“Último tramo”, el eslabón perdido de la poesía de Cárdich

Ronald Mondragón Linares

“Último tramo” (2002) es un hito absolutamente singular en el conjunto y en el desarrollo de la poesía de Samuel Cárdich. Su ubicación cronológica, temporal, como vamos a ver, no tiene nada de contingente ni es producto del azar.

En la entrega anterior, afirmamos que un rasgo central de la propuesta poética de Cárdich es la constancia de su recurso o leitmotiv narrativo, que se transforma en un sólido entramado lírico de laboriosa y gran factura estética. Esta línea estilística común que presentan sus escritos tiene ciertos matices y sobre todo intensidades, las cuales dan lugar a dos vertientes: de un lado, una vertiente expresamente abierta al recurso narrativo y que tiene altas cimas de realizaciones sobre la base de libertad y hallazgos poéticos, y que a mi juicio llega a su punto más alto en “Blanco de hospital”(2002); y, de otro lado, una corriente de mayor formalidad y simetría estética, de rítmica más regular y tradicional, y con menos apego al desarrollo de los hilos narrativos, la cual, desde mi punto de vista, llega a su más exquisita elaboración con “Puerta de exilio”(2008).

Sin embargo, hay un poemario aparentemente insular, como una suerte de eslabón suelto y extraviado en la cadena del desarrollo poético de nuestro autor: es el libro “Último tramo”, publicado el mismo año que “Blanco de hospital”-2002- y con seguridad opacado por el impacto y éxito del último.

“Último tramo” es la negación de la técnica de composición del autor. El eje de la construcción poética en todos los demás libros gira en torno a ciertos motivos generalmente cotidianos. En cambio, en el libro aludido, llamémosle el poemario “rebelde” de Cárdich, el poeta se desprende de los motivos sencillos o cotidianos, familiares u hogareños que circundan su vida y forman parte de su entorno personal más cercano, y comienza a explorar y reconocer, alucinada y dramáticamente, su yo interior devastado y que quiere de manera poética reconstruir. Me parece que el término o concepto de introspección es el que mejor se acomoda a esta nueva forma de realización estética de ver el mundo y a esta técnica distinta de componer poesía.

El resultado es lo que se conoce en el argot crítico como “poesía pura”. Despojado de motivos externos y ropajes de fibras mundanas, Cárdich -más precisamente el yo poético- se sumerge, a veces de patética manera, en las profundidades del ser interior atenazado por ardientes dardos existenciales en busca de una salida pronta al equilibrio o, por lo menos, de una vía de escape que sirva de alivio a la red de emociones opresivas. En una palabra, se podría afirmar -sin temor a cometer un desatino- que el poemario, tenso, nervioso, funciona a nivel personal y desde el yo poético como una catarsis.

No se crea que dicho libro, pese a estar escrito a flor de piel y pleno de nervio, sufra de dislocaduras o deslices estructurales o de composición. Todo lo contrario. Es una poesía llameante, al rojo vivo, de notable ilación, generosa en imágenes y finas metáforas. “Permanece al ras de la vigilia: /los cascos muertos de un caballo muerto/ aún galopan. En el próximo después/ mi ausencia ha de ser sonoro cascabel/ para acallar silencios” (Poema XXI). “Los ojos en su lecho de lágrimas y un estilete/ de sombra que se hunde y blandamente/ los perfora” (Poema XIX).

¿Cómo funciona, pues, “Último tramo” en el conjunto de la obra? No solo como una excepción a la regla, a la línea dominante, sino como un hito fronterizo entre las dos vertientes ya señaladas de la poética del autor, una joya única, exactamente la piedra de toque que nos permite conocer la esencia, la pureza, la verdad de la poesía de Samuel Cárdich.