Por: Arlindo Luciano Guilermo
En mi lejana juventud leía a Vallejo, Valdelomar, Rimbaud, Baudelaire e, insistentemente, a Pablo Neruda. En el colegio solo supe que había escrito el poema 15 y 20, cuyos versos repetía como padrenuestro. Estaban dedicados a una mujer, sus atributos físicos y actitudes. Entonces escribí: “Amo tus grandes ojos negros / amo tu cabellera negra como la noche / tus senos pequeños como colinas / tus muslos lisos como pez”. Cuando me sumergí en Canto general -libro de tapa dura azul de la colección Los Premios Nobel-, en los últimos años universitarios, no supe qué hacer. Era un libro oceánico que abarcaba la historia y geografía de América Latina. Quedé asombrado con “Alturas de Machu Picchu”, poema extenso en contraposición a Revelación de Kotosh de Esteban Pavletich y cercanía con La mano desasida de Martín Adán. Hasta que reduje mis lecturas de Neruda a cuatro libros: Crepusculario, Veinte poemas de amor y una canción desesperada, Cien sonetos de amor y Versos del capitán. Los releo cuando refresco mis deseos de amar y fortalecer sentimientos amorosos. Neruda es un gigante de la poesía hispanoamericana, siempre está presente en mis lecturas. A veces repito de memoria el Soneto XVII. Yo también tuve mi Matilde Urrutia, mis desvelos febriles.
El primer libro de poesía de Pablo Neruda es Crepusculario (1923); tenía 19 años, aún era Ricardo Eliécer Reyes Basoalto. Ahí está el famoso “Farewell” (despedida), que lo recitaba sin cansancio: “(Amo el amor de los marineros / que besan y se van. / Dejan una promesa. / No vuelven nunca más. / En cada puerto una mujer espera: / los marineros besan y se van. / Una noche se acuestan con la muerte en el lecho del mar. / Amo el amor que se reparte / en besos, lecho y pan. / Amor que puede ser eterno / y puede ser fugaz. / Amor que quiere libertarse / para volver a amar. / Amor divinizado que se acerca / Amor divinizado que se va.)” Pablo Neruda tenía 20 años cuando publicó, en junio de 1924, Veinte poemas de amor y una canción desesperada. Sin duda, es un libro de juventud, pero el de mayor lectoría, más que Residencia en la tierra, Canto general, Memorial de Isla Negra u Odas elementales. El poemario se convirtió pronto en un best-seller de la poesía romántica, amorosa, sentimental que conjugaba audacia verbal, geografía vinculada al personaje femenino, gran sensualidad y erotismo como complemento del amor. En realidad, son 21 poemas: 20 sin título y el último “Una canción desesperada”. Un lector básico de Neruda sabe de memoria el Poema 20, suspira hasta quedar exhausto, no finge afecto porque Neruda le adivinó sus amarguras y ausencias amorosas. “Puedo escribir los versos más tristes esta noche. / Escribir, por ejemplo: “La noche esta estrellada, / y tiritan, azules, los astros, a lo lejos. (…) Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise. / Mi voz buscaba el viento para tocar su oído. / De otro. Será de otro. Como antes de mis besos. / Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos. / Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero. / Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido”. En mi libro escolar de Literatura, para quinto de secundaria, había dos poemas de Neruda: el 15 y el 20. El último me impacto porque atravesaba mi adolescencia huraña, con amores escondidos, en mi silencio, pero que cobraban vida plena en versos “pirateados” de Neruda. Yo había escrito, con lapicero rojo, en mi cuaderno: “A lo lejos alguien enciende un cigarrillo; ese soy yo, que te espera inútilmente debajo del árbol de la alameda”. Estaba dedicada a una muchacha del colegio. La esquiva dama jamás correspondió mis afectos y solicitudes.
En Veinte poemas de amor y una canción desesperada hay cuatro ejes que se retroalimentan y complementan: la mujer amada, la geografía fresca, símiles, epítetos y metáforas pertinentes, lenguaje audaz y propio de la vanguardia de principios del siglo XX y un ardoroso sentimiento amoroso que deja inmóvil al lector de ayer y de hoy. En el poema 5, el relato lírico se centra en las manos de la mujer, no en la integridad física de esta: “Para que tú me oigas / mis palabras / se adelgazan a veces / como las huellas de las gaviotas en las playas. / Collar, cascabel ebrio / para tus manos suaves como las uvas. / Y las miro lejanas mis palabras. / Más que mías son tuyas. / Van trepando en mi viejo dolor como las yedras. / Ellas trepan así por las paredes húmedas. / Eres tú la culpable de este juego sangriento. / Ellas están huyendo de mi guarida oscura. / Todo lo llenas tú, todo lo llenas”. En el poema 8 hay un desborde de erotismo ponderado: “Ah desnuda tu cuerpo de estatua temerosa. / Tienes ojos profundos / donde la noche alea. / Frescos brazos de flor y regazo de rosa. / Se parecen tus senos a los caracoles blancos. / Ha venido a dormirse en tu vientre una mariposa de sombra”. El poema 15 es una celebración del silencio de la mujer a petición del gusto del yo poético: “Me gustas cuando callas porque estás como ausente, / y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca. (…) Mariposa de sueño, te pareces a mi alma, / y te pareces a la palabra melancolía; / me gustas cuando callas y estás como distante. / Y estás como quejándote, mariposa en arrullo. / Y me oyes desde lejos, y mi voz no te alcanza: / déjame que me calle con el silencio tuyo”. El célebre poema 20 gira en torno a la pérdida irreversible de la amada y la evocación de la fugaz felicidad. Este poema clásico de la poesía romántica contemporánea, distinto al de Bécquer, tiene versos inolvidables. “Mi corazón la busca, y ella no está conmigo. La misma noche que hace blanquear los mismos árboles. / Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos. / Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise. / Mi voz buscaba el viento para tocar su oído. / De otro. Será de otro. Como antes de mis besos. / Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos. / Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero. / Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido”. En el último poema “Una canción desesperada” se evidencia la pérdida total de la amada. “Oh carne, carne mía, mujer que amé y perdí, / a ti en esta hora húmeda, evoco y hago canto. / Como un vaso albergaste la infinita ternura, / y el infinito olvido te trizó como a un vaso”.
Albertina Azócar inspiró a Pablo Neruda para escribir Veinte poemas de amor y una canción desesperada. Han pasado 100 años y aún sigue vital en el siglo XXI. Los poetas siempre han escrito para mujeres, sus musas de aliento y escritura: Beatriz (Dante Alighieri), Laura (Francisco Petrarca), Elisa (Garcilaso de la Vega -poeta toledano- y Gustavo Adolfo Bécquer), Rita (Vallejo), Annabel Lee (Poe). ¿Qué valor agregado tiene Veinte poemas de amor y una canción desesperada? La poesía es inmarcesible. Este poemario conecta infaliblemente con el lector, no hay tregua hasta terminar de leerlo. Así la efectividad del goce estético está garantizada. Siempre repetiré de memoria: “Te amo sin saber cómo ni cuándo ni de dónde / te amor directamente sin problemas de orgullo: / así te amor porque no sé amar de otra manera” (Soneto XVII). Con Neruda el “galán de billetera gruesa” es vulnerable.




