Al nivel de algunos de nuestros políticos

 Escrito por: Jorge Farid Gabino González

Escritor, articulista, profesor de Lengua y Literatura

Lo que uno estaría llamado a creer en circunstancias normales, aquello que la razón y el sentido común nos debería llevar a suponer porque así lo dicta el raciocinio, porque así lo determina el buen juicio, no es, sin embargo, lo que a menudo sucede. No en el Perú, en todo caso. Decimos esto porque basta observar cómo, de un tiempo a esta parte, instituciones encargadas de velar por el resguardo de la cultura, por el cuidado de la educación, como por obvias razones lo son los ministerios de Cultura y Educación, hacen, no obstante, todo lo contrario. Y lo hacen impunemente: a vista y paciencia de todo el mundo. Sin que nadie, o casi nadie, pareciera darse por enterado de lo que viene sucediendo.

Proferidas en un primer momento a través de las redes sociales, como por lo demás es ya costumbre en estos tiempos modernos, expresiones que en principio no deberían haber salido jamás de dicho ámbito, por burdas, por ordinarias, por rústicas, han acabado por llegar, contra todo pronóstico, a terrenos en los que por razones que ni siquiera hace falta enumerar, no deberían haber arribado jamás. Hablamos, por supuesto, del rosario de palabras y frases conocidas como “lenguaje inclusivo”, que para vergüenza, porque es una vergüenza, de todos los peruanos, se ha instaurado ya tanto en el idiolecto del ministerio de Educación como en el de Cultura, con las terribles consecuencias para la educación y la cultura que se derivan de ello. 

Así, no es raro encontrar hoy en día que los manuales elaborados y distribuidos por el ministerio de Educación, esto es, que aquellos documentos llamados a contribuir en la formación de los niños y jóvenes del país, se caractericen por tener sus páginas plagadas de disparates como los siguientes: “las y los niños y niñas deben contar con el apoyo de los padres y las madres de familia, para ser mejores hombres y mujeres en el futuro”. Porque, aunque parezca mentira, ese uso desnaturalizado y estúpidamente ridículo del idioma, ya no es solo privativo de ámbitos en los que suele ser habitual incurrir en extravagancias de ese jaez. Pues hoy es también posible encontrarlo en textos como los antedichos, sin que nadie parezca escandalizarse por ello.

Lo que resulta imposible no preguntarse es cuál es el argumento con que los especialistas del Minedu justifican semejante tontería. Porque a buen seguro que han de tener alguno, por muy tirado de los cabellos que pudiera ser, y que de hecho ha de serlo, dado lo indefendible del asunto. Y es que no de otra manera se explicaría, si acaso, el que siendo una institución cuya razón de ser es, en buena cuenta, el cuidado de la formación de las personas desde temprana edad, esto es, el velar porque quienes se encuentren bajo su tutela reciban una verdadera formación integral, una que les brinde sólidas bases científicas, sí, pero también humanísticas, haga, no obstante, todo lo contrario. Por lo menos en lo que toca al cuidado del lenguaje.

Y como bien dicen que la estupidez es contagiosa, no es ya ninguna novedad el que, junto al ministerio de Educación, el de Cultura haya comenzado a ir también por el mismo camino. Ello porque, como es de amplio conocimiento, no solo ha hecho suya la tendencia aquella a emplear el mamarrachento lenguaje dizque inclusivo en cuantos documentos y pronunciamientos oficiales le da por emitir, sino porque además ha tenido la desfachatez de premiar con un monto económico nada despreciable a un piloto de serie, cuyo título habla por sí solo: “Mi cuerpa, mis reglas”.

El caso es que, a estas alturas del partido, el mal parece estar tan pero tan extendido, que por momentos nos asalta la impresión de que es poco o nada lo que se puede hacer ya por revertir en alguna medida al menos este sombrío estado de cosas. Quienes deberían encargarse de combatirlo no lo hacen. Quienes deberían ser los primeros en enseñar con el buen ejemplo tampoco lo hacen. Todo eso es cierto. Pero, si lo vemos bien, no tendría por qué extrañarnos. Que en el Perú suele ser esa, más bien, la constante. Que quienes tengan que hacer las cosas no las hagan. Es más: que quienes tengan que hacerlas hagan en realidad todo lo opuesto. Ahí tenemos a las carteras antedichas para corroborarlo. 

Porque de toda la sarta de imbecilidades que en los últimos años vienen difundiéndose entre personas de todos los estratos sociales, y como reguero de pólvora, en materia de uso de la lengua, son las que derivan del feminismo extremista las que peores efectos vienen causando a la educación, a la cultura. Y con la complicidad, para colmo y remate, de instituciones que deberían ser las abanderadas de su defensa. Ocupados en analizar las sandeces que por estos días viene lanzando a los cuatro vientos un gran número de nuestros políticos, olvidamos por momentos que este tipo de cosas también deberían ser materia de discusión, materia de análisis. Claro que jamás las oiremos de boca de nuestros candidatos. Sería mucho pedir. No lo es, sin embargo, el que comencemos a tenerlas en cuenta. Es lo mínimo que podríamos hacer por aquello sin lo cual estaríamos al nivel de algunos de nuestros políticos.