¡YO PUSE EL HOMBRO DOS VECES!

Escrito por: Arlindo Luciano Guillermo 

Desde que supe que la vacuna había llegado a Huánuco me alegré superlativamente. Entonces la pandemia tenía los días contados, los ciudadanos disponíamos del arma para defendernos, inmunizarnos, protegernos, con optimismo, coraje, sin prejuicio, ni miedo, pero sin bajar la guardia, ni menospreciar al virus mutante. Vi la luz al final del túnel; en las peores adversidades aparece la esperanza. Miles han muertos, otros siguen en hospitalización o entubados en UCI. La COVID-19 sigue viva y coleando, buscando el momento oportuno para atacar al irresponsable covidiota e ingresar raudo por la vía respiratoria; no se ha ido, no ha desaparecido. La vacuna es la única solución médica y científica contra el coronavirus; no hay otra opción. La vacuna, por ahora, no evita el contagio, pero inmuniza en cierto grado, no permite que el virus haga estragos irreversibles, hace que la enfermedad no diezme tanto como para llegar a UCI o estar conectado a un respirador artificial. Por estas razones, yo me vacuné las dos dosis. Lo haría otras dosis más si fuera necesario. ¿Quién soy yo para cuestionar, como un sabihondo, a la OMS, médicos especialistas y científicos acreditados?

La vacuna trae ciertas complicaciones pasajeras que desaparecen raudas. A todos no ha caído bien la inoculación de Pfizer o Sinopharm. Luego de 2 horas aparecieron mareos leves, sensación de náuseas, cefalalgia tolerable, dolor de articulaciones, desgano ascendente, diarrea moderada, sueño recurrente y prolongado y, como es natural, el dolor del brazo donde se produjo el pinchazo, pero el apetito, la lucidez y el cumplimiento del horario de trabajo no se alteraron absolutamente. Hice consultas previas y posteriores a 3 médicos amigos (Dr. Iván Palomino, Dra. Paola Morales y la Dra. Tania Tiburcio) quienes coincidieron en que sí habría malestar postvacuna, pero que pasaría pronto. “Si hay fiebre tome Paracetamol”, me dijeron. Efectivamente, al día siguiente estaba restablecido totalmente. En la segunda dosis, ya con experiencia, casi no sentí ningún efecto secundario. El virus no pregunta por la marca ni en qué laboratorio se produjo la vacuna: ingresa y hace su reino perverso y mortal en los pulmones. Quien no quiere vacunarse está en su derecho, en su decisión personal, pero no a disuadir, con prejuicios y egoísmo, de la vacunación con Pizer o Sinopharm. Nosotros, los que recibimos las dos dosis de la vacuna, somos privilegiados, estamos vivos, sin COVID-19, o quizá asintomáticos, no estamos en un hospital, ni en UCI. Los miles de muertos no tuvieron la oportunidad de vacunarse.  

El último día que vi a los estudiantes en clases presenciales fue el lunes 9 de marzo de 2020. Asistí con el uniforme elegante, pulcro, impecable. En el Cepreval, algunos, a modo de broma, empezamos a saludarnos haciendo chocar los zapatos. Las clases se suspendieron casi al finalizar el ciclo preuniversitario. Luego aparecieron, para quedarse, las clases remotas en Zoom, Classroom o Cisco Webex. Tuvimos que adaptarnos a las nuevas circunstancias de enseñanza y aprendizaje. 

Como muchos ciudadanos asumí de modo responsable (y un poco radical) la cuarentena y toques de queda. No salía de casa. El cabello lo tenía longuísimo como en los años de juventud, rebeldía y romanticismo político y literario. Todo era delivery, pago por Internet de los servicios básicos. Así estuve largos meses de soledad, aislamiento, lectura, clases, pero, a la vez, viendo noticias, conectado a las redes sociales y leyendo periódicos digitales. Visité la Plaza de Armas después de casi 10 meses. Al principio ha sido difícil sobrellevar el enclaustramiento y reinventarse hábilmente. Los sueldos bajaron como las aguas del río en estiaje, mientras que los trabajadores del Estado recibían salarios íntegros, incluso gratificaciones; otros, la mayoría, engrosó la legión de desempleados. 

Vimos espantados cómo la gente (adultos mayores principalmente) moría ante la impotencia de los médicos, la tragedia familiar, sin medicamentos ni camas UCI ni oxígeno disponible. La presencia de la COVID-19 y la ineficiencia de los servicios de salud exigían respuestas inmediatas. Médicos y enfermeras, solo con medidas de bioseguridad, estaban en la primera línea de combate. Hoy están vacunados afortunadamente. A diario se reportaba la muerte de un amigo, familiar o personaje importante, popular o anónimo. Entonces se hizo imperativa la frase “Quédate en casa”. Los ahorros se extinguían como saliva sobre el pavimento caliente. Otros tenían que salir a trabajar a costa del contagio. Las instituciones públicas y privadas implementaron el home office. Aún seguimos así. Nada, desde de la COVID-19, será igual.  

No soy científico, ni médico especialista para dar recetas ni lecciones sobre la vacuna contra la COVID-19, pero doy fe que la vacuna es la única opción que tenemos para hacerle frente a la pandemia, que no hace cosquillas ni causa una simple gripe, sino que mata, causa estragos lamentables. Si tuviera que poner el hombro una y mil veces, gustoso lo haría porque la vida está por delante, el tabú y los fanatismos no suman nada, la ciencia ha dado solución al problema. Yo gritaría desde la azotea: “¡Oye, vacúnate sin miedo ni prejuicio!” Ya puse el hombro dos veces, pero sigo con la doble mascarilla, lavado de manos, distanciamiento, no asisto a reuniones donde hay aglomeración; me bajo de la acera cuando veo muchos transeúntes frente a mí, espero que disminuya el aforo para ingresar al centro comercial o al mercado de abasto. 

Soy un sobreviviente (eso espero) de la COVID-19 para contar la historia cuando se reinicien las clases presenciales, vuelva a reunirme con mis hijos o tomar un café tertuliando incansablemente con los amigos. Como no tuve dinero para viajar a los Estados Unidos esperé con paciencia de Buda la vacuna en Huánuco.