Racismo entre peruanos

Escrito por: Jorge Farid Gabino González

Escritor, articulista, profesor de Lengua y Literatura

Salvo una que otra excepción, el peruano racista promedio no sigue, por señalar un referente, el conocido y característico patrón del típico segregacionista europeo; reconocido, como se sabe, por considerar a la llamada raza blanca como superior a todas las demás, léase razas negra, amarilla y cobriza. El peruano racista promedio no va por ese camino. No sustenta su racismo en razones seudocientíficas. Y no porque no quisiera, claro está. No lo hace, entre otras cosas, porque sabe a la perfección que, si se pone a comparar el color de su piel con el de los demás, con el de sus conciudadanos, sale perdiendo.

Así de simple: el argumento falaz de que “yo soy mejor que tú porque tengo la piel más blanca y los ojos más claros”, aquí, mal que les pese, no funciona. Y no por falaz, por supuesto. No funciona porque cualquiera racista, por muy cabrón e hijo de puta que sea, sabe a la perfección que el Perú es predominantemente un país de población mestiza, esto es, un lugar en el que la mescolanza de razas se traduce no solo en la manida dizque riqueza cultural, que las más de las veces se queda solo en el discurso, sino también y sobre todo en la predominancia del llamado “tono” trigueño de la piel y el color negro de los ojos en un gran sector de la población.

Lo que hace que resulte “difícil”, por decir lo menos, para cualquier aficionado a racista, o, si se prefiere, para cualquier racista amateur, justificar su discriminación hacia los demás basado “solo” en el color de su piel o de sus ojos. Pues, como ya se apuntó arriba, no suele haber mayor diferencia entre los de unos y otros. Y ya se sabe que, eliminadas las diferencias, no hay racismo que aguante. Así las cosas, se hace menester, por tanto, que quienquiera que desee discriminar a otro en nuestro país, tenga necesariamente que echar mano de otro tipo de argumento para hacer “razonable” su estupidez. Surge entonces en auxilio de estos bellacos el siempre oportuno “serraneo”, que para los efectos viene a ser una suerte de sucedáneo de aquel otro racismo fundado básicamente en el color de la piel.

“Serranear” a la gente en el Perú se ha convertido, en consecuencia, en el pretexto ideal que parecen haber encontrado estos granujas para canalizar sus retorcidos complejos racistas. Ello porque, para hacerlo, no se precisa que quien “serranee” al otro deba tener necesariamente la piel blanca o los ojos claros. Basta y sobra con que este sea de origen altoandino para que ipso facto recaiga sobre sí el estigma de “cholo”, y para que aquel se sienta con la “autoridad” para vejarlo como le dé la gana. Pasa todos los días, y pasa frente a nuestros ojos. No vengamos ahora a hacernos a los cojudos.

Así las cosas, que ciertas gentes de la capital procedan de esa manera para con quienes provengan de la sierra es, en atención a lo dicho hasta aquí, hasta cierto punto “comprensible”. No lo es, sin embargo, porque escapa a todo razonamiento, a toda lógica, a todo discernimiento, el hecho de que tengamos que asistir con cada vez mayor regularidad al espectáculo infeliz y grotesco de presenciar a gentes “prácticamente iguales”, esto es, a individuos que comparten los mismos orígenes, la misma tradición, la misma cultura, “serraneándose” entre sí. Y haciéndolo porque dizque el uno es “más serrano” que el otro, y viceversa; aun cuando, hechas las sumas y las restas, sean prácticamente iguales.

Es este el típico peruano racista: huachafo hasta la náusea, ridículo hasta el hartazgo. Incapaz de comprender que al segregar, que al marginar, que al discriminar al otro, en el fondo a quien segrega, margina y discrimina es a sí mismo. Que a lo que niega, a fin de cuentas, es a su propia cultura, a su propio país. Lo que equivale, salvando las distancias, a que nos disparásemos a los propios pies. Y no es, por supuesto, cosa que solo ocurra entre individuos de formación nula o cuando menos elemental; sucede, a decir verdad, entre todo tipo de gente.

Por lo pronto, y mientras seamos incapaces de reconocerlo, haríamos bien en dejar de llenarnos la boca con la hipocresía esa de “país de todas las sangres”. Que para los efectos de lo que se viene tratando, resulta de una huachafería insultante. Porque el Perú es hoy cualquier cosa, menos ese país de todas las sangres de que nos hablaba Arguedas. Por supuesto que no lo es. Y no lo es, ni lo podrá ser, mientras actitudes como la descrita sigan caracterizando nuestro cotidiano proceder. Mientras sigamos siendo el país de la afectación, del rebuscamiento, de la huachafería. Porque el racismo entre peruanos, entre un gran número de peruanos, es antes que nada una soberana huachafería.