¿Hijos de la patria?

Escrito por Jorge Farid Gabino González

Se ha querido culpar a la policía de la tragedia suscitada la noche del último sábado en un centro de diversiones de Los Olivos. Los argumentos, por supuesto, apelaban a la consabida premisa de que, si hay algo por lo que se caracteriza la PNP cada vez que ejecuta una intervención de las características de la realizada, es por el uso y abuso de la fuerza. Nada más lejos de la verdad. Pues, como era previsible, no tuvo que pasar mucho tiempo para que no solo rodaran por los suelos las afirmaciones de quienes así se expresaban (ya que se evidenció lo contrario), sino para que también quedara al descubierto, entre otras no pocas cosas, que 15 de los 22 detenidos durante la intervención policial habían dado positivo a la prueba rápida para diagnosticar COVID-19.  

Así las cosas, quedó demostrado, puntualmente, que las afirmaciones respecto de que se habría utilizado gases lacrimógenos y disparos al aire dentro de la discoteca en la que un número todavía indeterminado de personas (entre las que incluso había menores de edad) participaban de una fiesta en la que, como era previsible, se consumía bebidas alcohólicas y se irrespetaba el distanciamiento social, eran, en el fondo, completamente falsas. Y se lo demostró, en esencia, porque en ninguna de las grabaciones de vídeo a las que las autoridades y algunos medios de prensa pudieron tener acceso se alcanzó observar nada que cuando menos se asemejara a lo señalado.

Todo lo contrario; y es que, si hay algo que sí saltó a la vista al observarse las grabaciones en cuestión, fue, más bien, el hecho de que la policía ayudó en todo momento a quienes, en su intento de huir de la autoridad, quedaron atrapados irremediablemente. Esto último debido a que la única puerta de acceso al lugar, que, fatalidad de fatalidades, era de las que se habrían hacia adentro, había quedado completamente bloqueada por la presión de la gente, que terminó sofocándose, y muriendo, bajo la presión ejercida por quienes también trataban de salir.

Tan lamentable noticia no puede hacer otra cosa, desde luego, que sumirnos en una profunda tristeza por la pérdida irreparable de 13 vidas; y también, por supuesto, por el dolor causado a sus familias, por el abandono en que ahora quedan los huérfanos, que son, como es comprensible, los que a fin de cuentas más sufren. Con todo y con eso, es necesario no perder de vista algo que, por muy inoportuno que pudiera parecer, pero que en el fondo no lo es tanto, se hace necesario remarcar. Es el hecho de que en la relación de “culpables” de la susodicha tragedia se ha enumerado desde autoridades municipales, pasando por los dueños del local, hasta terminar, como se apuntó al inicio, con la misma policía; pero, por ninguna parte, aparecen en dicha “lista” los asistentes a la fiesta; y menos las víctimas mortales, que por ser eso, víctimas mortales, parecen estar exentas de cualquier tipo de cuestionamiento.

Lo paradójico del asunto es que, lejos de relevar el alto grado de responsabilidad en los hechos que les corresponde a los asistentes al local, por haber concurrido allí en las circunstancias en que ya todos sabemos, lo que se ha estado haciendo en las últimas horas ha sido, más bien, ponerlos en condición “víctimas”, pero en el sentido de quien sufre algún tipo de daño por mano ajena. Y no es el caso, pues el daño se lo hicieron ellos mismos. Ahora bien, que la referida actitud provenga de cierto sector de la prensa, que gusta del melodrama, no tendría nada de raro. Sin embargo, que venga de miembros del Ejecutivo, es algo que no se puede comprender. Así no se sube en las encuestas. Quien parece no saberlo, sin embargo, es la ministra de la Mujer y Poblaciones Vulnerables, que en el colmo de la demagogia y la desfachatez ha salido a decir que los hijos de las víctimas «se convierten [ahora] en hijos de la patria» y, en consecuencia, «el Estado tiene que velar por ellos». ¡El acabose!

¿Que hijos de la patria, señora ministra? ¡No joda! Hijos de una tira de irresponsables, insensatas e imprudentes es lo que son. Gentes que, como no pocos en el país, se cagan olímpicamente en las normas, y lo hacen a diario, sin que aquí pase nada. Y sin importarles tampoco que, al hacerlo, puedan estar poniendo en peligro no solo sus propias vidas, sino también las de los demás. Y ni que se diga del bienestar de sus hijos, en el supuesto de que los tuvieran. Como es el caso, lamentablemente, de algunas de las víctimas de esta tragedia.

No se equivoque, señora ministra, ni nos falte el respeto a los peruanos de tan infame manera. Porque aquellos pobres huérfanos, por muy duro que pueda resultar decirlo, “hijos de la patria” no son. Quienes sí lo serían, y con justa razón, son los hijos de los policías que, en cumplimiento de sus funciones, y haciendo respetar el toque de queda, hubiesen podido morir junto a las víctimas de esta tragedia. Lo que felizmente no sucedió.