Incapacidad mental permanente

Jorge Farid Gabino González

Escritor, articulista, profesor de Lengua y Literatura

Cuando observamos el grado de victimización a que suele llegar el presidente Castillo cada vez que sale a la luz alguna nueva acusación en su contra, y advertimos asimismo la debilidad de su consabido y más recurrente argumento, aquel según el cual todo lo malo que se dice de él formaría parte de una confabulación urdida por la prensa y la derecha peruanas para vacarlo, conspiración esta que no respondería a otra cosa que al hecho de que sus opositores no tolerarían el que alguien de origen andino, el que un hombre del pueblo, el que un pobre y humilde campesino, para utilizar palabras que le son particularmente gratas, se encontrase gobernando el país en lugar alguien perteneciente a la llamada clase dominante, irremediablemente caemos en la cuenta de que con mandatario así, esto es, con un presidente incapaz de hacerse cargo de sus errores, de comprender que si se lo involucra en actos ilícitos o cuando menos reñidos con la legalidad, y esto prácticamente a diario, no se lo hace porque se tenga a priori algo en contra de él, sino porque existen dudas razonables en cuanto a que podría estar involucrado en todo aquello de lo que se lo acusa, al Perú solo le puede aguardar una cosa al final del camino: la ruina.

Alertados en repetidas ocasiones acerca de lo que podría ocurrir con el país si se llegase a elegir a Castillo como presidente, los peruanos no tuvimos, sin embargo, ni la madurez ni la lucidez necesarias para darnos cuenta de que lo verdaderamente peligroso de que el sujeto en cuestión llegase al poder no era, con todo, su pertenencia a una izquierda recalcitrante ni su programa político trasnochado ni, mucho menos, su cercanía a personajes de pasado dudoso, y no es, claro, que esto fuese peccata minuta, pero lo cierto es que nada de lo anterior era en el fondo tan peligroso, decíamos, como el que acabásemos llevando al gobierno a un individuo de ignorancia supina como el que hoy se encuentra al frente del Perú. Que, bien vistas las cosas, ser de izquierda o de derecha no califica ni descalifica a nadie por el solo hecho de serlo. Así como tampoco el tener un programa político anacrónico es impedimento para que, una vez en el poder, no se puedan hacer los cambios o ajustes necesarios que posibiliten llevar adelante una gestión eficiente y responsable. Ni, mucho menos, el hallarse rodeado de individuos vinculados a la corrupción es de ninguna manera obstáculo para que, en aras de dotar a la gestión de un aura de honorabilidad y transparencia, se realicen las purgas necesarias que permitan desembarazarse en el acto de alimañas y sabandijas.

Pero lo que sí no es posible cambiar de un día para otro, por imposible, por improbable, por inviable, es la condición intelectual de absolutamente nadie. Somos como somos para bien o para mal, y no importa cuánto empeño pongamos en querer aparentar lo contrario, en querer, incluso, demostrar lo contrario, ya que al final terminará aflorando nuestra verdadera índole. El problema con ello es que, tratándose, como se trata, del presidente de la República de quien estamos hablando, la situación se torna sustantivamente grave. Esto porque el carecer de una formación académica que se encuentre a la altura de las circunstancias, una que lo ayude en la toma de decisiones de gobierno acertadas, decisiones que, en lugar de generar inestabilidad en el país, como sucede ahora, lo lleven más bien a hacer todo lo contrario, ha terminado por colocarlo en un punto en el que su incapacidad para gobernar está redundando, como era previsible, en perjuicio de todos los peruanos. Pues la sucesión de medidas nefastas y nombramientos absurdos con que desde el primer día de su gobierno nos ha puesto al borde mismo del colapso no ha hecho otra cosa que confirmar lo que a estas alturas es ya por todos sabido, que el presidente del Perú es un rematado inepto, alguien a quien, de existir la causal, y en mala hora que no exista, se podría vacar por incapacidad mental permanente.

Pero, claro, conscientes somos de que afirmaciones son estas que por muy objetivas que sean difícilmente podrán ser tenidas como valederas por la mayoría de personas, y esto por la simple y sencilla razón de que hoy es casi imposible encontrar a alguien que, con razón o sin ella, no se asuma víctima de algo o de alguien, o, lo que es todavía peor, no se sienta predestinado a defender al supuesto ofendido, a erigirse en paladín del dizque oprimido por los tiranos. De ahí que no nos sorprendamos en absoluto si el presidente Castillo continúa echando mano de su patético papel de víctima a la primera ocasión que se le presente (y oportunidades para hacerlo, estamos seguros, habrá de tener no pocas en los próximos días). Naturalmente, tampoco nos asombremos en lo más mínimo si continuamos encontrándonos a cada paso con individuos dispuestos a solidarizarse con el impresentable, por el solo gusto de hacerlo. Es la tendencia en la actualidad. Es la dictadura de las mayorías.

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