RESPONSABILIDAD CÍVICA

Según Nicolás Maquiavelo, la política es la lucha por el poder del Estado y la dirección del gobierno. Ninguna sociedad es ajena a la política. En el perímetro de la ética, la política es vocación de servicio, trabajar con integridad por el pueblo. Si embargo, la realidad cotidiana dice lo contrario: la política es oportunidad para sacar ventajas. Sin política no hay partidos, idearios ideológicos ni elecciones.   

Si no lo hacemos nosotros, otros lo harán; ellos tienen poder político desde el Congreso y el Ejecutivo. Se van a quedar hasta el 28 de julio de 2026. Las autoridades políticas y los representantes en el Poder Legislativo no se autoeligen; el ciudadano es el elector. En próximas elecciones debe primar el voto consciente, responsable, sin dádivas ni falsedades. Un político candidato recorre pueblos y ciudades prometiendo obras, proyectos, vocación de servicio, transparencia y honestidad; a la hora de gobernar, con poder político, la realidad es otra y los ofrecimientos no se cumplen o se cumplen parcialmente; aparecen otros problemas de coyuntura. En algún momento de la historia eso tiene que cambiar para que desaparezcan la política sórdida, vil y perversa y los políticos que se afanan en lo suyo, intereses personales y familiares, antes que servir al Perú, sus ciudadanos, electores y pueblos donde la necesidad asfixia y frustra. Eso es lo que tenemos, no hay más. Tendremos más de lo mismo mientras sigamos en el plan de cómodo espectador desde la tribuna, en la zona de confort y despotricando de la política y sus beneficiarios con el hígado y no con la razón, el argumento y la acción concreta.

El Perú acaba de cumplir 202 años de independencia, de autonomía política; se gobierna con democracia, Constitución, elecciones y poderes del Estado. Sin embargo, el bienestar de los ciudadanos, la confianza en las instituciones y el desarrollo sostenible de los pueblos es aún una ficción, una mascarada cosmética y una tarea pendiente, parcial, solo para unos y nada para otros. El falso apoliticismo ha calado hondo en la conciencia de legiones de ciudadanos; la actitud impolítica, es decir, mantenerse al margen de política, es nociva porque permite que otros hagan política, con aval electoral, con los resultados vergonzosos y censurables que leemos en los periódicos, escuchamos en la radio, en las tertulias diarias, en la televisión y redes sociales. Es indignante que un congresista recorte deliberadamente o con sutiles condicionamientos el sueldo de sus colaboradores.   

Hacer política no es, necesariamente, ser candidato ni autoridad, sino asumir liderazgo de opinión pública, vigilancia del quehacer de los políticos en las instituciones. Nadie llega al poder para depredar o beneficiarse, sino servir con decencia. La universidad debe ser paradigma de debate político, científico y cultural. Un estudiante universitario, ajeno a la política, es un riesgo, pues trabaja en el mercado laboral, indiferente a la política y cree que lo que hace es lo único correcto y eficiente; lo demás le importa un bledo. La universidad no debe formar tecnócratas impolíticos, sin opinión ni interés por el debate público. Hoy es tan beneficiosa la práctica del pensamiento político y la aptitud para sustentarla con argumento y razones convincentes. El dogmatismo, el fanatismo y la intransigencia ideológica es inadmisible en democracia donde prima la Constitución y la institucionalidad. La militancia no es con los partidos ni los líderes políticos, sino con la democracia, la libertad, la gobernabilidad y la vocación de servicio. Si no hay esto, la política seguirá siendo lo que es: inescrupulosa, alérgica, urticante, maquiavélica.    

Criticar y proferir insolencia desde el balcón es asumir una posición cómoda, ver cómo otros hacen y deshacen en la política. Como no afecta la billetera ni intereses personales y empresariales, no importa lo que hagan o dejen de hacer en el congreso, en la mesa directiva del Poder Legislativo. No digo que hay que tomar por asalto el Congreso ni salir a las calles a pelear con piedras y bombas molotov; no, nada de eso, pero callarse, no decir nada, es complicidad y una tremenda irresponsabilidad cívica cuyo costo es el pésimo y deplorable desempeño de los parlamentarios y la ínfima aprobación de la ciudadanía. Se unen no para fortalecer la gobernabilidad, resolver problemas centrales de los ciudadanos. Coincido con el editorial de El Comercio: “Ocho congresistas —todos de Acción Popular y todos investigados por el Ministerio Público— han firmado un proyecto de reforma constitucional para restituir la figura de la inmunidad parlamentaria, esa que tantos episodios oprobiosos de blindaje le dio al país…” (4-8-2023).

No soy político ni politólogo, no tengo la perspicacia de análisis de un sociólogo (Rubén Valdez, Juan de la Puente, Rosa María Palacios o César Hildebrandt) o un experto en temas políticos, pero sí un ciudadano con opiniones, ideología y convicciones políticas, alérgico a los regímenes autoritarios que censuran y restringen libertades civiles. Soy un bípedo político, consciente de la realidad social y cultural en la que vivo y asumo el costo de mis comentarios políticos que no presumen de recetas ni verdades absolutas. Un político no debe exhibir el desprecio que inspira hoy. Veo con preocupación que la presidenta del Perú viaja a Brasil y despachará virtualmente, no hay vicepresidente para reemplazarla, el número de congresistas de Perú Libre se reduce paulatinamente, la mesa directiva del congreso es un sancochado ideológico para estupefacción de Renovación Popular y la ultraderecha. En política, las antípodas, enemigos a ultranza, agua y aceite, se unen, se ayuntan, sin discreción ni vergüenza; desafían a las leyes de la dialéctica.

Hice política militante en la universidad pública donde estudié. Leí como catecúmeno libros imprescindibles: Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, Ideología y política, Temas de educación, El artista y la época y El príncipe de Maquiavelo para la dirigencia estudiantil; ahí escuché la regla del pragmatismo político: “El fin justifica los medios”. El PUM era un partido de izquierda, parlamentario y de propuestas obrero-campesinas. Desde mi lejana juventud, la política me despierta interés y observación de la coyuntura y la historia. Admiro al tecnócrata con habilidades y convicciones políticas. Los conflictos sociales y las crisis de gobernabilidad exigen idoneidad profesional, conocimiento técnico de la gestión pública, manejo de competencias comunicativas, tolerancia, toma de decisiones y capacidad para encontrar, en el fondo del túnel, la solución adecuada al problema. Fácil es reprimir, desacreditar y asesinar, antes que convencer, ablandar la necedad y concertar. El ciudadano impolítico opta por la indiferencia y la permisibilidad; es su derecho y se respeta. Es pluralidad y democracia.