POBRECITOS

Por Jacobo Ramirez

Es común ver por las calles a jóvenes, señores (as), niños, etc. caminando felices con sus mascotas. Y aunque en algunos casos resulta difícil saber si son los amos los que pasean a los perros, o son estos los que pasean a aquellos, lo cierto es que en no pocas ocasiones se puede observar cómo estos pobres animales son jalados con cadenas, sogas o correas, mientras caminan husmeando de un lado para otro. 

La semana que pasó, me detuve en una esquina y vi que un perro renegón, que caminaba con sus piernas chuecas, y que era jalado por la correa de su dueño que, dicho sea de paso, tenía rasgos de su mascota, quiso atacar a uno de los tantos perros callejeros que deambulan por allí. Estaba seguro de que, si eso sucedía, hubiera quedado uno menos en nuestras calles, pero el dueño, felizmente para unos y lamentablemente para otros, lo detuvo. 

La mascotita, o, mejor dicho, la mascotaza, llevaba puesto un polo crema con una “U” enorme sobre su lomo. Deduje que era hincha de ese equipo, e imaginé que cuando el equipo de sus amores juega, y pierde, como siempre, debe renegar junto a su dueño haciendo estragos dentro de su casa. El caso es que, si ese día hubiera atrapado al otro perro, seguro que ninguno de esos que en redes sociales u otros medios, solo por figurar, se muestran empáticos con estas mascotitas, hubiera dicho “este lío es mío”. Uno porque su dueño es un tipo altanero, y con supuesta influencia por aquí y por allá, y otro porque el perro atacado es callejero, y no tiene ni un perro que por él ladre.

Después del episodio, siguieron caminando dueño y mascota. Esta, seguramente debido a los nervios o la frustración, inclinó sus piernas traseras y escribió su nombre en plena vereda. Claro que, bien vistas las cosas, resulta difícil saber si el nombre en cuestión era suyo o de su dueño. Como sea, debido a que se trataba de un perro fino, con un dueño también “fino”, nadie dijo nada. 

Cuadras más abajo, o más arriba, dependiendo de dónde esté ubicado uno, vi a una señorita que llevaba un perrito. Uno que, como dijera mi madre, estaba bien kipichado. Ante el excesivo calor que estamos sufriendo en estos días, tuve compasión de ese animal. ¿Acaso se ve que a un perro siberiano, de esos que jalan trineos, sus dueños les ponen abrigos para que soporten el frío? Por supuesto que no. Y es que ponerles ropas y disfrazarlos debe ser un verdadero suplicio para esos animales. Me imagino, sin ir lejos, al perro peruano, ese que no tiene ni un pelo de tonto en todo su cuerpo, teniendo que ponerse una casaca en estos tiempos para que no se resfríe. Felizmente, esos perros son pocos, y muy pocos los quieren. Una de las múltiples calamidades que debemos sufrir los pelados. 

Y ni que se diga de ver a esos perritos de raza shitsu, o como se llame. Tiernitos, bellos, mansos, y que se han convertido en la mascota favorita de muchos huanuqueños y huanuqueñas. Lo que no comprendo es por qué los tienen que llevar a cortar su pelaje hasta dejarlos como este escriba. Cuando regresan, después de haber visitado al veterinario barbero, uno les ve la cara y parecen unos mostritos, algunos con unos bigotes al estilo mexicano que se les ve más feos que congresistas peruanos. Si esos animales hablaran o tuvieran abogado, estoy seguro de que denunciarían a sus dueños por desfiguración de rostro.

Por todo eso, solo me queda decir “pobrecitos”. Porque qué culpa tienen esos animalitos de tener que andar con sogas o cadenas por las calles, de tener que andar arropados sin poder rascarse las pulgas, o de sufrir ante un barbero mientras este le jala uno que otro pelito.

Es más, me pregunto, mientras mi perro Satanás juega con mis pies descalzos, si eso no es un tipo de maltrato canino que debe ser amparado por los defensores de animales. ¿O es que todo eso está permitido, mientras sirva para ser el hazmerreír de algunos y para despertar la compasión de otros?