RAMBO

Por Yeferson Carhuamaca

Otro día con el amanecer helado y con un vacío en mis tripas. Otro día que hay que sobrevivir en este territorio lleno de máquinas con ruedas. Me levanto del cartón que encontré cerca del parque donde suelo marcar mi territorio y atrapar una que otra paloma para almorzar, pero en estos días esas aves suelen estar más alejados de suelo y permanecen sobre las cruces o techos que están en lo alto, quizás le temen tanto como yo a los cohetes que explotan en el cielo, dejando ecos que quiebran mis tímpanos, las explosiones, en estos días de octubre, suelen escucharse por toda la ciudad, son seres humanos, gente que en grandes grupos suelen andar despacio por algunas calles y que dejan detrás de ellos una selva de autos que buscan atropellarme.

Todos van al cielo, eso es seguro, como mi amigo Pulgas que era muy miedoso, se fue corriendo por miedo al ruido y se enfrascó en las ruedas de un camión a plena luz del día, estuvo tirado ahí mucho tiempo y un par de niños lo miraban tristes. Llegó él camión de basura y se lo llevó. Yo sé que está en el cielo porque ayer vi que dibujada su imagen en las nubes. Por estos días las calles de la ciudad están abarrotadas de gente que pinta el suelo en blanco y negro, lo que noto es que dibujan muchas palomas y yo me pregunto: ¿por qué no perritos? Si somos igual de bellos que nuestros plumíferos amigos. En fin, tengo sed, espero llegar a encontrar un charco donde el agua, aunque sucia, calme mi sed. Agradezco que estos humanos tengan sus caminos con muchos huecos que ayudan a que el agua se empoce, aunque me gustaría que el agua no fuera tan sucia.

Recuerdo con tristeza estas épocas, recuerdo que mi primer dueño me abrazaba siempre, tenía un lugar donde dormía profundamente, la comida nunca faltaba en mi plato que hasta mi nombre tenía, me llevaban a pasear con una correa muy bonita. Hasta que la humana mayor me llevó a caminar con ese gran grupo de gente, el trágico momento fue cuando explotó una bombarda que hizo que mis oídos se apagaran y corrí como si alguien estuviera arrancándome mi cola, corrí desesperadamente por todos lados, golpeando a la gente y ellos a mí, hasta que encontré un hueco sucio en un lugar abandonado muy lejos de esa gente y no salí hasta el anochecer. Nunca más volví a ver a mi dueño.

Anduve perdido por varios meses, comía lo que podía, las pulgas y las garrapatas eran mi tormento, sentía que me desgarraban la piel. Fue una tarde que un humano mayor me capturó y me metió dentro de un costal, me llevó a su casa, ahí había muchos cerdos, no me gustaba ese lugar, el dueño me golpeaba y rara vez me daba de comer, además no me gusto el nombre que me puso; Panzas, me nombró, era muy irónico, con las justas y tenía pellejo en mi panza, más parecía un saco de huesos. Con el tiempo me acostumbré a ver a los cerdos, me acostumbre de la soga sobre mi cuello que no permitía que escapara, sin embargo, dentro de mí existía aún la idea de volver con mi primer dueño, era tan inmenso e incontrolable este deseo que, mordí día a día la cuerda que me mantenía atado hasta que se pudo romper. Para poder salir tenía que hacer que ese sujeto abra la puerta, entonces empecé a morder a todos los cerdos causando muchos chillidos y desorden, para cuando el humano abriese la puerta los cerdos eran una estampida alocada, ni bien abrió, me metí entre sus piernas y pude escapar, no miré atrás, solo vi como una piedra casi impacta en mi rostro y finalmente pude huir.

Ahora la ciudad es mi casa y sus problemas son mis peores pesadillas, la ausencia de comida me hace caminar por los mercados en busca de un pedazo de algo, las heridas de las patadas y piedras las llevo como adornos en mis orejas, la caracha se come mi fino pelaje y me duele el solo respirar, las patas a veces me duelen y otras no me obedecen más. Rambo, me llama un anciano que vende objetos en la esquina del mercado, a veces él me comparte algo de su comida, me llama Rambo porque dice que a pesar de mis heridas aún no muero. Solo sé que los perros van al cielo, quizás las nubes dibujan mi silueta como cuando era feliz, será mañana o pasado.

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