sabemos que aún no lo hacen, a más de un mes de haber iniciado las labores escolares. 

¿No será, quizá, que su interés en que tanto estudiantes como profesores regresen pronto a las aulas obedezca en realidad a que, al hacerlo, le ahorrarán al Minedu, al menos de momento, el tener que cumplir no solo con una implementación tecnológica de las escuelas como nunca antes se ha visto en la historia del país, sino también con el hecho de implementar una alfabetización digital que pueda paliar, cuando menos en alguna medida, el enorme grado de insolvencia en la materia que caracteriza a un alto porcentaje del magisterio?

Lo cierto es que, mientras en el país entero las cifras de contagios y fallecimientos siguen aumentando a despecho de protocolos y vacunas, nuestro flamante ministro de Educación parece haber olvidado que para alcanzar el logro de aprendizajes no basta con tener profesores y estudiantes predispuestos al trabajo. También es necesario que estos se encuentren vivos. Pequeño detalle, este, que no estaría de más tenerlo un poquito en cuenta.