Por: Arlindo Luciano Guillermo
No sé cuántos años más viviré. No acostumbro escribir en primera persona, pero hoy lo voy a hacer porque he llegado, creo, satisfactoriamente a los 50 años. Me tomo esta licencia para compartir medio siglo de vida en esta ciudad, donde nací, vivo, me reproduje tres veces, seguiré viviendo y moriré algún día después de terminar con la obligación impostergable de darle una carrera profesional a mis hijos, publicar algunos libros y asegurarme de vivir en paz, tranquilo, sin molestar a nadie, sin dar afanes ni provocar incomodidades. No sé quién estará a mi lado, pero estoy seguro que solo no voy a morir. Nadie garantiza que el próximo año siga vivo, en buen estado de salud, rodeado de mi familia y de los amigos. ¡No lo sé! Mientras nada anómalo ocurra, mientras la vida me sonría, seguiré haciendo bien lo que tengo que hacer, a pesar de los miles de errores que cometo.
Lo que hice en mi vida privada, íntima, no viene al caso exhibir. Soy un ciudadano público, escribo en el diario Ahora desde hace muchos años. Escribo al año aproximadamente 46 artículos periodísticos (a veces cerca al ensayo). Escribir va más allá de construir frases, párrafos y textos; implica un tamizaje de experiencias, selección de vivencias, investigación básica, lecturas plurales y, finalmente, el trabajo de redactar un texto argumental. El periodismo es una gran pasión que exige responsabilidad, objetividad, ética y el disfrute de la libertad de expresión. El periodismo me mantiene vigente con la opinión, el castellano, la vida cotidiana, la realidad y la comunicación. Jamás he pensado que los artículos que escribo tienen que ser aceptados como preceptos del Corán. Son simplemente opiniones de un ciudadano librepensador. La literatura me ha permitido leer, fantasear, escribir poesía, cuentos y canciones que se han publicado en revistas y periódicos. La docencia es mi actividad profesional nuclear. Con la docencia vivo, atiendo mis necesidades y educo a mis hijos, pago un alquiler y los gustos gastronómicos irrenunciables. Enseño con esmero, con autoridad en el aula, con liderazgo. Los estudiantes tienen recelo del decente sabelotodo, enciclopédico y showman. Ellos necesitan maestros líderes, que los motiven para vivir, soñar, hacer aflorar sus talentos, romper el hielo de la timidez y las barreras de los prejuicios.
No soy santo ni demonio. No me gustaría ser perfecto, infalible porque me sentiría un imbécil emblemático o un Dios terrenal. Me parece injusto y mezquino que solo se exalten mis errores, defectos y debilidades, que los tengo, sin duda, y no los niego. Siempre me han acompañado, con lealtad y alerta, virtudes relucientes, pocos aciertos, pequeñas fortalezas, que se hacen gigantes en la adversidad, en las crisis y en la encrucijada de la toma de decisiones. Dicen que escribo bien, que soy culto, que he leído la Biblioteca de Alejandría. ¡Verdad a medias! Solo he leído lo que he podido y lo que me ha despertado interés. Yo solo escribo lo que veo, percibo, siento y creo necesario comunicar.
Soy docente de carrera, no circunstancial ni por refugio laboral. Roel Tarazona Padilla y Luis Mozombite Campoverde me jalaron para el periodismo, la política y la literatura. Si hubiera sido ingeniero civil estaría rodeado de obreros rudos, fierro y cemento fríos. La docencia me ha permitido trabajar con ciudadanos ávidos de aprendizajes, experiencias nuevas, con buen humor (que es un buen antídoto contra el envejecimiento precoz). La vigencia del maestro está en las enseñanzas que sigue practicando el estudiante en la vida diaria.
No me cansaré de agradecer haber nacido en Huánuco. Aquí he aprendido que no debo vivir junto a personas que intoxican la existencia, que no respetan la honra ni la dignidad, que no toleran defectos ni saben valorar las virtudes ni las fortalezas que hay en medio de nuestras limitaciones. Agradezco a mi familia por haberme tolerado estoicamente, haberme aguantado, soportado todo lo que hice y deje de hacer. No les di riquezas, fortuna, propiedades, bienes, cuentas bancarias, como me hubiera gustado, pero sí mi trabajo decente, mi juventud loca y desafiante, mis mejores años en la docencia, la literatura, el periodismo y la responsabilidad para educar a mis hijos. Todo lo hice con buena voluntad, con esfuerzo y vocación de servicio. Gracias a mis amigos porque me aceptan tal como soy, sin pedirme condiciones ni requisitos. Qué hubiera sido de mis 50 años sin amigos. Ellos saben que los quiero, los estimo, los aprecio mucho. La vida sin amigos es como la comida sin sal ni condimento. Mi gratitud a todos aquellos ciudadanos que me han escuchado cuando necesitaba exorcizar mis demonios, mis deseos reprimidos, mis frustraciones, mis cóleras, mis impotencias. Agradezco a los que me dieron oportunidades para leer, escribir, publicar y enseñar.
A estas alturas de mi vida puedo decir que me caminado mucho, he vivido como un potro salvaje mi juventud, pero aún tengo vigor, vitalidad, inteligencia y afecto por lo que hago todos los días. A todo lo que hago le pongo mi mayor esfuerzo, le pongo sentimiento. Se ama no solo una, sino muchas veces, hasta que encuentres el exacto complemento para construir felicidad, paz interior y bienestar económico. No tengo una bola de cristal para pronosticar lo que sucederá en los siguientes años. Estoy seguro que hasta el último día de mi existencia voy a leer literatura, escribir y opinar sin temerle a nadie. Si Dios quisiera castigarme por mis pecados terrenales, que me quiete todo, menos los ojos para leer ni el corazón para seguir amando a quien quiera.
Hago un alto para compartir con ustedes los 50 recorridos, vividos, gozados y disfrutados en esta ciudad. No todo en mi vida ha sido acierto, éxito, triunfo, también hubo momentos críticos, complicados, adversos, de donde he salido con paciencia, pensando que nada dura para siempre. Los errores son lecciones aprendidas. Seguiré en Huánuco hasta que el destino me detenga y yo me vaya a descansar en paz para siempre. José Ingenieros decía: “La vida vale por el uso que de ella hacemos. La medida social de los hombres son sus obras y por ellas se inmortalizan.” Mientras viva, unos 20 o 30 años más, algo digno de recordación haré y así estaré en los anales de la historia de Huánuco. Yo seguiré viviendo, respirando, trabajando y disfrutando sin quitar nada a nadie ni hacer daño a nadie.



