GONZÁLEZ PRADA

Por Arlindo Luciano Guillermo

Mariátegui catalogó a González Prada como “el precursor de la transición del período colonial al período cosmopolita”. Me entero (sinceramente) por Radio Programas del Perú, muy temprano, que el último viernes 22 de julio se cumplieron 104 años del fallecimiento de Manuel González Prada y Ulloa. En Europa había culminado la Primera Guerra Mundial, el Perú era gobernado por José Pardo y Barreda, nieto del costumbrista aristocrático Felipe Pardo y Aliaga.  A González Prada lo tengo presente desde hace 40 años. 

En la secundaria felizmente decidí leer literatura, historia y un poco de política por mi cuenta, sin el plan lector ni la coacción de mi profesor que ordenaba tipear a máquina de escribir “Ushananjampi”, “Los tres jircas” (yo vivía en la falda del cerro San Cristóbal, el taita de Paucarcamba, a quien respetábamos como un dios tutelar), “Los heraldos negros” y “El discurso en el Politeama”. Abría los ojos como platos, en la medianoche, en la sala de mis tíos Ercilia y Luis Andrés, con las frases furibundas y demoledoras de González Prada. Entendí tempranamente el poder emocional de la palabra; podía decapitar la cabeza del acusado o cortar la yugular del enemigo. Desde entonces tengo respeto, casi supersticioso, por la palabra. Cuando leo los editoriales de César Hildebrandt tengo la impresión de leer a un González Prada del siglo XXI. Leer, lo sé, es una necesidad. No he dejado de comprar, apreciar ni leer libros; con la tecnología y el móvil voy leyendo e-books mientras espero mi turno en el cajero; viajo en el colectivo o en el recreo del colegio.

Estudié en el Amauta José Carlos Mariátegui; mi promoción 1982, de unos 60 mozalbetes, llevaba el honorable nombre de Manuel González Prada. Los que cumplíamos la tarea sí sabíamos quién era el fulano de bigotes blancos y rostro adusto. Me quedó grabada en la memoria la célebre frase “Los viejos a la tumba, los jóvenes a la acción”. Estuve asustado por tremendo deseo homicida. En la universidad amplié las lecturas sobre don Manuel, sumado a eso (sin dejar de leer poesía) la exploración política, ideológica y cultural de los libros de Mariátegui, principalmente Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, Ideología y política, El artista y la época y Temas de educación. Entonces me hice mariateguista estudiantil, contrario a las posiciones violentistas y a la falsa concepción del Perú como sociedad semifeudal que Velasco había liquidado con la reforma agraria en 1969.  

Llamó mi atención que un aristócrata, que todo lo tenía y podía, con solvencia económica envidiable, como don Manuel, bajara al llano para solidarizarse con las necesidades y aspiraciones de los trabajadores, intelectuales, jóvenes, indios (esa masa expoliada por la “trinidad embrutecedora”), de obreros, que fundara un partido político y se enfrentara a los gamonales y oligarcas frontalmente con dureza y verbo combativo y beligerante. Entendí, como profesor y lector, que la literatura no solo era verso amoroso, sensible y hermoso, sino también un escenario de debate, discrepancia y pugna encarnizada por el poder político y la justicia social. En el siglo XIX, el Realismo y el Indigenismo marcaban la pauta de la literatura, el periodismo y la política. Don Manuel era anarquista radical, librepensador mayor y admirable, paladín de la ciencia, las reivindicaciones sociales postradas después de la guerra contra Chile, la crítica severa y la modernidad. Su interés y reflexión (sin una acción para resolver los problemas) por el Perú integral y como proyecto nacional se concentran en Horas de lucha.

El carácter precursor de la poesía de González Prada está en Minúsculas, Exóticas, Trozos de vida, Presbiterianas y Baladas peruanas. Tres poemas breves y novedosos atrajeron mi interés de lector novato; los recuerdo con frescura y nostalgia de juventud: el soneto “Al amor” (“¿Por qué la sombra, si eres luz querida?  /  Si eres vida, ¿por qué me das la muerte?  /  Si eres muerte, ¿por qué me das la vida?”, “Filosofía de amor” (“Si por ley del Universo  /  no hay un ser en soledad,  /  si todo se une con algo  / ¿por qué unida a mí no estás?”) y “El mitayo” (“–La injusta ley de los Blancos  /  Me arrebata del hogar:  /  Voy al trabajo y al hambre,  /  Voy a la mina fatal”.). González Prada anuncia firme a José Santos Chocano, José María Eguren, César Vallejo y Abraham Valdelomar.   

Siempre están asociados a González Prada “El discurso en el Politeama” y “Nuestros indios”; sin embargo, el ensayo titulado “Los aficionados”, incluido en Horas de lucha, es un antecesor de las luchas antitaurinas y defensa de los derechos de los animales. Escrito en 1906, González Prada sienta una posición categórica en contra de la corrida de toros en la plaza de Acho. La considera una infame herencia colonial, bárbara, negación de sensibilidad y civilización, cruel, repugnante y salvaje. Dice que los aficionados a la tauromaquia son “degenerados y analfabetos”, mientras que “la muchedumbre goza doblemente embriagada por el alcohol y la sangre”. Considera a los animales “conciudadanos en la gran república de la naturaleza”. Animales y ciudadanos, dice don Manuel, “somos hermanos”. Samuel Cárdich, en el poemario Heredar la Tierra, ha escrito el poema “Monólogo del toro de lidia”, donde manifiesta, con tono de “ira santa”, su postura contra de la lidia de toros a través de la versión de un toro en el coso que va a ser el disfrute sádico de los espectadores, el enfrentamiento con el matarife y la tragedia sangrienta en la arena. Dice: “Estoy en la orfandad: soy el animal que representa   /  la muerte, aunque sea el único de los dos /  que tenga que morir esta tarde”. Por su lado, siempre controvertido, Mario Vargas Llosa, en el artículo periodístico Los toros y el Perú, afirma que los antitaurinos son “fanáticos animalistas”, como inquisidores, que no respetan las libertades individuales y tilda a la tauromaquia como “parte de las bellas artes”. La novela Yawar fiesta (título quechuañol) de José María Arguedas relata la costumbre de lidiar toros en el pueblo Puquio.   

Una relectura de los ensayos de González Prada no estaría de más. Los hechos casi son los mismos, solo que los actores son otros: usan celular, redes sociales; tuitean compulsivamente. Hoy se vocea por doquier “que se vayan todos”. «Hoy el Perú es un organismo enfermo: donde se aplica el dedo brota pus” está fresca como la lechuga.          

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