Por: Arlindo Luciano Guillermo
Educación superior de calidad e investigación científica son los fines supremos de la universidad. Si una universidad no hace eso, simplemente no satisface las expectativas de los estudiantes, de los padres de familia ni de la sociedad. Una universidad de espaldas al pueblo, a los cambios globales e indiferencia por el fortalecimiento institucional es inconcebible en pleno siglo XXI.
La universidad no puede avanzar al garete, sin un norte fijo, sin una visión a largo plazo. Un rector es equivalente a un estadista. Ahora no lo elegirá una Asamblea Universitaria, sino todos los actores de la universidad. La gestión universitaria tiene que fortalecer la institución universitaria, mejorar la calidad de la enseñanza y fomentar, con presupuesto, la investigación científica. Muchos proyectos se quedan en el camino porque no hay presupuesto. Hoy con gestión hábil, persistente y con buenas relaciones interinstitucionales se pueden logran jugosos presupuestos. El presupuesto no llegará por inercia al escritorio del rector.
El gran desafío de la universidad es fijar todo el esfuerzo en la calidad de la enseñanza, que tiene que ser idónea, contextualizada, de acuerdo con las necesidades de la región, competitiva, innovadora y de flexibilidad a los cambio de la ciencia, la tecnología y la cultura. No todo lo que se aprende en la universidad es útil para el desempeño profesional. Muchas autoridades políticas, empresarios exitosos y profesionales dependientes son egresados de las aulas valdizanas. Todos ellos llevan la “marca” de la Unheval. Pero también es fundamental que la universidad exhiba estabilidad y funcionabilidad institucional. Si no hay cohesión política (en el sentido de capacidad para gobernar), los esfuerzos se dispersan y la institucionalidad corre el riesgo de desmoronarse y convertirse en caos y anarquía.
Una universidad es ranqueada cuando funcionan cinco componentes como un engranaje, como una cadena molecular, simultáneamente: selección de estudiantes, quienes ingresan no por la memoria, sino por habilidades para la lectura, la redacción, el estudio, la investigación, la autonomía y el liderazgo; la calidad profesional de los docentes, que no se reduce solo a transferir conocimientos, sino a contagiar entusiasmo por el conocimiento, la ciencia, la cultura, el pensamiento crítico y una postura ante la vida, la historia y el desempeño laboral; la estabilidad institucional que otorga credibilidad, confiabilidad e interés durante el ejercicio del poder y la toma de decisiones para el crecimiento sostenible de la universidad; la investigación científica que es la esencia de la existencia de la universidad: contribuir con solución de los problemas del territorio donde opera; y, finalmente, un modelo de universidad que vaya al compás del siglo XXI para no quedarse en la enseñanza memorística, autoritaria y de docentes intransigentes que creen que son dueños de la verdad, sin respetar la libertad de opinión de los estudiantes.
¿Cuántos candidatos a Premio Nobel enseñan en la universidad? ¿Cuántos líderes de opinión e intelectuales, aquellos que influencian en los estudiantes, trabajan en las universidades? ¿Cuántos científicos, acreditados con investigación, aportes a la ciencia, la tecnología y la cultura, publicación de trascendencia nacional y latinoamericana, están frente a los estudiantes, conversan y comparten en las alas y en el patio? El docente universitario tiene como obligación enseñar científicamente a los estudiantes, no para aprobar, sino que, en unos pocos años, se desempeñen profesionalmente en el mercado laboral, ejerzan liderazgo social y político y, en algún momento, cuando lleguen al poder político, contribuyan con el desarrollo y el bienestar de los ciudadanos. Jhon Nash, Albert Einstein, Mario Vargas Llosa, Javier Pulgar Vidal, Esteban Pavletich, entre otros, fueron estudiantes universitarios. Allí están sus aportes. De tal docente, tal estudiante. El título académico es una credencial necesaria para el currículo y los concursos, pero el desempeño laboral, profesional y la conducción ética en el poder dicen quién es quién.
Hay una nueva ley universitaria que todas las universidades, sin excepción, tienen que implementar. La aprobación del estatuto y las elecciones para elegir autoridades terminan al día siguiente del conteo de votos. Sin embargo, el problema de fondo sigue: la calidad de enseñanza en la universidad. En Temas de educación, José Carlos Mariátegui sostenía que el problema de la universidad peruana es crisis de ideas y crisis de maestros. Pereciera que las afirmaciones del Amauta siguen vigentes.
En la universidad existen docentes probos, íntegros, con credenciales académicas y profesionales intachables. ¿Dónde están? ¿Qué posición toman frente a los problemas de la universidad? No basta ser un excelente docente universitario, admirado por los estudiantes y reconocidos por la sociedad. ¿Cuál es el compromiso con la historia y el rumbo de la universidad? Ser un observador es complicidad; no hacer algo, un “pecado ciudadano” de omisión. Nadie está exento de las injerencias de la política, somos parte del problema y de la solución. Vivir en una “zona de confort” es un derecho, sin complicaciones, con tiempo para leer, escribir, investigar, libre del estresante ambiente cargado de problemas. Un docente universitario tiene en sus manos a jóvenes que se van a desempeñar como profesionales. Es un imperativo que esas “mentes brillantes” de la Unheval actúen corporativamente para intermediar, hacer abogacía, proponer una concertación democrática y plural para fijar la agenda política, académica e institucional de la universidad. La Unheval es un “bien cultural” muy preciado para los huanuqueños y para el Perú. Les costó a muchos ciudadanos esfuerzo, gestión y trabajo. El sabio Javier Pulgar Vida y el “médico de los pobres”, Calos Showing Ferrari, nos dejaron como herencia la universidad.
La competitividad académica y profesional es una exigencia en el mercado laboral, en la vida diaria, en las empresas públicas y privadas. De eso nadie se libra. Vivimos, cada vez más, en una sociedad meritocrática, de acreditación, de altos desempeños, donde no basta saber, sino convivir democráticamente y resolver problemas con rapidez y rentabilidad. Un gerente es competente cuando visiona, aprovecha recursos y resuelve problemas. La primera responsabilidad de la universidad nuestra, y del país, es mejorar la enseñanza superior, hacer más investigación y otorgar a los estudiantes herramientas prácticas: pensamiento crítico, asertividad, resiliencia ante la adversidad, resolución de problemas, uso del conocimiento operacional y decencia en el ejercicio profesional. El reto para Huánuco es salir del antepenúltimo lugar en matemática y comprensión lectora en la Evaluación Censal de Estudiantes 2016; la meta para Unheval debe ser aparecer en el ránking de las mejores universidades del Perú y del mundo. Eso demanda, prioritariamente, una concertación sostenible e institucional y mejorar la enseñanza.



