UN ROBO

Por Yeferson Eduards Carhuamaca Robles

“Lo que debo hacer es morir ahora. 

Aceptar la justicia de la muerte y la injusticia de la vida”

(Hugh Prather)

Daniel se sujeta fuertemente del sillón para poder serle frente a lo que observa y entiende lo que pasó. “Esto es un robo”, dice en sus adentros. A sus ochenta años se levanta con las fuerzas y la impotencia que aún tiene y que además hace mella en su cuerpo y mente. Tiene problemas para respirar y el corazón en la mano por lo que acaba de presenciar. Se acerca al balcón de su casa, esta da al malecón que acompaña al río Viejo.

             Hace sesenta años, cuando la juventud era la resaca de la vida para él, y su fuerza y energía eran completamente las características fundamentales de él, siempre salía a caminar por ese malecón, que por entonces tenía árboles y una corriente de agua viva muy importante. Ahora poco o nada se puede hacer, el río ya casi está seco, hay grandes rocas estancadas, cual monumentos que encuentras en cada calle de la ciudad Cuadrada. Los desmontes de basura son la naturaleza que ahora acompañan estos lugares.

             Daniel comienza a moverse, baja del tercer piso, se pone un abrigo y prende un cigarrillo. Quiere digerir lo que acaba de ver en su VD (ventana digital) que ahora reemplaza a esos antiguos artefactos llamados televisores. Cierra la puerta de su casa, camina lentamente. Es de noche y la luna empieza a revolucionar el cielo con su presencia, y las calles ahora son iluminadas, los fantasmas aparecen, son las sombras de algunas cosas en las calles. Daniel acaba de llegar al puente de Piedra, la luna lo está coronando y sonríe.

             Dos jóvenes miraban la luna, veían que conversaban y que sus cuerpos se acercaban lentamente. Esa vez la luna también habitaba el cielo y dibujaba una escena romántica. Recuerda que mientras ello sucedía alguien los observaba, de entre las sombras poco a poco se acercaban a su presa, pero aquellos jóvenes estaban perdidos en sus miradas y no se daban cuenta de los que los acechaba. Luego de un momento, un tipo sale de las sombras y sujeta fuertemente a la chica, otro sale por detrás y amenaza con un cuchillo al chico, cuchillo que colocó a la altura de su estómago. Son llevados a la orilla del río Viejo, se introducen lentamente entre los matorrales y los árboles que ahora son parte de la escena. Uno de los sujetos, el más flaco y con una voz agitada pero no tan fuerte, le dice que no les va a pasar nada, que no griten y no hagan nada, que solo escuchen. Mientras su compañero saca los pasadores de sus zapatillas y con ellos empieza a sujetar fuertemente sus pies, el otro saca de su bolsillo un carril de cáñamo delgado y sujeta de manera brusca las muñecas de sus manos. Después de todo ello, los despojan de sus objetos más preciados. Aún me tiemblan las manos y los pies de recordar lo que fue esa noche, era mi primer robo, y la vida cambió repentinamente.

             Daniel mete su mano en sus bolsillos, habla algo al viento, mientras le da una mirada rápida a la luna. “Pensé que olvidaría ese día, que los olvidaría, pero esos desconocidos son mi condena, aún veo sus ojos y el miedo brotaba como lágrimas después de una despedida, aunque ellos no los supieran yo tenía terror de lo que hacía en esa época, que sería de ellos…”, rememora. Ahora, viendo el carril de cáñamo, recuerda Daniel lo que vio en la Ventana Digital y le dice a la luna: “Nos han robado la tierra y todo lo rico que produce, el agua del río, los minerales y los árboles, el país y mi casa. Siento, como aquella vez, en que robé a esos muchachos, que todo esto de la vida es quien roba más y mejor y, de cualquier forma, que aquellos que tienen las riendas de un pueblo se roban las riendas, el caballo y la carreta”. Una nube cubre la luna, Daniel les hace justicia a esos jóvenes, se amarra las manos y se deja caer.