AÑO NUEVO

Escrito por: Jacobo Ramirez Mays

Han pasado 14 días desde que empezó este nuevo año. Muchos han de haber lavado ya hasta en siete ocasiones sus calzoncillos o calzones amarillos. Otros tantos han de seguir teniéndolos puestos con la esperanza de que este año sea mejor que el que se fue. En lo que a mí respecta, mientras veo llover con una intensidad que solo se puede comparar con la velocidad a la que se me van esfumando los cigarrillos, inevitablemente vienen a mi memoria algunos recuerdos que, por catarsis, se los voy a contar.

Eran los primeros días del año que pasó. Estábamos encerrados en la universidad, abocados a la elaboración de un exámen, cuando un colega nos contó que nuestro amigo Giovanni Mucha estaba enfermo, intubado en un cuarto del seguro. Inevitablemente lo comenzamos a recordar por los chistes que nos contaba; y ahora, que las gotas de lluvia caen sin cesar, lo recuerdo con su caminar lento, con su sonrisa de oreja a oreja, con su generosidad por compartir siempre un buen trago o llevarte en su carro al lugar que le pedías. No sé “dónde” esté hoy, pero de seguro que al margen del lugar en el qué  se encuentre en este momento, ha de estar contándoles chistes a los ángeles o a los demonios (que para los efectos dan los mismo); o quizá esté conversando con Juan Estela, otro colega a quien le dejó de latir el corazón en circunstancias en que nadie quería ni siquiera salir a aguaitar a la calle, pues el virus ya estaba recorriendo nuestras ciudades y nosotros, escondidos, escuchábamos los noticieros mientras rogábamos a los dioses para que no nos toque la puerta.

Así, el virus siguió su camino, y se fue a tocar las puertas de algunos amigos y conocidos; y ellos, pensando seguramente que se trataba de algún familiar, le abrieron sus puertas. Entre los primeros, estuvo el doctor Rafael Cachay, odontólogo que ayudó a mejorar la sonrisa a muchos, y que fue arrasado por la fiereza del virus; dejando a su familia y amigos no ya con una sonrisa en los labios, lógicamente, sino con lágrimas en los ojos, y una gran preocupación en la cabeza.

No había pasado ni un solo día, cuando nuestra casa superior de estudios comunicaba la pérdida irreparable de la obstetra Gloria Haydee Huamán, quien después de haber ayudado a ver la luz a muchos niños, cerraba sus ojos benditos a este mundo y se dormía para siempre.

La lluvia comienza a ponerse más intensa, así que ingreso a la sala y, desde mi ventana, comienzo a recordar a Humberto Riquelme, mirándome de abajo hacia arriba, metido entre cientos de papeles, solucionando problemas administrativos y saludando con respeto a cada uno de los trabajadores universitarios con quienes se encontraba. El COVID-19 tocó su puerta, y él, seguramente queriendo solucionar su problema, le abrió.

Las gotas de lluvia saltan como las ranas al chocar contra el piso, mientras fumo sin parar. Entonces recuerdo a Nicéforo Ambrosio, quien se enfrentó a muchas peleas por estos lares, pero que cuando se enfrentó al virus ese, este lo venció, quitándole el oxígeno, asfixiándolo.

Boto la colilla del último cigarrillo, y observo algunos carros que cruzan por la carretera central. Antonio Paz Rivera se presenta en mi cabeza. Él, que había recorrido casi todas las carreteras del Perú, hizo subir al virus a su vehículo; y junto con él partió por una carretera desconocida por nosotros, perdiéndose en la mudez de la tarde. Sumido en el silencio que resuena en mi corazón, contemplo la luz de un rayo que se esfuma en cuestión de segundos, y los rostros de Manuel Silva y Henry Rengifo se me presentan en medio de la tormenta. Al primero lo recuerdo con su diplomacia característica al tratar a las personas; y, al segundo, con sus ingeniosas ocurrencias. Ellos partieron como la luz del rayo, e hicieron que ese 2020 se fuera dejando espacios vacíos no solo en sus hogares, sino también en los corazones de sus amigos, que los recordaremos por siempre.

La lluvia continúa. Un trueno retumba en mi casa. Dejo de pensar en los que ya no están con nosotros, y salgo en busca de un cigarrillo. Al momento caigo en la cuenta de que es en vano. No queda ninguno. Me dejo caer entonces sobre la vieja silla del corredor, que por alguna extraña razón no cruje como siempre al recibir mi peso. Me quedo mirando el horizonte, deseando de todo corazón que el virus ya no siga tocando las puertas de los amigos y conocidos que laboran en la universidad ni las de ninguna otra persona que vive en este valle de lágrimas, que como nunca hace honor a su nombre. 

Las Pampas, 14 de enero de 2021