Aquí no pasa nada

Jorge Gabino González

Escritor, articulista, profesor de Lengua y Literatura

 En un país normal. En un país en el que las cosas funcionan como debe ser; en el que si ocurre algo que decididamente se encuentra reñido con lo que la simple lógica establece como lo disparatado, como lo que en modo alguno debería acontecer, hace rato que quienes resultan responsables tanto directa como indirectamente de lo sucedido en Huánuco a raíz de la contaminación con gasolina del principal afluente del agua potable de la ciudad habrían recibido las más severas sanciones que nuestra caótica legislación establece. Pero no. Ello es algo que, tratándose, como se trata, de nuestro país, y, de manera particular de nuestra ciudad, no sucederá jamás. Y no sucederá porque aquí, como es de amplio conocimiento, jamás pasa nada. Esto es, que quien comente algún delito, ya sea por acción u omisión, raras veces ve caer sobre sí todo el peso de la ley.

Ejemplos los tenemos por doquier, naturalmente. Ahí están, para mayor referencia, los terribles casos de violación y asesinato de niñas ocurridos en la región que, a la fecha, siguen sin tener a los responsables tras las rejas; aun cuando la naturaleza de dichos delitos desde luego que amerita no solo el que la policía hubiese movilizado en el acto a todo su personal especializado para capturar inmediatamente a los responsables, sino que además “justifica”, y en qué medida, el que la prensa les hubiera brindado la cobertura necesaria para ejercer la presión social sin la cual, valgan verdades, aquí nadie se mueve. Sin embargo, casi sobra decir que nada de ello sucedió. Y no sucedió porque aquí, como se decía líneas arriba, no pasa nada.

Porque hay una cosa que es cierta. En la ciudad de Huánuco existe una suerte de modorra, de conformismo, de aceptación sin más de lo que nos suceda, tan pero tan enquistada en nuestra idiosincrasia, que da la impresión de que para nosotros fuera normal que aquí nadie se quejara, nadie dijera nada, cuando las circunstancias, en condiciones “normales”, deberían hacer que cuando menos nos indignemos ante la suscitación de hechos como los manifiestos. Pero no: aquí nadie dice nada. Actuamos de esa manera tan de ordinario, que obrar más bien en contra de dicho proceder parecería, si lo hiciéramos, claro está, alguna vez, algo prácticamente inconcebible.

Así de jodidos estamos. Y es que casi, casi actuamos, para exagerar el ejemplo, como si nos halláramos sentados en la banca de un parque, viendo pasar la vida como si la cosa no fuera con nosotros, y no nos inmutáramos siquiera ante el hecho de que algún perro levantara la pata para orinarnos. O, si se prefiere, porque gustos son gustos, como si ante el excremento de una maldita paloma que nos estuviese cayendo sobre la cabeza, no atináramos a hacer otra cosa que permanecer, inmutables, sentados en el mismo lugar, sin siquiera molestarnos en sacudirnos la mierda que se nos está echando encima. De hecho, es como si nos gustara. Como si nuestra “reacción” esperable, si acaso cabe la palabra, fuera la de la simple observación.

El problema, por supuesto, surge cuando lo que “nos hacen” no es lo que se podría decir poca cosa. Como lo sucedido hace ya más de un mes respecto de la contaminación todavía impune del agua potable de la ciudad. Situación que además de haber puesto en evidencia no solo nuestra nula capacidad de reacción ante un problema de semejante magnitud, sino que encima pone sobre la mesa el grado de dejadez, de conformismo, de pasividad con el que, quienes vivimos en esta ciudad, y que deberíamos ser por obvias razones los primeros en elevar nuestra voz de protesta, enfrentamos situaciones como la descrita.

Una de las consecuencias de tal proceder será, y que aquí nadie se queje después por ello, que la próxima vez que se nos dé a beber agua contaminada, como si de la cosa más normal del mundo se tratara, nadie tendrá el más mínimo “derecho” a decir nada. Nadie podrá decir siquiera esta boca es mía. Porque lo más probable es que nuestras ineptas autoridades, desde la más pequeña hasta la más encumbrada, harán oídos sordos, y mirarán para otro lado, como si la cuestión no fuera con ellos. Que es por lo demás lo que han hecho, y en gran medida siguen haciendo, respecto de lo sucedido con la susodicha contaminación del agua.

“Aquí no pasa nada”, han de estar diciendo estas sabandijas. Y lo peor es que no parece faltarles razón. Aquí no pasa nada. Pues no hay hasta la fecha un solo responsable sancionado. Pues no hay hasta la fecha una sola demanda planteada. Pues no hay hasta la fecha un solo funcionario destituido. Qué los van a destituir. Si quienes deberían hacerlo están también para que los destituyan. Qué huevada.