ANDRÉS JARA MAYLLE
Los medios de comunicación masivos lo han anunciado: el tan temido e invisible coronavirus se ha instalado en la capital del país y, mientras se lo permitan, ya se apresta a invadir todo el territorio, comenzando por Arequipa, Piura, Huánuco y Cusco.
Y comenzó el pánico.
Y al miedo a la muerte no hay quien lo detenga. Miles de personas salen de sus casas y corren directamente a los centros comerciales a comprar, como nunca antes lo habían hecho, enseres de higiene: jabón líquido por litros, alcohol por botellones, lejía por galones, papel higiénico por paquetes dobles; todo hasta que los anaqueles quedan completamente vacíos. Es como si la locura de pronto se ha apoderado de los ciudadanos que, como siempre, no piensan, solo se dejan llevar como autómatas por lo que la masa hace.
En el Facebook, ese nuevo dios todopoderoso y adictivo, algún insensato ha escrito ignorantemente que la producción de alimentos en el campo y en las fábricas se detendrá porque todos estarán contaminados. Y esa masa amorfa de gentes incapaces de pensar por ellos mismos, nuevamente salen desesperados hacia los comercios a vaciarlo todo.
Como jamás en sus vidas lo han hecho, ahora de manera compulsiva, irreflexiva y atolondrada compran arroz, azúcar, fideos por sacos; aceite por galones; se llevan menestras todo lo que pueden, como para que les dure por varios meses. La gente se desespera inútilmente y compra y compra todo hasta lo que no necesita, como si se preparara para una guerra de largo aliento o para una catástrofe anunciada por la boca de un agorero y que nunca sucederá. La gente actúa por impulsos, dominada por el miedo, por la ignorancia, por los reflejos, antes que por el análisis y el pensamiento.
Y el coronavirus es justamente como la ignorancia y como el miedo: sumamente contagioso; avanza rapidísimo de pueblo en pueblo, de ciudad en ciudad, de casa en casa. Muy hábil, se aprovecha de la debilidad del cuerpo pero sobre todo de la debilidad del cerebro; como la ignorancia y como el miedo, el coronavirus prefiere actuar mimetizado en la masa y da órdenes inaudibles pero que son acatadas sumisa y obedientemente.
Todos son sospechosos: el que tose por algún leve atoro, el que estornuda por una gripe terca y antigua, el que tiene los ojos enrojecidos producto de una amanecida, todos ellos son potenciales transmisores del virus y hay que evitarlos, aislarlos.
Tal vez la turba tenga alguna razón. Ellos también saben (o intuyen) que más les conviene estar prevenidos. Tal vez perciben que los hospitales del país no son para sanarse sino para enfermarse, saben que en los nosocomios hay pocos médicos, pocas enfermeras, poco personal técnico, y no se diga la cantidad de medicamentos que no sirven para mucho. Tal vez tengan razón al desesperarse tanto, al actuar como posesos, porque en muchas partes del país solo existen hospitales de contingencia desabastecidos, con unas infraestructuras provisionales que no garantizan casi nada. Saben que de enfermarse serán llevados a hospitales saturados, enmohecidos por el deterioro y el descuido.
Mientras tanto, en el Facebook, ese dios omnipresente, comunican que pronto los jerarcas inoperantes del estado anunciarán medidas más severas para detener al invisible virus: Tal vez una gran cuarentena, quizás un toque de queda, o bien prohibiciones severas para transitar en grupo, o algo parecido. La plebe está atenta para actuar en masa, en enjambre, en oleada, como los cardúmenes en el mar cuando sienten el peligro y la presencia de sus depredadores. El pánico continúa.
Y mientras intento terminar esta nota, el gobierno informa que ya son 71 peruanos que dieron positivo al hoy muy famoso y temido coronavirus. No hay duda: la realidad siempre superará a la ficción. Nos esperan días difíciles, es cierto, pero nosotros debemos ser conscientes que no hay peor virus mortal que nuestra propia negligencia, que nuestra propia irresponsabilidad. La calma después de la tormenta volverá ineludiblemente. La vida siempre triunfará sobre la muerte.



