LITERATURA E HISTORIA

Escrito por Arlindo Luciano Guillermo

Cuando le pregunté al estudiante, por qué dibujaba afanosamente en la carpeta, con plumón rojo, una cruz esvástica, no supo qué responder. Me miró, sonrió, se ruborizó y la borró de inmediato. Ya había leído más de la mitad El niño con pijama de rayas (2006). Ahí vi ese ícono nazi en oposición a la estrella de David. En realidad, ciertos actos afloran inconscientemente. ¿Ese imberbe escolar sabe lo que significa la cruz nazi? ¿Conoce la barbarie de la Segunda Guerra Mundial? ¿Quién es Adolfo Hitler y qué postulados ideológicos y políticos defendía e imponía el Partido Nazi? La cruz esvástica representa al nazismo, al nacionalismo xenófobo y racista, al genocidio y al exterminio de judíos, gitanos, prisioneros y presos políticos en los campos de concentración.   

Sobre la Segunda Guerra Mundial existen documentales, libros y películas. Basta nombrar los films El pianista, La vida es bella, Los juicios de Nuremberg, La lista de Schindler o Buscando al soldado Ryan. El niño con pijama de rayas es un best seller escrito por John Boyne (Dublín, 1971), coterráneo de James Joyce. Es una novela efectista por la historia y el desenlace; conmueve poderosamente al lector y advierte que la barbarie y la irracionalidad no tienen límites. 

Al 2007 se habían vendido 375 mil ejemplares, traducido a 32 idiomas y llevado al cine en 2008. El destinatario de la novela podría ser solo niños y adolescentes, pero los adultos, sin mayor esfuerzo, también pueden leerla. La novela fue escrita en tres días; la corrección duró ocho meses. 

La historia de El niño con pijama de rayas es narrada por Bruno, un niño alemán, hijo de un comandante nazi, cercano colaborador de Adolfo Hitler (Furias en la novela) que recibe el encargo de regentar el campo de concentración de trabajos forzados y exterminio de judíos en Auschwitz. Mientras explora conoce de casualidad a Shmuel, niño judío que vive en las barracas infrahumanas donde todos usan “pijama de rayas”. Representan culturas, situaciones y mundos diferentes, pero conectados por la amistad, la solidaridad, el deseo de jugar, la inocencia y la antítesis de la barbarie. Bruno cruza la alambrada para ayudar a buscar al padre de Shmuel y no se sabe más de él. Probablemente muere, como cualquier judío, en la cámara gas. La novela no es una radiografía de las atrocidades en Auschwitz. Bruno vive afligido porque siente que ha sido desarraigado de su hogar, su escuela y sus amigos en Berlín. En el nuevo destino no tiene con quién jugar ni explorar. Le aburren las clases de un profesor pronazi que cree que la poesía es inútil. Eso mismo le sucede a Shmuel. En la novela se siente la pesada y densa aura del racismo, el autoritarismo, el genocidio, el odio contra los judíos, el sufrimiento y la esclavitud, que se refrescan con la amistad y la ingenuidad de Bruno y Shmuel, dos realidades opuestas. La alambrada los separa, pero la muerte los une. Era 1942. Para Alemania la guerra está perdida; los ejércitos aliados avanzan inconteniblemente. El 27 de enero de 1945, el ejército soviético irrumpe en Auschwitz y libera prisioneros judíos principalmente.                                                                                                 

La literatura no es un arte químicamente puro. Ella se alimenta de las experiencias del autor y de los demás, del contexto y de la historia. Representa y se nutre de la realidad. No es indiferente a la política ni a la historia. La conversación en La Catedral es sobre la dictadura de Odría y los excesos perpetrados durante ocho años en el poder. No se suicidan los muertos revela las injusticias del gamonalismo en una hacienda infernal donde los “secuestrados peones” mueren miserablemente. España, aparta de mí este cáliz no es canto a los sentimientos amorosos, sino una airada protesta contra el ascenso de la dictadura y la solidaridad con los combatientes republicanos. 

El niño con el pijama de rayas no se lee solo como una emotiva historia de un niño de nueve años que muere junto a otros niños judíos en Auschwitz. Esta novela es una campanada, para los ciudadanos de hoy, sobre la perversidad del Holocausto. Si hay algo que aprender de la historia es la exhortación para no repetir lo mismo. La lectura de literatura va más allá del goce estético, admiración del talento del escritor y el disfrute espiritual; es una oportunidad de acercamiento a la realidad histórica contada desde la ficción, que a veces es más convincente que la propia historia de hechos, fuentes confiables y personajes reales. La descripción épica y asombrosa de la batalla de Waterloo en Los miserables de Víctor Hugo o la invasión napoleónica a Rusia en Guerra y paz de León Tolstoi, no son los hechos históricos mismos, que, sin duda, no han ocurrido así, pero se cuentan con tanta persuasión y emoción que son más creíbles que las contadas por el historiador.     

No soy alérgico a la política; soy un ciudadano político, con opinión política, aunque no con militancia practicante. Sin embargo, la política empequeñece, pervierte y envilece a la literatura. No creo que la literatura sea inmaculada e impermeable ni indiferente a la política. ¿Por qué la iglesia y feligreses fanáticos quemaron Aves sin nido y Clorinda Matto de Turner excomulgada? ¿Por qué los oficiales y cadetes del Colegio Militar Leoncio Prado incineraron públicamente la novela La ciudad y los perros? ¿Qué motivación y prejuicio extraliterarios los incitaron? La historia escrita u oral le da motivos suficientes para crear un mundo ficcional más atractivo y digerible. En El niño con el pijama de rayas hay un evidente desbalance: la fabulación literaria es escasa, está por debajo del impacto de la tragedia familiar, el trasfondo histórico y la “intencionalidad política”. La literatura no es lujo ni mercancía banal ni un hobbie elitista, sino una vocación, un compromiso con el arte, el lenguaje, la escritura, una oportunidad para deleitar al lector, darles afanes y tarea a los críticos literarios. La literatura, en esencia, no es un entretenimiento efímero y rutinario. La literatura acerca con rapidez al lector a la realidad histórica, las grandes pasiones de los ciudadanos, a la imperfección de la sociedad y la posibilidad de ser felices dentro del perímetro de la ficción, a los conflictos sociales y crisis políticas sin apelar a la sociología.

La literatura es vital, se ennoblece con lectores reflexivos, empáticos y sensibles que la ven como fuente de aprendizaje, disfrute estético, mejoramiento lingüístico y habilidad para debatir, disentir y coincidir; es decir, fortalece el espíritu democrático y el ejercicio de la libertad, la pluralidad y la tolerancia.   

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