RESTAURAR LAS HERIDAS DEL TIEMPO

Por Israel Tolentino

Camino por el primer patio, tropiezo con un grupo de jóvenes andando de un lado a otro, en apuros distintos al de los estudiantes; uno de ellos tiene un chaleco con el logo de “Fuste y Capitel”, veo sus manos sobre una escultura, están cambiándola el pedestal, me parece una acción buena, empezar a restaurar las heridas que tienen estas esculturas centenarias, donadas por Rafael Larco Herrera en 1921, quien en una publicación al respecto escribiría: guiado por el propósito de contribuir a la difusión de nuestras instituciones culturales, me animó a ofrecer, en el cuarto Centenario de Lima, esta colección que refleja uno de los múltiples y ricos aspectos de las aulas consagradas a la disciplina de la belleza y el arte.

Primer patio de la Escuela de Bellas Artes del Perú.

Rafael Larco le tenía cariño y afecto al Perú, a Daniel Hernández, el primer director de la Escuela de Bellas Artes, a los jóvenes que vendrían a recibir sus rudimentos artísticos, entre ellos Ricardo Flórez Gutiérrez, formado en la primera promoción y capturado por el paisaje de Quicacán y Tomaykichwa, lugar este último donde esperó la muerte con una sonrisa.

Arrotino (Escita griego) también llamado afilador.

La estatuaria greco-romana, sacada en copia fidedignas a las originales, “réplicas en escayola con estructura de hierro forjado en el interior, de factura alemana e italiana según las placas de origen” según los datos alcanzados por Karín Paz, restauradora encargada de su conservación.

Realizar una réplica de esas obras, patrimonio de la humanidad hoy, es una práctica imposible. En estos cien años, este patrimonio bellasartino ha vivido el Perú republicano, es por eso que sus heridas son nuestras y su recuperación concierne a todos; nunca más, el blanco de sus cuerpos debe usarse para raspar nombres o inscribir estados de ánimo, para quebrar sus partes, perderles el respeto, desinteresarnos porque no nos costó. Recordar, cómo pasa esta mañana, que todos esos objetos inanimados, han servido para descubrir la esencia de una humanidad que consideraba en el canon y la perfección una forma de llegar al espíritu.

El aula que alguna vez pareció un desafío, hoy está vacía, con el caño en el mismo lugar y sus ventanales con cortinas nuevas, todo limpio, con olor a nuevo. Los pasos tienen memoria, se pueden cerrar los ojos y en vez de quedar a tientas, ellos andan, ven, olfatean, retoman la vía que alguna vez (22 años, por ejemplo) caminaron.

El patio resbaloso como fue siempre, cien años si son una suma redonda, el escarlata del piso, como una alfombra vieja contando su centenaria existencia. La mitad de nuestra historia republicana ha pasado por estos patios, dormido y despertado sus ideales en sus talleres, rincones rodeados de árboles, auditorio, rotonda, gradas, columnas, pileta, servicio higiénico, talleres y comedor. La otra mitad afuera, entre los jirones Junín, Ancash y la avenida Abancay, a punta de encontrones, empellones, bombas lacrimógenas, porrazos, detenciones, moretones y esperanzas más cerca al cielo que a este suelo.

Trabajo de conservación del dios fluvial Ilissos.

Un Perú pequeño, un muestrario formidable, todos los rincones, las culturas reunidas bajo estos techos conventuales, guía centralista en pugna, contienda nunca domada. Esta patria en pequeña con todos los desafíos, como hoy, en este instante, escarlata como este patio que rememoran los pies.

La Escuela de Bellas Artes del Perú, es un recinto monástico donde se oye en su sigilo las voces de la mitad de los ideales nacidos en esta nación rica en resquebraduras, en todas sus partes y donde el tiempo no ha curado mucho, por el contrario, llenado de polvo y moho, descascarado, arruinada la edificación reflejo del Perú.

Sobre el rojo de sus paredes, las formas blancas, agrisadas por la Lima esperan silentes curar sus grietas, sus faltantes, sus centros de reposo, el paso de los días que no han sanado nada, acrecentado el deterioro.

Velatorio por los mártires en las regiones del Sur.

La Escuela siente y sabe de todas las amarguras que el país posee, empezar su sanación es iniciar la sanación de la patria, ya desearíamos unir esas grietas con polvo de oro, como el Kintsukuroi (reparación con oro) japonés. Secar heridas, un reto que le atañe a cada ciudadano. La estatuaria griega / romana, símbolo cultural de occidente, desde mucho chola, clama desde sus grietas curación / restauración. La sangre derramada si no sirve de semilla habrá sido un suceso más en esta historia que se escribe para el olvido (Lima, enero 2023).