UNA NUEVA MIRADA DEL ATEÍSMO

 Escrito por: Ronald Mondragón Linares

 

Todavía hay quienes piensan que en los días de Semana Santa los agnósticos y los ateos somos convidados de piedra y no tenemos nada qué decir. Peor aún, hay mucha gente que nos mira como a bichos raros e incluso como personas desalmadas, sin escrúpulos o capaces de cualquier bajeza. Es evidente que detrás de estas opiniones se encuentran prejuicios firmemente arraigados.

Creo que, históricamente, una de las fuentes principales de este malentendido es de carácter ideológico. En la Edad Media, el poder real se encontraba en manos de la Iglesia y los intelectuales y científicos eran castigados incluso con la muerte si sus pensamientos u opiniones cuestionaban las enseñanzas o dogmas bíblicos. El poder estaba construido sobre bases ideológicas de carácter religioso; no podía ser mellado sin pena del exilio o de la hoguera.

Tanto el Renacimiento como la Ilustración, contribuyeron a ampliar el espacio de la libertad de pensamiento, otorgar jerarquía a la razón humana y separar la religión del poder político. En el siglo XIX, este progreso de las ideas desemboca en Hegel y luego el marxismo, que plasma el sistema hegeliano en la dialéctica materialista, que no admite un espíritu superior como demiurgo del Universo.

En política, esto se transformó, en el siglo XX, en una contienda al mismo tiempo hegemónica y fratricida entre Occidente y Oriente, es decir, entre capitalismo y comunismo. Durante el periodo de la Guerra Fría, se hizo más patente el conflicto ideológico, una de cuyas aristas era el aspecto religioso.

En aquella época, los políticos y los intelectuales de izquierda comunista tenían un discurso marcadamente antirreligioso. Lo cual-no tengo duda alguna-fue un craso error, aunque explicable por las especialísimas circunstancias del contexto histórico.

En lo más profundo del espíritu humano, anida siempre el anhelo y la búsqueda de trascendencia. El hombre es un ser insaciable, repetía Ernesto Sábato, refiriéndose a aquella inconformidad espiritual como uno de sus rasgos inherentes a su naturaleza. Su naturaleza finita y efímera hace que su ser se vuelque hacia el misterio y la eternidad. La grandiosidad del Universo lo sobrepasa, lo empequeñece y lo lleva a pensar en un Creador, que, al mismo tiempo, llena su espíritu inconforme, su soledad, sus angustias y debilidades.

El ser humano es un ser de fe y espiritual por excelencia. No hay quien carezca de fe, muchas veces religiosa, salvo los espíritus absolutamente arruinados y caídos en la más baja de las miserias. Y esta aseveración general incluye a los agnósticos y a los ateos, que también alguna vez en su vida,han sentido en la contemplación de las estrellas un destino más alto.

El hecho de no creer en la existencia autónoma de un ser omnipotente o de dudar acerca de la posibilidad misma de acceder al conocimiento de lo divino-como sucede en el caso de los agnósticos-, no quita en absoluto la sublime espiritualidad ni elimina el afán de trascendencia, ni la vivencia de profundos valores humanos como la solidaridad, la gratitud, la compasión o la libertad.

Para vivir en y por la fe no son necesarias las etiquetas confesionales. Y esto se debe a una razón práctica y de sentido común: los propios hechos y las propias actitudes son los que finalmente cuentan, el vivir cotidiano y las acciones hacen lo que finalmente somos. Por eso, las variadas y diferentes religiones y sus correspondientes fundamentos doctrinales deben pasar, desde este punto de vista, a un segundo plano. No hay mayor práctica de la fe que la vida misma, con el contacto directo con el prójimo, con el hermano, con el compañero o con “los otros”, en la terminología existencialista.

En las últimas décadas, se ha venido acuñando en estudios de Sociología el concepto de “ateísmo práctico”. Este ateísmo no está dado por la tendencia filosófica, sino por la práctica vital. Es decir, se trata de una práctica vivencial y cotidiana que transgrede abiertamente los principios religiosos que, supuestamente, deberían regir u orientar la conducta sobre todo ético y moral de las personas. Hablar de manera sistemática en nombre de Dios y luego enriquecerse ilícitamente en un cargo público, a costa de los demás, sería, pues, uno de estos casos donde las propias acciones niegan abiertamente los principios y las guías espirituales de una creencia.

No está demás, me parece, recordar que uno de los principios que rigen la convivencia civilizada y democrática es la libertad de creencia. Pero la intención del presente artículo es más sencilla y cercana: solo quiere que quienes entendemos la fe de diferente manera, como los agnósticos, los nihilistas o los ateos, nos sentemos también, en comunión sincera y genuina, en la mesa de los hombres.