País de contradicciones

Jorge Farid Gabino González.

Es el nuestro un país de contradicciones; de enormes, de sustantivas, de inocultables contradicciones. Nuestra principal característica, por lo demás. Dirán los historiadores si desde siempre. Tampoco importa tanto. Si lo es desde siempre, queremos decir. No es determinante, en cualquier caso. Lo que está fuera de toda discusión, sí, es que lo es hoy. Lo que se evidencia en cada esquina. Lo que se respira a cada paso. Y es el ámbito de la política, a no dudarlo, donde lo anterior se hace más patente. Basta con asomarse, aunque fuera por unos breves segundos, a nuestra penosa realidad política para constatarlo: casi no existe declaración, “pronunciamiento”, brindado por alguno de los inefables miembros de nuestra clase política, que a la corta o a la larga no acabe trocándose en algo completamente opuesto.

Lo que, claro, resulta no pocas veces hilarante. Porque fastidio, cólera, rabia, la verdad es que ya no nos da. De ninguna manera. No hay forma. Sería como molestarse porque al despertar por la mañana nos encontráramos con que es lunes, porque al salir de casa en mangas de camisa nos cayera un chaparrón de padre y señor mío, o porque, simple y llanamente, nos despeinara el viento. Inútil desde todo punto de vista. Mejor reírse, sí. Mejor tomárnoslo a broma. Duele menos. Irrita menos. Indigna menos.

¿De qué otra forma, por ejemplo, deberíamos tomarnos las declaraciones de los congresistas apristas, respecto de que su líder, el expresidente Alan García, estaría siendo víctima de persecución política, debido a la investigación que se le sigue por los sobornos que habría recibido de parte de la constructora Odebrecht?

¿De qué manera deberíamos asumir, si no, la reciente posición asumida por los congresistas fujimoristas respecto del proceder del juez Richard Concepción Carhuancho, en cuanto a su decisión de encarcelar preventivamente por 36 meses a su lideresa, la señora Keiko Fujimori?

¿Ya olvidaron, acaso, que cuando la orden de prisión preventiva fue dictada en contra de los Humala, le decisión del juez Carhuancho les pareció de lo más normal, de lo más pertinente, tanto a fujimoristas y a apristas?

¿No había, entonces, “persecución política”? ¡Si serán pendejos!

Más claro ni el agua: siempre que la cosa no sea con ellos, con su gente, sino con sus adversarios, con sus “enemigos políticos”, todo está bien. Pero si los vientos les son adversos. Si la suerte, como parece estar ocurriéndoles ahora, comienza a serles contraria, entonces sí que pegan el grito al cielo. Porque en ese caso, claro, las víctimas son ellos. Malnacidos todos los demás. Absolutamente todo los demás.

Salvando las distancias, es como cuando en un juego de niños, el que va ganando “no dice nada”, hasta que “la suerte se le acaba”, y comienza a perder. Momento en el que lo que hasta ese instante le parecía “bien”, se le hacía “normal”, cambia completamente. Así (salvando las distancias, repetimos) están nuestros políticos, que hoy no recuerdan (no quieren recordar, más bien) lo que dijeron apenas ayer.

El problema de todo ello es que ni nuestros políticos son en absoluto unos pobres e inocentes niños ni es nuestro país un puto tablero de ajedrez cuyas reglas se desconocen o, si se conocen, se irrespetan olímpicamente por parte de quienes deberían saberse obligados no solo a conocerlas sino sobre todo a cumplirlas.

Las consecuencias del cinismo con que la mayoría de nuestros políticos parecen haberse acostumbrado a proceder en su día a día, naturalmente, nos afectan a todos. Pues ya nada resulta claro. Un día se dice una cosa y, al menor descuido de nuestra frágil memoria, nos salen con otra. Lo peor es que, como decíamos arriba, ya ni siquiera nos indigna. Diríase que, incluso, tal proceder se ha “normalizado”. Forma ya parte de nuestro estado natural de las cosas.

Que no sorprenda a nadie, en consecuencia, que un día de estos nos salga el señor Cipriani (por poner un ejemplo improbable pero no imposible) a decir que está a favor del aborto y del matrimonio entre personas del mismo sexo. Que no sorprenda a nadie, tampoco, que el día menos pensado nos aparezca algún señor de nombre Alan García diciendo que se allana a las investigaciones en su contra, y que, a las pocas horas de lo afirmado, termine pidiendo asilo político. Que no sorprenda a nadie, mucho menos, el día menos pensado el tal señor García retorne de su nuevo asilo político y vuelva a ganar las elecciones. A fin de cuentas, es parte de nuestra naturaleza ser así de contradictorios, así de imbéciles, ya lo advirtió en una muestra de impresionante lucidez el susodicho señor García. Y no se equivocó