Urgente: honoris causa para la distinguida dama

 Jorge Gabino González

Escritor, articulista, profesor de Lengua y Literatura

El Congreso de la República ha vuelto a ser, para variar, protagonista de un papelón mayúsculo. Solo que esta vez, a diferencia de las memorables, e innumerables, ocasiones anteriores, en las que la naturaleza del escándalo era sobre todo de índole política, la protagonista en la presente oportunidad no ha sido otra que la que aún hoy, en pleno siglo XXI y sabiendo, como se sabe, lo determinante que resulta para el desarrollo de nuestras sociedades, continúa siendo, empero, la última rueda del coche en la mayoría de países de la región, y ni que se diga del Perú. Hablamos, naturalmente, de la educación.

Pero de la educación no ya en su sentido formal, esto es, en cuanto a proceso formativo estructurado que se desarrolla dentro de las aulas, sino, todo lo contrario, en su sentido más bien informal, vale decir, como fenómeno carente de las respectivas sistematización y estructuración que conduzcan al logro planificado de aprendizajes. Aquel tipo de educación que sin tener que realizarse necesariamente dentro de la escuela, colegio o institución de formación superior, proporciona, sin embargo, cierta información destinada a formar en determinada materia a quienes, ya sea por decisión propia o movidos por terceros, resultan sujetos pasibles de instrucción.

Condición, esta última, en la que alrededor de un centenar de escolares de diecinueve instituciones educativas de Lima participaron de un “Taller de Formación Parlamentaria” realizado en el Congreso, el mismo que fue organizado por la Oficina de Participación Ciudadana del Parlamento. Dicha actividad tenía, como su nombre lo sugiere, el objetivo de brindar a los jóvenes asistentes una suerte de “clase vivencial” en la que realizarían, incluso, una sesión plenaria en la que debatirían proyectos de ley relacionados con la no violencia contra la mujer y la prohibición del uso de celulares en sus colegios, temas no solo muy en boga en nuestros días, sino además directamente relacionados con sus intereses.

Hasta aquí, todo bien. Hasta aquí, nada que no fuere digno de aplauso, de reconocimiento. Máxime si partimos de la idea, un poco inocentona, es cierto, pero válida, al fin y al cabo, de que instruyendo desde muy temprana edad a quienes habrán de ser, si las circunstancias así lo quieren, nuestras autoridades del mañana, podremos evitar que impresentables como los que ahora forman parte de Legislativo lleguen a relevar a la sarta de caraduras que hoy nos avergüenzan, y continuemos con el círculo vicioso.

Con lo que nadie contaba, no obstante, era con que una ilustre parlamentaria, una muy distinguida dama que desde hace ya varios años nos viene regalando con sus preclaras participaciones en el Hemiciclo, y que por ello mismo tiene en la actualidad el alto honor de formar parte de la mesa directiva del Congreso, desoiría los sabios consejos de sus asesores, mandaría a la mierda por unos minutos a su discurso tan diligentemente escrito (se entiende que por sus referidos asesores, que para eso les paga el Estado), y se lanzaría a la piscina sin agua de las palabras improvisadas.

El resultado, como era previsible, no podía haber sido otro que el acabar haciendo un total y completo ridículo. Pues, de estar, en su condición de vicepresidenta del Congreso, dirigiéndose a los estudiantes participantes del susodicho “Taller de Formación Parlamentaria” en términos a los que podríamos tildar de comprensibles, pasó, apenas despegó la mirada del papel que tenía delante, a decir lo siguiente: “Con la información que ustedes puedan manejar no seremos, de alguna manera, quizás con argumentos personalizados en los que quieren o creen que tener la razón no los podrán a ustedes llevar por una línea que no sea la correcta. Serán ustedes que con la información que puedan tener sacar sus propias conclusiones y de la misma manera tener una opinión la correcta”. [sic]

Vergüenzas ajenas aparte, una cosa es cierta: el “discurso” brindado por la distinguida dama de que se trata, dentro del referido contexto de taller de formación parlamentaria dirigido a escolares, no podría haber sido más pertinente. Ello porque, si de lo que se trataba, como resulta obvio, era de instruir a los estudiantes que participaron de dicha actividad respecto de cómo “tendrían que ser”, o “llegar a ser”, si lo que deseaban era convertirse en parlamentarios en un futuro, pues vaya que se había cumplido con el objetivo. Porque si hay algo que escapa a toda discusión, es que “así son” nuestros parlamentarios. Por ende, si alguien desea seguir los pasos de las ilustres figuras de nuestro Congreso, como lo es la distinguida dama, debe comenzar por aprender a hablar con la rigurosidad y claridad que la caracterizan.

Es lo mínimo que se puede pedir. ¿O acaso hay alguien en este país que crea que cualquier ignorante puede llegar a ser Congresista de la República? Por supuesto que no. Ahí tenemos de ejemplo a la distinguida dama huanuqueña, que representa a la intelectualidad hecha carne. Y que por ello mismo no entendemos por qué aún no le conceden el doctorado honoris causa en la universidad de la cual, naturalmente, es una de sus más ilustres egresadas.