YO CONFIESO

Escrito por: Jacobo Ramírez Mays

Suena mi celular: número desconocido. He decidido no responder ninguna de esas llamadas por diferentes razones. Sigue sonando insistentemente. Rompo mi promesa, y subo la luz verde de mi aparato. Una voz femenina me saluda, trato de recordar a quién pertenece. Mi cerebro, que ya casi no sirve para nada, no puede reconocerla. Mi silencio le permite identificarse, tiro pluma y por fin doy en el clavo. Conversamos un poco y de arranque me solicita algo. Como casi nunca puedo decir no, acepto sin remordimiento el compromiso que me solicita. Me siento importante. Después de que se despide, me pongo a pensar en qué camisa de once varas me estoy metiendo; pero retos son retos y me «jalo» las orejas diciendo: «¿Ves? Nunca digas nunca».

En la noche, me llega un mensaje a mi WhatsApp. Tengo que participar en una reunión virtual y recibir charlas que me permitirán ser mejor en el compromiso que asumiré.

Como no tengo cuenta en gmail, ingreso con la de mi hijo a la hora exacta y, mientras todos saludan prendiendo sus micrófonos, yo lo hago por chat; eso por dos razones: una, porque no quiero ser reconocido, ya que tengo miedo a que no me acepten, por ser gentil, en un grupo santo, puro, casto, virginal, etc., etc., etc., y dos porque a esa hora normalmente estoy chacchando, y la bola que tengo en mi carrillo no me permite hablar con claridad y sólo puedo balbucear algo. Entonces saludo por el chat, los anfitriones están distraídos respondiendo a cada persona que está saludando por el micrófono, pero a mí no me responden. No importa. Nos piden que esperemos un momento hasta que otros padres de familia o padrinos se incorporen al aula. Aprovecho para tomarme un sorbo de aguardiente, golpeo mi hishcupuro y el bicarbonato endulza la coca. Es martes y estoy catipenado en contra de la brujería. Desde el otro lado comienzan con su capacitación. Nos hacen rezar y me persigno con mi mano izquierda, porque la derecha tiene el cigarro que estoy fumando, cigarro cuyo humo estoy soplando hacia las esquinas de mi casa para que la maldad no me llegue. Acomodando mi bola bien al fondo de mi cachete digo amén.

Nos hablan de los sacramentos. Nos hacen recordar que nosotros somos pecadores, que debemos ir a misa todos los domingos, que debemos confesar nuestros pecados. Porque un día nuestros padres nos bautizaron, y por ende debemos ser responsables con el compromiso que asumimos, aunque muchos de nosotros no sabíamos a dónde estábamos metiéndonos, ya que la mayoría somos bautizados a temprana edad, por si la parca no nos quiere mucho tiempo en esta vida, y nos lleva a hacernos partícipes de la gloria de Dios.  

Me hacen recordar que debo pensar en la otra vida. Me molesto. Debe ser el aguardiente que está haciendo despertar mi vida de resentido. «¡Qué otra vida!», me digo en silencio. No creo que lo sea. Además, si en realidad fuera mejor, ¿por qué la gente que está agonizando no quiere irse de este mundo, y se aferra a seguir respirando aire, aunque sea contaminado? «Porque, si entre dicha gente hay muchos que aman demasiado a Dios, ¿por qué no se van para allá?», me digo. Saliendo de mi monólogo regreso a seguir escuchando la importancia de cada uno de los sacramentos. Cortando bruscamente su discurso, el capacitador termina la reunión por ese día. Me alegra: son correctos, puntuales, y esas son grandes virtudes. Agradezco a los apus, que me acompañan en medio del humo de incienso, por permitirme participar de dicha reunión y, mientras voy terminando mi primera bola, todos los padres de familia se despiden rezando un Avemaría. 

Me despido y lo hago por chat. Uno de los anfitriones lee mi mensaje y se despide de mí. Noto en sus palabras una sonrisa, creo que me reconoció No les digo “bendiciones” porque ellos ya no necesitan de eso, pues creo que siempre están benditos. Sólo me limito a darles las gracias por haberme hecho pensar en el más allá, en mi compromiso de cristiano (si así me puedo llamar), por hacerme sentir más humano de lo que soy.