Profe

Por Yeferson Carhuamaca Robles 

Tras las rejas negras de la puerta del colegio Nacional, en un rincón de aquel parque Antiguo, acompañado por los árboles y los sonidos de las pifias y carcajadas de tantos profesores y estudiantes, se esconden aquellos días de colegio que ahora solo yacen en mi memoria. 

Me veo en el reflejo de las ventanas nuevas, no soy más ese chico flaco y cobarde que era, ahora, he aprendido de mis tropiezos y las arrugas de la vida, las patinadas de media noche; todo se aprende si hay un buen maestro que deja una huella como recuerdo eterno. 

En el 2006 muchas cosas fueron cambiando para mis compañeros y este flaco, fue un año distinto, el último año para acabar la secundaria, aquel tiempo que uno guarda en sus risas, heridas y en el corazón pálido, pero en esos días nadie pensaba que todo ello guardaba una enseñanza para más tarde. 

Nosotros empezábamos el año académico en nuestro cole —el más grande de la ciudad—, éramos cuarenta y cinco muchachos, venidos desde los tres cerros que rodean este paraje primaveral y que además vestíamos con galones en la camisa.

Teníamos un salón muy acogedor, las paredes medían aproximadamente un metro de ancho y era una de las más antiguas de todo el colegio, dos ventanas enormes protegidas con barras de hierro forjadas que le daban un aspecto de estar en una cárcel. En sus paredes se podían observar las bases y los colores de las pinturas que habían tenido en décadas pasadas, se descubrían todas las tonalidades opacas que se desprendían como cáscara de huevos sancochados, las paredes eran tan altas que las arañas no bajaban en plena clase, seguro porque querían evitar la fatiga de tejer tanta tela de araña para volver a subir, el techo y su inmóvil foco miraban todo lo que pasaba, las carpetas eran de dos tipos, unas de madera con astillas y otras de metal con “navajas” en los bordes, si uno llegaba tarde podía negociar con alguien para que le venda su sitio o por último sentarse en el piso. 

También estaba la pizarra para tiza, era ese fondo negro donde el viejo profesor de ciencia la llenaba de punta a punta sin dejar espacio siquiera para una coma más. Imposible labor tenía el alumno encargado de borrar la pizarra, después ello, cualquiera quedaba más blanco que la “harina” que llevaba siempre Kashaco y que lo ponía contento.

El mejor profesor de esa época nos demostró en solo cinco clases que el conocimiento no era para vagos, ni dejados, ni obedientes, sino para los creativos y de aquellos que siempre tomaban la iniciativa de querer inventar la cura para algo. Ese profe, que solo nos daba UNA clase cada bimestre, y luego desaparecía como un candidato político después de ganar alguna elección, o si un día despertaba y se acordaba que era profesor, sin duda, se volvía a su cama. Gracias a ese personaje, que fingía de docente, aparecía solo al final de cada bimestre para darnos nuestro promedio y volver al siguiente ciclo con su absurdo discurso, todo un pedagogo moderno para su tiempo, nos enseñó sin merecerlo sobre la autonomía absoluta del alumno. 

Y como era de esperar, la “autonomía” en las seis horas que teníamos a la semana, la convertimos poco a poco en algo útil. En aquellas horas sin profesor aprendimos a jugar timba, apostar y calcular los gastos y los ingresos, —unos expertos en economía—, a comprar cigarrillos baratos o comida a cambio de tareas o de poner al día todo el dictado de los diversos cursos, también por eso teníamos protección de los matones, a organizar eventos de box en el salón, donde se apostaba mochilas o zapatillas para pelotear, también aprendimos a ser limpios, ya que cuando había la requisa por parte de Gorilón, un exmilitar que siempre andaba armado y que era nuestro auxiliar, no encontraba ni un papel higiénico en el piso, aprendimos a ser fieles a nuestra aula y nunca ser soplones y aguantar los correazos o palos en las palmas de la manos para no ser expulsados.

Queda, ahora, detrás de esa puerta de rejas, todo lo vivido en ese año, los campeonatos de fútbol, las discusiones con los profesores, las rifas bamba del profe de historia, la vieja de la biblioteca, el profe de cómputo que nos alquilaba por horas las computadoras de marca IBM; quedan esos pasillos que ya no están, la procesión de nuestro santo patrono, las formaciones de casi dos horas, de las peleas detrás de la tribuna y la piscina, que para entrar solo pagábamos treinta céntimos por ser del colegio, y de la fila de más de diez árboles viejos de pino que ahora estarán descansando en paz. Yace en mi memoria ese Profe que nunca vino a enseñar; me equivoco, que me enseñó sin que él se dé cuenta o le importe siquiera, me enseñó a no ser como él.