EL DUENDE AZUL

Por: Andrés Cloud

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Color, música y la secuela de hechos prodigiosos son elementos coadyuvantes que se complementan admirablemente en los nueve capitulillos del relato lírico El duende Azul de la autoría de Víctor Manuel Rojas Rivera (Huánuco, 1961) narrador, poeta y docente universitario de comunicación. Entre muchas otras referencias, dan cuenta del colorido al interior de la historia narrada, el vestuario del personaje de color amarillo cromo que “reverberaba como si fuera de oro”; el supuesto pony blanco de la llegada del duende Azul (nombre y no adjetivo) a la ciudad de los Caballeros de León; la capa de éste que emitía chispas doradas; el arcoíris; el fuerte resplandor de las aguas de la laguna de Viña del Río, etc. En lo tocante al aspecto musical, basta mencionar el magicismo y la función purificadora, adormecedora y liberadora de los instrumentos de viento (aliento) y percusión como la flauta, la quena, la siringa y la tarola en manos del ilustre visitante. Incluso el nombre de uno de los personajes: Aril, anagrama de lira. Y ni qué decir de los hechos prodigiosos tales como el episodio eléctrico y la tormenta de relámpagos azules previo a la llegada de Azul a la ciudad; la torrencial lluvia en la noche del 20 de agosto, la jornada de la gran pesca de cachuelos, bagres y cachpas en la laguna Viña del Río, y otra vez etcétera.
El duende Azul (Editorial Universitaria de la Universidad Ricardo Palma, Lima, 2015, 78 págs., ilustraciones de William Huasco Espinoza) es un sobrio relato abundoso en claves y contrastes que ameritan una y más lecturas. En él se da cuenta del sorpresivo arribo a la ciudad (supuestamente Huánuco) de un personaje exótico (duende) de talla menuda (“un poco más de un metro”), eximio flautista y tarolista (músico callejero, “tocachín” en el habla popular) que, en sus conciertos musicales vespertinos en instituciones educativas y al aire libre (plaza de armas, parques, plazuelas), encandila a su audiencia conformada por niños y adultos. Pero su presencia en la urbe no es solo en misión de divertimento y difusión del arte musical, sino cumpliendo objetivos puntuales y concretos en un lapso de treinta días: sensibilizar, erradicar la maldad del enemigo y perennizar la música de sus ancestros. Estos objetivos se logran a plenitud con la derrota del malvado gigante que ni nombre tiene, así como con el descubrimiento del arte musical del niño Sebastián y de Aril, éste último desvalido personaje recluido en el asilo de ancianos En esta tarea liberadora juegan un papel decisivo dos instrumentos musicales (la flauta y la tarola), dos personajes (Azul y Sebastián) y dos piezas musicales: El Renacer y Ogimenele, este último anagrama de “el enemigo”.
“En ese pueblo antiguo (Huánuco) hallarás a nuestro salvador, le dijo el anciano (Apulus, abuelo de Azul), lleno de ilusión, al momento de entregar al viajero un morral, una tarola y una flauta, que constituyó todo su aparejo para cumplir su misión” (15).
Cumplido el plazo, el relato concluye con el triunfal retorno de Azul y Aril a la comarca El Monte de los Cedrillos en donde aguarda el abuelo. Todo ello en simultáneo al rejuvenecimiento del anciano Aril, tras “salvar la esencia de su estirpe” (31) y “haber cumplido con la tarea de renovar la esencia de la casta” (73).
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Una constante acreditada a lo largo del relato (contrastes y oposiciones según el prologuista Elton Honores) son las dicotomías y antípodas de sueño / realidad; amigo / enemigo; niño / anciano; enano / gigante; duende / monstruo, bienhechor / malhechor; música / silencio, etc. presentes en todo momento en El duende Azul. Dan cuenta de ello por ejemplo el retrato de de sus personajes: “El tarolista medía un poco más de un metro. Tenía la tez y la piel de sus manos casi rojizas; llevaba bigotes y barbas crecidas, pero cuidadosamente dibujadas. Sus cabellos, cejas y pestañas lucían ondulados y rubios; era regordete…” (21). “Era obeso y mediría más de dos metros, de piel oscura, cabellos lacios y desordenados, cejas pobladas y crecidas, ojos negros, rasgados y hundidos, párpados inflamados, labios gruesos, barba rala y descuidada, vestido a la usanza de un sarraceno sin arma ni turbante. Mirándolo de frente su rostro parecía un globo oscuro”. (49). “El niño de la caña (Sebastián) tocaba la canción (Ogimenele) como si fuera el propio Azul. El gigante logró verlo y lleno de rabia ordenó que se callara. ¡Cállate maldito enano! ¡Cállate o te aplasto ahora mismo! gritó”. (58).
La estada de treinta días de Azul en la Ciudad de los Caballeros de León se visualiza en blanco y negro con las ilustraciones de William Huasco, dibujante y pintor inmerso en la estética de lo grotesco.
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Víctor M. Rojas Rivera es igualmente autor de los poemarios gemelos El otoño y otras nostalgias y Estación de los olvidos (1998), el libro de relatos De choques y fugas (2010) y el lexicón Ortografía de homófonos (2014).
Ayancocha, mayo 26 del 2016