Respetarnos a nosotros mismos

Jorge Farid Gabino González

Escritor, articulista, profesor de Lengua y Literatura

La hipersensibilidad con que a un gran número de individuos les suele dar por reaccionar ante lo que consideran como inaceptables afectaciones a sus más elementales derechos, o, según las circunstancias, a lo que asumen como flagrantes ataques a su libertad, debe de ser uno de los rasgos más característicos por los que se distinguen las sociedades contemporáneas en occidente. Y no hablamos ya solo de las apasionadas tomas de postura que han generado desde siempre, y hoy siguen generando con todavía mayor recurrencia, aspectos relacionados con asuntos en principio controvertidos y polémicos como la religión y la raza, por citar dos ejemplos ilustres. Que, aun cuando estos continúen siendo temas “sensibles” sobre los que a veces es mejor no pronunciarse (uno nunca puede tener la certeza de si lo que va a decir respecto de alguno de estos puntos terminará “afectando” a alguien o no), resulta indudable que en la actualidad han sido desplazados a una suerte de segundo plano, en comparación con otros relacionados, por decir algo, con el sexo.

Basta con que reparemos, a decir verdad, en lo políticamente incorrecto que es hoy decir, por ejemplo, que solo existen dos sexos, como el sentido común y la biología llevaría a sostener a cualquiera con dos dedos de frente, para que inmediatamente recaigan sobre quien hubiese cometido semejante “ligereza” una avalancha de críticas y cuestionamientos por haber ofendido con su comentario a los miles de individuos que no se consideran enmarcados en ninguna de estas “desfasadas” clasificaciones. Es más, diríase, incluso, que el solo hecho de haber tenido el atrevimiento de afirmar lo señalado sería motivo más que suficiente para aplicar al sujeto en cuestión todo el peso de la condena y descalificación sociales.

Ahora bien. ¿Aceptar, y sobre todo respetar, que haya quienes no se sientan identificados con ninguna de estas dos posibilidades, esto es, la de pertenecer a un sexo o al otro, descalifica acaso la postura de aquellos para los que no existen terceras vías? Por supuesto que no. Lo curioso, sin embargo, es que muchos de quienes exigen respeto y tolerancia para sus puntos de vista, para su manera particular de vivir su vida, son en no pocas ocasiones los primeros en no querer aceptar que hay personas que no piensan como ellos, los primeros en querer imponer su forma de pensar, y esto bajo el argumento infantil de que, si no se cree lo que ellos, se está simple y llanamente equivocado. Se es homofóbico.

Palabreja esta que, salvando las distancias, es al sexo lo que “terrorista” es a la política: el peor de los sambenitos. Y es que si hay en la actualidad algo que se constituye en motivo de escarnio social es el que a alguien se lo tilde de “homofóbico”. Hecho con el que estamos completamente de acuerdo, por cuanto no puede ser posible que se trate de otra manera a quien por prejuicios idiotas y trasnochados vaya por la vida haciendo gala de su aversión hacia la homosexualidad o las personas homosexuales, como si de una gran cosa se tratara. Pero, de allí a justificar que se emplee la palabrita de marras, como se hace innumerables veces hoy en día, para pretender descalificar a las personas que se muestran en contra de la homosexualidad, hay un verdadero abismo.

Que a quien no le gusta nada de lo concerniente a la homosexualidad no es, en modo alguno, un homófobo. Simplemente no le gusta, y punto. Le es indiferente, le es ajeno. ¿Por qué, entonces, querer descalificarlo por no compartir los gustos de otros? Igual de absurdo y descabellado que descalificar socialmente a quienes gustan de las personas de su mismo sexo. Si a fin de cuentas lo que hagan o dejen de hacer las personas en el ámbito de su intimidad es única y exclusivamente competencia de ellas.

Pero no. La victimización, la hipersensibilidad, que campea en nuestras sociedades hoy en día nos ha llevado a un punto en el que, si decimos lo que pensamos, sobre todo respecto de cuestiones como las aquí señaladas, correremos el riesgo de quedar como los malos de la película. Se ha normalizado a tal punto, valgan verdades, la condición de víctimas de ciertas minorías, que ya no importa si lo que digan o hagan se ajuste a la verdad o no, pues siempre serán quienes tengan la razón, quienes salgan ganando. Ni más ni menos que lo que ocurre con las mujeres, que, a los ojos de la justicia, como es bien sabido, siempre serán las víctimas por el solo hecho de ser mujeres.

El respeto y la tolerancia hacia quienes no piensan ni creen las mismas cosas que nosotros debería ser, por tanto, algo que no solo exijamos a los demás, sino que también practiquemos. Solo así podremos vislumbrar el día en que las personas nos respetemos por el solo hecho de serlo, independientemente de nuestros gustos o querencias. Respetar a los demás es también respetarnos a nosotros mismos.

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