Escrito por: Jorge Cabanillas Quispe
Se nos viene una fecha doble por las Eliminatorias; ya va quedando todo listo. El tema de las últimas semanas no pudo ser otro que la convocatoria a Lapadula, a quien en menos de tres días le tramitaron la partida de nacimiento y el DNI. Mientras tanto, en algún lugar de una ciudad olvidada, don Evaristo sigue esperando tendido en la cama de un hospital para ser atendido, sigue esperando a que el Reniec se digne en entregarle el DNI que había solicitado antes de la pandemia.
Don Evaristo sabe que es un ciudadano más de a pie, entonces se resigna. Algunos que pasan cerca de él tratan de confortarlo y le dicen que tiene que estar agradecido de que por lo menos le hayan dado una cama. Por esa razón aguanta el dolor que le ocasiona esa fractura en el brazo y se muerde los labios para evitar quejarse y molestar a alguien. Él, ahí, sin comprender mucho el sistema burocrático, les dice a los enfermeros que está dispuesto a esperar, que ya no le duele mucho, aunque en el fondo sepa que su sufrimiento es cada día más insoportable, pero no lo quiere decir. Aprendió a no quejarse en voz alta, a convivir con el olvido, con la indiferencia.
Don Evaristo recuerda, porque en los hospitales solo se puede recordar para no sentir el mortificante paso del tiempo, aquellos días en su tierra natal trabajando la tierra y soportando las inclemencias del tiempo durante horas y, en ocasiones, sin probar alimento alguno. Ahora, en silencio, recuerda que cuando llegaba la temporada de cosecha, era para él un tiempo de incertidumbre; esa época que para sus ancestros era motivo de júbilo, era para él motivo de profunda tristeza pues recibía por su trabajo unos míseros centavos que no alcanzaban para nada. Una lágrima quiere brotar, pero él nunca lloró delante de nadie ni mucho menos lo hará ahora en medio de un hospital.
Su hija retorna al hospital, luego de esperar casi toda la mañana en Reniec, ve a su padre y no sabe cómo decirle que aún su DNI no está listo. Don Evaristo la mira y comprende su silencio. “Ya para mañana será, mamita. Un día más puedo aguantar”, le dice y con mucho esfuerzo esboza una sonrisa que pone como primer plano a sus arrugas. Ella lo toma de las manos y siente que no es justo. De repente en la radio que suena cerca de la cama del pasillo se comenta que a un jugador ítalo-peruano le entregaron el DNI en dos días y sin siquiera estar presente. Ella se llena de rabia, pero no dice nada para no inquietar a su padre. “Así es, hijita, no reniegues. Así es”, le dice don Evaristo mirándola fijamente a los ojos.
El paciente, al que ya todos conocen, pero no pueden identificar por culpa de un sistema de burócratas ineficiente, ya no sabe cuántos días lleva en esa cama aguantando el dolor. Durante esos días se enteró por la radio que suena cerca de él de las noticias de corrupción. Ahora se pregunta, por primera vez con mucha rabia, “¿cuál es la diferencia entre un agricultor y un futbolista?, ¿por qué a él le pagaban centavos insignificantes luego de haber trabajado mucho mientras a los que gobiernan les pagan sin trabajar, en efectivo y a oscuras?”. No hay respuesta, solo se escucha la radio que sigue anunciado la fecha doble y las denuncias contra cuanto político exista.
Don Evaristo deja caer una lágrima, la primera lágrima que derrama desde que era un niño y piensa que así, en medio de la más cruel indiferencia y sin siquiera pretender identificarlo, es que se deja morir en este país a los pobres.




