An Aymara woman casts her vote during presidential elections, in La Paz, Bolivia, on October 20, 2019.   - Polls opened in Bolivia Sunday with Evo Morales vying for a controversial fourth term as the country's first indigenous president amid allegations of corruption and authoritarianism. (Photo by JORGE BERNAL / AFP)

BOLIVIA: LECCIONES DE LA VICTORIA DEL MAS

Escrito por: Ronald David Mondragón Linares

La aplastante victoria electoral del MAS (Movimiento al Socialismo, 53 %) en las recientes elecciones en Bolivia, que le dio por lo menos veinte puntos de diferencia respecto del segundo lugar, tiene varias aristas sobre las cuales es apremiante reflexionar. Y lo es porque la lectura que se haga acerca de sus implicancias, nos puede dar muchas luces sobre el devenir político de la región latinoamericana, el papel de EE. UU y la OEA en el contexto regional y las perspectivas de la dinámica política interna del país del Altiplano.

Independientemente de las ideologías y las pasiones que despierta la actual coyuntura en Bolivia, hay hechos irrefutables que no se pueden soslayar. Poco antes de las elecciones presidenciales del 2019, la agudeza del analista y académico Noam Chomsky ya había advertido sobre la existencia de una maquinación de un velado golpe de estado contra Evo Morales, en esos momentos en la presidencia. Y de que la organización criminal del golpe estaba a cargo de Washington y la OEA, en complicidad con políticos de extrema derecha y militares del ejército boliviano. El plan golpista resultó casi a la perfección. Las elecciones fueron tachadas de fraudulentas por los observadores internacionales, felipillos de la OEA; al mismo tiempo, se rebelaron sectores castrenses y se lanzaron a las calles (incluso un general boliviano salió en la televisión a “solicitarle” al entonces presidente de la república su dimisión); y, por último, Evo Morales, puesto contra la pared por las hordas fascistas, tuvo que asilarse en México. Desde entonces, asumió la presidencia, tramposa e ilegalmente, otro alfil del Departamento de estado norteamericano, Jeanine Añez.

Dije que el plan resultó casi a la perfección, puesto que los organizadores del complot no tuvieron en cuenta la memoria de las masas de electores ni se cuidaron de las huellas que dejaba su accionar criminal. Pues acaba de salir a la luz que, en los lugares donde la OEA había supuestamente detectado irregularidades y manipulaciones, el escrutinio del último domingo arroja similar cantidad de votos en favor del MAS en relación al año pasado y, en algunos casos, supera esas cifras. La terrible farsa del golpismo en nuestro hermano país duró poco más de un año.

Semejantes hechos, que cualquier periodista o analista político honesto tendría que analizar y consignar, han sido escandalosamente silenciados en nuestro país (en realidad ni siquiera informaron del triunfo del MAS), donde los principales medios de comunicación ostentan un impresionante poder fáctico que cada vez  hace más evidente su sesgado signo fascistoide. La actuación, por sí sola, de un personaje francamente impresentable como Luis Almagro, secretario general de la OEA, esa organización que funciona en verdad como “ministerio de colonias de EE.UU”(Pablo Jofré. Resumen Latinoamericano, 19 de octubre de 2020), bastaría para la indignación ciudadana y democrática, así como para el ánimo mínimamente investigatorio de la prensa. En realidad, la actuación, la naturaleza y los rasgos de la prensa peruana en este contexto, merecen un artículo aparte y un análisis más detenido, debido a las numerosas evidencias de negación del espíritu crítico honesto, de traición a la propia esencia y razón de ser del periodismo, y de escudo y punta de lanza de los grandes intereses hegemónicos, relacionados con la banca, las corporaciones y los capitales que someten a los medios.

Por otra parte, un hecho hoy poco estudiado y debatido de la realidad boliviana y que sale a la luz cada vez que hay grandes conflictos de hegemonía política, es la confrontación Oriente-Occidente. De manera semejante a los problemas cruciales de nuestra sociedad que impiden la construcción de un proyecto nacional y la síntesis de nuestra identidad, en Bolivia dicha contradicción es secular y tiene profundas raíces culturales, que sobrepasan lo económico o lo meramente racial. Un abismo de historia, de desigualdad y de intereses separan ambas regiones bolivianas, como en el Perú sucede con las masas y los pueblos atrasados de  la sierra y la selva, en relación con Lima y las ciudades de la costa. Los  millones de indígenas que han votado nuevamente por el MAS habitan diseminados en villorrios de las alturas de La Paz, Cochabamba, Oruro. Y los muchos miles de electores que votaron por Mesa o por Camacho y que no aceptan tranquilamente los resultados en favor del electo presidente Luis Arce, representan la otra franja étnica, oficial y de poder económico simbolizada por el departamento oriental de Santa Cruz. Mientras ese abismo de confrontación cultural y desigualdad social no se supere, vanos serán incluso los buenos deseos de los dirigentes del MAS en la búsqueda de desarrollo social y unidad en la diversidad de una nación.

Así las cosas, es de camino abrupto el desafío que tiene el partido de Evo Morales por delante. Los sectores fascistas, no simplemente de derecha, estarán al acecho y por ahora agazapados dentro de la compleja dinámica política que se avecina. Los apabullantes resultados electorales quebraron los planes y la estrategia diseñados desde Washington, coludido abiertamente con Almagro, Añez y los sectores más conservadores del espectro político boliviano, para prolongar las políticas afines a los intereses geopolíticos de EE.UU y a los grupos de poder económico reinantes desde la asunción de Añez.

Por último, es en extremo significativa la actitud de las masas y el pueblo boliviano de otorgar conscientemente, pese a una  gigantesca campaña de desprestigio y persecución contra líderes populares e indígenas, contra el propio Morales y su exgobierno, no exenta de clara intimidación (el mismo día de las elecciones, el ultrafascista ministro de Gobierno, Arturo Murillo militarizó las calles de La Paz con clara intención de causar zozobra), su respaldo electoral ya no a un personaje o individuo sino a una agrupación política, el MAS, que tiene el deber histórico de actuar en consonancia con dicho respaldo, llevando a la práctica un gobierno eminentemente popular, aunque de apertura a los genuinos intereses nacionales.