Escrito por: Ronald David Mondragón Linares
Entre Amarilis y Graciela Briceño Ingunza “hay un silencio de siglos”, escribió Esteban Pavletich en el prólogo del poemario de esta última, “Poemas de mi edad”. Corría el año 1959.
Ciertamente, entre la publicación de “Epístola a Belardo”(1621) y “Poemas de mi edad” medían más de tres largos siglos de silencio lírico, hablando en términos de apariciones vitales y significativas de poetas en Huánuco.
Amarilis, por lo demás, es una figura descollante a nivel nacional. Según Luis Alberto Sánchez, durante la época de la Colonia, solo dos autores merecen destacarse por su originalidad: Garcilaso de la Vega y Amarilis (Sánchez: 1981). Originalidad que, como reclama toda investigación rigurosa y que tenga en cuenta múltiples variables, se destaca dentro del contexto literario de la época y en relación a los logros estéticos de los demás autores, en la misma etapa histórica. Tal es la importancia de Amarilis y Garcilaso, que trascienden el ámbito nacional y alcanzan una repercusión continental, pese a las formas literarias todavía tributarias de España; y, en el caso de Amarilis, se trata de una trascendencia singular sólo comparable a sor Juana Inés de la Cruz, notabilisima poeta mexicana, igualmente en el siglo XVII.
Ese vasto espacio histórico-temporal que Pavletich llama “silencio” no hay que mirarlo solo desde la estrecha perspectiva local, sino nacional. En efecto, dicho “silencio de siglos” poético también corresponde a la escala total de nuestro país. En esta escala, hablando en sentido estricto desde el punto de vista de la originalidad de que habla Luis A. Sánchez (que no se encuentra ni en Juan del Valle Caviedes, ni en Juan Espinoza Medrano) el silencio de apariciones creadoras realmente originales recién se rompe en el contexto emancipador a través de la voz de Mariano Melgar.
En Huánuco, entrando a la segunda mitad del siglo XX, una voz de mujer se encargaría de romper ese silencio en ese desierto de creaciones de auténtico carácter propio, nacional: Graciela Briceño Ingunza.
El planteamiento que este articulista ofrece es apenas un bosquejo general de las etapas del proceso de la poesía huanuqueña, marcado a lápiz grueso. Luego, pues, del largo mutismo poético que en esta región del país se adentra hasta la República, con Graciela Briceño, a mi juicio, se inicia verdaderamente la época de la modernidad poética en Huánuco. ¿Qué implica este concepto de modernidad? Modernidad implica, en ese cuadro de búsqueda de auténticas voces líricas propias, abrirse hacia el encuentro con corrientes literarias contemporáneas, actuales y nutrirse de ellas, vale decir, salir al encuentro del mundo. Mariátegui le llama a este proceso particular fase “cosmopolita”. Sin embargo, quien realmente inicia este proceso de cosmopolitismo en esta parte del país es Esteban Pavletich, una figura emblemática y fundamental para comprender, en general, el desarrollo de la literatura en Huánuco. Pavletich encarna la figura del intelectual que asume con vocación y compromiso su rol directriz de las generaciones venideras, y su deber de hombre de letras que remonta y trasciende el campo de la estética hacia una preocupación que integra la literatura y la sociedad. Véase, por ejemplo, cómo su “Leoncio Prado: una vida al servicio de la libertad”, destella intensas luces románticas como fondo, enmarcado de la belleza de la plástica modernista”; cómo la nouvelle “Un extraño caso de amor” nos deja cierta huella del realismo psicológico del siglo XIX; cómo en “No se suicidan los muertos” se integran el realismo típico y el posrrealismo en una versión sobria y atildada del regionalismo latinoamericano asentado en el siglo XX.
La modernidad poética, pues, iniciada con Graciela Briceño (y, por extensión, con Esteban Pavletich; no olvidemos, de paso, el imponente “Revelación de Kotosh”), definitivamente se desarrolla y consolida, hacia las décadas finales del siglo pasado, con una personalidad luciente y de gran envergadura lírica: Samuel Cárdich. Con él, no solamente la poesía huanuqueña llega al cenit estético en esta etapa, también se instala en el terreno de verdadera competencia a escala nacional (desde “Hora de silencio” hasta “Memoria del dolor”, las notables marcas de regularidad y rigurosidad sólo son propias de los grandes autores). El nombre de Andrés Jara también está presente en esta fase de consolidación-su última entrega, “Entre el mar y la montaña” es una ratificación de su valía literaria- y, a su lado, el despliegue poético de figuras que coadyuvaron al desarrollo y participaron activamente en la dinámica de este proceso(Víctor Domínguez Condezo, Víctor Rojas Rivera, Luis Mozombite, Julio A. Ruiz Vásquez, Miguel Rivera, Manuel Nieves). En esta instancia adquieren un rol protagónico y una significación relevante la aparición y el accionar de “círculos” y movimientos refrendados por revistas y publicaciones: Convergencia, Cauce, Palabra en Rebelión, Iluminaciones, etc. (cuya importancia y desarrollo es menester analizar en una mención aparte), ya que nos dan muchas luces para deslindar aspectos centrales del proceso como para entender determinadas causas, efectos e interpretaciones.
Finalmente, este bosquejo general se cierra con la etapa actual a la que denomino provisionalmente la etapa de Eclosión, que es la fase de la reafirmación y por ende de la continuidad poético-literaria de la tradición estética huanuqueña, iniciada por ese verdadero hito fundacional llamado Amarilis. Quienes participan en la dinámica de esta actualidad poética, a la que llamo Eclosión por la notable profusión de autores, nuevas figuras y poetas jóvenes (Ángel Santillán, John Cuéllar, Irving Ramírez, Gloria Dávila, Rosy Majino, Alvest Valdivia, Hugo Arias) tienen en sus manos el compromiso que debe ser indesmayable por ratificar la vigencia de la calidad y la altura de la poesía que se hace en esta parte del mundo. La valla que ha colocado, sobre todo Samuel Cárdich, es realmente alta: solo caerán o se estrellarán con ella quienes no aspiren con intensidad, trabajo y verdad a superar los grandes desafíos.




