Escrito Por: Jorge Farid Gabino González
Escritor, articulista, profesor de Lengua y Literatura
Lo primero en lo que uno suele pensar, cada vez que tiene la oportunidad de conocer los resultados que arrojan las encuestas, respecto de la aceptación que tienen nuestros políticos por parte de la población, es que hay algo que a todas luces, y por más que algunos se afanen en negarlo, no marcha para nada bien. Ello porque, aun teniendo ante nuestros ojos una serie de cifras (y sabido es aquello de que los números no mienten) que “aparentemente” darían cuenta del rechazo, de la discrepancia, de la desavenencia que un enorme sector de la ciudadanía tendría respecto de los impresentables de siempre; lo cierto es que dichos resultados no se corresponden, o, si lo hacen, sucede esto en escasísima medida, con la dura y abrumadora y aplastante realidad a la que dicen reflejar. Realidad que por lo general acostumbra a ir más bien en sentido contrario a lo que indican las encuestadoras, por mucho que el rigor de las estadísticas no acostumbre a dar mayor margen de error que el que se pueda justificar.
Son estos momentos en los que nos sobreviene la duda de si son los conocidos sondeos de la opinión pública los que en realidad se encuentran mal, y, en consecuencia, se constituyen en los verdaderos culpables de los rumbos casi siempre nefastos que, influidos por lo que publican las encuestas, suelen tomar los destinos de la población; o si, por el contrario, lo indicado por las encuestadoras se ajusta con precisión de cirujano a la verdad, y, por tanto, los que andamos mal de la cabeza somos los electores. En cualquier caso, demás está decir que, sea cual fuere la manera en que decidamos inclinar la balanza, al final terminaremos cayendo en la cuenta de que el resultado es siempre el mismo: que nuestra inmadurez política es de tales exorbitantes dimensiones, que ni siquiera nos permite ver que, si estamos como estamos, es en gran medida por culpa de nosotros.
Porque de nada sirve que cada vez que se avecinen nuevas justas electorales, como ocurre ahora, acabemos enterándonos, por intermedio de lo que anuncian a voz en cuello las susodichas encuestadoras, que la casi totalidad de la población (alrededor del noventa por ciento, para mayor referencia) desaprueba al Congreso; si lo más probable es que en las próximas elecciones volveremos a votar por un Legislativo que será igual, o peor, que el que tenemos ahora. Antecedentes de que ello es perfectamente posible los tenemos, desde luego, a la vista de todo el mundo. Y es que basta recordar qué era lo que decían las encuestas acerca del nivel de aprobación que le daba la ciudadanía al anterior Congreso, para darnos cuenta de que de nada sirvió tanto golpe de pecho, tanta indignación colectiva, tanta marcha y contramarcha. Pues, literalmente, cambiamos mocos por babas.
¿Augura algo bueno, en ese sentido, el que ahora las famosas encuestas vuelvan a decir que la población desaprueba en su gran mayoría lo hecho por el actual Congreso? ¿Será ello garantía, acaso, de que en las próximas elecciones no volveremos a llevar al poder a cada bribón, a cada canalla, a cada granuja? Por supuesto que no. Es más, diríase, incluso, que el carecer el presente Congreso de la aceptación popular lo que denota en realidad es el alto grado de cinismo que tenemos los peruanos; a quienes está probado que nos cuesta reconocer con hidalguía que los principales responsables de que el país se encuentre atravesando por su peor crisis política en las últimas dos décadas somos nadie más y nadie menos que los propios peruanos. Porque es muy fácil decir que se desaprueba la gestión del actual Legislativo, llamar a nuestros honorables padres de la patria bribones, canallas, granujas…, ¡y vaya que lo es! Pero otra cosa muy distinta es, a no dudarlo, ponerse a sopesar cuánto de lo que sufrimos ahora es por culpa única y exclusivamente nuestra.
De modo que la próxima vez que nos dé por responder a las preguntas de alguna encuestadora, sugirámosle que, así como tienen en cuenta las ya consabidas interrogantes sobre si aprobamos o no la gestión de tal o cual autoridad, consideren también la posibilidad de incluir una que otra preguntita relacionada con los propios electores; preguntitas del tipo de “¿Considera que, si tenemos las desastrosas autoridades que tenemos, es en gran medida por culpa suya?” o “¿No cree que después de haber demostrado sobradamente su total y absoluta incompetencia para elegir con acierto a sus gobernantes, lo que debería hacer es abstenerse de ir a las urnas por lo que le quede de vida?” o “Habiendo contribuido en grado sumo al presente estado de cosas, ¿no debería ponerse a buen recaudo de abrir su maldita boca para criticar lo que por una cuestión de necesaria coherencia lo debería llevar más bien a bajar la cabeza?”
Para suerte de todos, de encuestadoras y de electores, preguntas son estas que jamás se harán. Tampoco importa. Las respuestas las conocemos de sobra. Quizá sea por eso que nadie se moleste en inquirir lo que ya todos sabemos.




