TESTIMONIO

Por Arlindo Luciano Guillermo

No recuerdo exactamente cuándo aprendí a leer ni quién fue mi maestro de lectura, pero supongo que fue en los primeros años de primaria; lo cierto es que cuando termino el sexto grado ya era un lector incipiente, omnívoro y atento a todo objeto o papel que contuviera texto escrito. Eran esos años del siglo pasado cuando no había redes sociales, Internet, móvil, pero sí una máquina de escribir, algunos libros en la casa y contadas bibliotecas públicas. Recuerdo mis visitas por las tardes, al salir de la escuela o del colegio o cuando terminaba un trabajo eventual de unos cuantos soles, a la biblioteca municipal y de la Cooperativa San Francisco, en el tercer o cuarto piso del edificio de Dámaso Beraún, donde me atendían con amabilidad e interés. Éramos pocos, pero leíamos. Un trabajador de cabellos largos y ensortijados, dejo selvático y eternamente sonriente me decía “lectorcillo intelectual” y me entregaba el libro solicitado, previa presentación de una ficha (un octavo de papel bond), que acompañaba con mi preciado carné de lector.

Le debo muchísimo mi afición por la lectura a mi profesor de primaria Lizbardo Ramos Chávez (hoy un jubilado nonagenario). Él siempre me animaba a leer, me facilitaba suplementos y libros suyos que nunca quería que se los devolviera. Mi amigo Dimas Peña, un aliancista empedernido y aprista consumado hasta hoy y seguidor de Víctor Raúl Haya de la Torre, me prestaba libros de literatura e historia, Yo vivía en el Jr. Abancay, paradero 2, Paucarbamba. Descubrí que algunas familias de mi barrio tenían libros. Así conseguí la novela Papillón de Henri Charriére, que leí apasionada e íntegramente; tenía unas 400 páginas, aún no había terminado la secundaria. La leía en el aula mientras el profesor explicaba la clase, en el recreo, cuando llegaba temprano al colegio, en la casa cabreando las tareas domésticas. Quedé fascinado con la historia del preso encarcelado injustamente que, luego de varios intentos de fuga, logra su total libertad. Recuerdo no haber devuelto la primera edición de Cuentos andinos de Enrique López Albújar. Desde ese entonces supe que no devolver un libro prestado no provoca remordimiento de conciencia. Cuando veo un libro siento la manía del cleptómano: quiero llevármelo, pero me abstengo y lo compro como debe ser. A eso se sumaban los relatos seductores, para mi imaginación, de una tía materna que, noche a noche, como una Sherezade, me contaba historias de levitación, chupacabras, pishtacos, monjas que se convertían en mula, de Marcelino que conversa cara cara con Jesús crucificado, de arcoíris que embarazan mujeres, de tumores mortales provocados por el golpe de la semilla de la lúcuma, la calavera sin cabeza, fantasmas con rostro de demonio, ancianas perversas que llevan agua en canasta, del niño que envió una carta al cielo para su madre. Siempre la condición era que tendría que ser un niño obediente y estudioso. Eso me provocaba pesadillas ingobernables. Gritaban en los sueños. Hasta que prohibieron a la tía seguir contándome relatos de terror. ¿De dónde había aprendido este familiar tantas historias? Nunca lo supe ni le pregunté. Hoy, anciana, tiene Parkinson, pero, me imagino, conserva lúcida en su memoria aquellos años lejanos de mi infancia en la casa de Abancay.  

Mis primeros libros en la secundaria fueron escolares, principalmente de literatura, historia y economía. Asistía al local del APRA, en el Jr. Dámaso Beraún, los domingos para escuchar a adultos que hablaban con rabia de la dictadura militar. Nunca faltó mi histórico Baldor de Aritmética, Álgebra y Geometría. Ese Baldor fue la Biblia de matemática de mi generación ochentera. Conformaban mi escasa biblioteca familiar Antenor Samaniego, Humberto Santillán Arista, Gustavo Pons Muzzo, algunas ediciones populares de la Editorial Mercurio que compraba en la librería el Divino Maestro y Manuel González Prada, ambas en el Jr. General Prado. Así los libros se convirtieron en mi compañía diaria, reemplazaban a los amigos entretenidos en oficios y diversiones de la adolescencia. No había mejor placer que leer cuando quiera y donde sea posible, sin obligación ni exigencia del profesor. En mis años universitarios ocurrió un gran acontecimiento bibliográfico: un librero traía en costalillos, como si fueran tubérculos, libros de segunda a la plazuela Santo Domingo. 

Era Willy Garrido Guardia. Salía de las clases en Cayhuayna y me quedaba todo el día escogiendo libros, sin pensar en las tareas, exámenes ni alimentación; en sol o lluvia yo estaba ahí “pescando libros”. Descubrí que existían poetas como Charles Baudelaire, Arthur Rimbaud, Walt Whitman, José Ángel Bueso, Rubén Darío, José María Eguren, Martín Adán, José Santos Chocano; o narradores como Julio Ramón Ribeyro, Anton Chejov, Guy de Maupassant, José María Arguedas, Enrique Congrais Martín; o historiadores y pensadores como Luis Guillermo Lumbreras, Emilio Choy, María Rostworowski, Manuel Burga, Alberto Flores Galindo, José Carlos Mariátegui. Ahí conseguí el libro que había leído con interés y mística políticos y sensibilidad social toda una generación de jóvenes: Así se templó el acero de Nikolai Ostrovski. Con esos libros consolidé mi vocación de lector, mi afición por los libros, la necesidad de escribir para solidariamente compartir conocimiento y la reflexión intelectual. Los libros escogen a su lector; a mí me encontraron afortunadamente. Sin libros ni lectura mi vida sería insípida, vacía, sin norte ni justificación, mutilada, incompleta, sin pulmones para respirar ni piernas para caminar libremente. No he publicado libros (tampoco pienso hacerlo o quizá cambie de decisión), pero me basta con que sea un lector.        

Solo le pido a la vida que no sea ingrata conmigo, que no me quite la luz de los ojos ni de la memoria. Sé (estoy seguro) que los que estarán junto a mí siempre serán mis libros (originales y facsimilares), una lámpara, una libreta de apuntes y un lápiz puntiagudo para dejar señas de la lectura. Lo demás es banal, intrascendente, un canto de sirena o el espejismo de la felicidad o la estafa del bienestar material y monetario. Lo leído y disfrutado, en noches de desvelo y vigilia, con total silencio y tazas de café, nadie te quita. Lo mejor que me ha sucedido en la vida es haber leído libros, comentarlos y compartirlos con los demás. Mi abuela Clara, una campesina iletrada, pero sabía cómo un filósofo ateniense, tocada por la sabiduría de Atenea, decía que no se vive para comer, sino comer para vivir. Yo he vivido para leer y leer para vivir. Sin la lectura yo hubiera sido un transeúnte que camina por inercia, sin ruta, sin brillo en el rostro ni luces en los pies. Felizmente me di tiempo para leer, comprar libros y edificar una biblioteca. Yo soy lo que he leído; mis libros lo pueden testificar. En hora buena me acerqué a los libros, sigo junto a ellos y, seguramente, los dejaré solo cuando me toque retirarme del mundo de los vivos; quizá alguien me recuerde como un lector nada más.

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