La inefable bolsa

Por: Andrés Jara Maylle
Sí, pues, todo en esta agitada vida es de plástico.
Muchos utensilios de la cocina son de plástico, las carcasas o forros de los celulares son plástico, la regla de dibujo de los niños, las mochilas escolares, el globo terráqueo que adorna la biblioteca, los parlantes de la sala, los maceteros del patio, los lapiceros de cincuenta céntimos, la licencia de conducir, el carnet de trabajo, los tachos de basura en las aulas escolares, el envoltorio de los dulces… y casi todo lo que nos rodea está hecho de ese material que comúnmente conocemos como plástico.
¿En qué momento el plástico se metió en nuestras vidas sin consultarnos? Estoy seguro que los niños de hoy no tienen la menor idea de lo que digo, pues nacieron rodeados de este material que se usa y se bota; ese pernicioso material que estos niños ven tirado en las calles, en los parques, a orillas del río, volando con el viento, o, simplemente, conteniendo la basura en sus propias casas.
Pero para los que se ubican por encima de las cuatro décadas y tienen, todavía, un poquito de memoria, la vida ciertamente fue un poco diferente. No mejor ni peor, simplemente diferente. Ellos, no lo dudo, vivieron un tiempo en que el plástico era aún una cosa exótica, rara, inusual. Esas generaciones que pronto entrarán en extinción compraban el pan en “bolsas” de tela; una especie de minitaleguillas que la mamá los elaboraba expresamente para llevar o traer el pan. “Agarra la bolsa y anda a comprar tres centavos de pan”, decía, y el niño se iba corriendo no a la tienda, sino a la mismísima panadería, porque allí le daban hasta su yapa para que en el trayecto a su casa saboreara el riquísimo pan de la mañana.
En los hogares más humildes, no necesariamente se compraba el pan en esas bolsas de tela. Allí, muchas veces, se iba con pequeñas canastitas tejidas con tiras de carrizo, confeccionadas por expertos canasteros de Chullqui, Ingenio o Quechualoma, en donde abundaba esta planta. Estas canastitas eran muy simpáticas y livianas que duraban más de un año y, al mismo tiempo eran tan baratas que en casa, cada hermano (y vaya que eran muchos) tenían su propia canasta y era un delito grave que alguien usara la canasta del otro. Así eran esos tiempos cuando aún el plástico no se enseñoreaba en nuestras existencias.
Hasta que en algún momento, poco a poco, día a día, semana a semana, mes a mes, año a año, toda nuestra conducta de vida empezó a sustentarse en base al nefasto plástico.
Ahora, si vas a la pequeña tienda del barrio para comprar un atún, seguro que volverás con tu bolsa negra entre tus manos. O si ingresas a cualquiera de nuestros dos céntricos mercados para adquirir pescado, pollo, verduras, queso, fideos o cualquier chuchería, quiere decir que saldrás de allí con media docena de bolsas de todos los tamaños y colores y texturas.
Lo mismo si entras a una zapatería, una boutique, una pastelería o un chifa. Siempre saldrás con una bolsa en la mano y luego, seguro, lo arrojarás a la basura para que ese plástico ruede por el mundo.
Peor todavía si vas a un gran centro comercial. En esos lugares tienen la mala costumbre de usar bolsas para cualquier producto que expenden. Los compradores compulsivos de centros comerciales deben tener toneladas de plástico en sus casas si es que los han guardado, sino, simplemente los habrán entregado al basurero que pasa cada mañana por sus casas para seguir contaminando nuestro planeta enfermo. Nadie se da cuenta que realmente es un exceso el uso del plástico y que en cualquier momento esa demencia nos pasará factura,
He visto bolsas de plásticos en lugares más inverosímiles. En la cumbre del Padre Gaga, una bolsa plástica estaba adherida al viejo tronco de un chuná centenario. En el antiguo camino de herradura de Nauyán hacia Cacapara, (por donde hace más de un siglo valientes shucuyes, al mando del mítico Aparicio Pomares, llegaron para enfrentarse a la soberbia chilena) alguna vez camino limpio, hoy es un reguero de plástico que contamina hasta el aire que se respira.
No sé cómo acabará toda esta insensatez mediática por el plástico. Ojalá que nos demos cuenta a tiempo para rectificarnos, de lo contrario el planeta entero se cubrirá de plástico y nosotros quedaremos irremediablemente en el más merecido olvido.