Desde este lunes 15 de marzo regirán nuevas medidas frente al COVID-19

Un día como hoy

 Escrito por: Jorge Farid Gabino González

Escritor, articulista, profesor de Lengua y Literatura

 Un día como hoy comenzó todo. Y como ocurre con las grandes tragedias, de las que jamás somos capaces de advertir sus verdaderos alcances hasta que ya las tenemos encima, hasta que ya es demasiado tarde, la calamidad que incluso hoy se empecina en continuar cerniéndose sobre nuestras cabezas no nos llegó de golpe. Supo tomarse su tiempo. Como el verdugo que no tiene ningún apuro en ir en busca de aquel a quien sabe que sin importar cuánto se tarde en tocarle la puerta, igual hallará esperándolo, la pandemia también fue metiéndose en nuestras vidas de a pocos, con cuentagotas.

Día tras día, semana tras semana, mes tras mes, nos fue envolviendo irremediable y sostenidamente en su manto de pesar, de dolor, de sufrimiento. Primero a la distancia, sin golpearnos directamente, pero asegurándose de hacernos saber cuán terribles podían llegar a ser sus envestidas si se lo proponía. Después, acercándose peligrosamente hasta hacernos erizar la piel de lo próxima que se nos ponía. Finalmente, golpeándonos sin misericordia ahí donde más nos duele, ahí donde por afectar a quienes queremos es que más nos duele.

¿Que algo que ni siquiera podemos ver, y que por ello mismo puede sorprendernos cuando menos lo esperamos, fue capaz de cambiarnos la vida para siempre? Pues sí. Es muy cierto. No menos cierto es, sin embargo, que no solo nos cambió la vida, sino también ese otro lado de la existencia del que a menudo nos cuesta ocuparnos: la muerte. Porque el virus ese también nos cambió la muerte. La manera en que hasta antes de su llegada concebíamos a la nefasta muerte. Pues gracias a la COVID-19, hoy la muerte ya no es más aquella lejana posibilidad, que dependiendo de las circunstancias podía adelantar en ocasiones su inevitable visita, sí, pero que por lo general la postergaba más bien para cuando el ocaso la hiciera inexcusable.

Es la muerte ahora una realidad con la que convivimos a diario. Y porque la tenemos tan al alcance de la mano, tan a tiro de piedra, es que hemos terminado por verla como la cosa más natural del mundo. Aun cuando no la es. No, al menos, cuando viene a ajustarle cuentas a quienes por haber vivido poco, por tener, como se dice, toda una vida por vivir, no deberían recibir la visita de la parca. Su aplastante cotidianidad ha hecho, no obstante, que, a fuerza de topárnosla todos los días, de encontrárnosla al doblar cualquier esquina, acabemos perdiendo inevitablemente esa capacidad de indignación, de desconcierto, de sorpresa, que en circunstancias normales solía producirnos la muerte de alguien.

Esa lenta pero sostenida llegada de cambios que trajo consigo la pandemia, por supuesto, no solo se circunscriben a lo antedicho. Pasan también, y por ejemplo, por el hecho de que aquello que parecía poco menos que imposible, aquello que ni para los espíritus más dados a la desesperanza, más proclives al pesimismo, resultaba nada viable que sucediera, terminase no siéndolo. Esto es, que nuestra deleznable clase política, que en cuestiones morales parecía haber tocado fondo hacía ya muchísimos años, acabase demostrándonos que, tratándose de ellos, siempre es posible caer todavía más bajo.

Da cuenta de ello, sin ir lejos, el proceder abyecto del expresidente Vizcarra, quien, mientras el país entero se encontraba a merced de los terribles embates del virus, mientras nuestros profesionales de la salud dejaban sus vidas luchando por salvar las de los demás, se hacía vacunar, junto a su esposa y su hermano, a espaldas de la población. Da cuenta de ello, también, la no menos condenable actitud de la exministra de Salud Pilar Mazzetti, quien, después de haber anunciado al país entero, a raíz de la llegada de las vacunas, que sería la última en ser inoculada entre el personal de salud, tuvo que terminar admitiendo que sí, que ya se había vacunado.

Pues bien, son esas y muchas otras cosas más las que nos ha dejado hasta la fecha la maldita pandemia. Y todo hace indicar que la lista está lejos de cerrarse. Seguirá creciendo cuando dure este nuevo estado de cosas. Y solo Dios sabe, si acaso, cuánto más durará. Como sea, solo nos queda acostumbrarnos a esta nueva normalidad. A que para bien o para mal, a que más para mal que para bien, ya nada volverá a ser como antes. La vida ya no nos sabrá igual que antes. La muerte ya no nos dolerá igual que antes. En resumidas cuentas, seremos peores de lo que ya éramos. Lloraremos más, quizá, pero decididamente sentiremos menos. Nos seguirá asombrando la muerte, sí, pero no más de lo que lo hace el que el sol se ponga cada tarde. Nos seguirán indignando las bellaquerías de nuestros políticos, sí, pero no más de lo que lo hacen sus cinismos. Un día como hoy comenzó todo. Un día como hoy se nos fueron tantas cosas a la mierda. Quisiéramos pensar que la esperanza no haya sido una de ellas.