ELÍ CARUZO GARCÍA, ACREDITADO NARRADOR TINGALÉS

A mi patria, el Perú, que ha sufrido y
sufre aún, los zarpazos de la violencia
política. También al hermano país
de Colombia, que hoy se desangra.
E. C. G.
Por: Andrés Cloud
Elí Caruzo García (Tingo María 1963) es un escritor sumamente reservado, de múltiples oficios y pocas palabras, pero de largo alcance y solvencia narrativa. En su poco frondosa hoja de vida se registran sus inconclusos estudios de derecho en la UNHEVAL de Huánuco y de administración de empresas en la UNAS de su ciudad natal; su aproximación a la música como compositor de rock y baladas; su cercanía al ring de boxeo como diligente discípulo del boxeador Mauro Mina en su gimnasio Los Paujiles de Lima. También su dedicación la agricultura (productor de café y cacao en el sector de Pucayaku), su pasión por la lectura de autores universales (Faulkner, Heminway, García Márquez, Vargas Llosa) y su firme vocación por la literatura.
Su carrera literaria se inicia con la publicación del cuento El mejorero (Tercer premio) en el volumen colectivo El último recado y las narraciones ganadoras del Premio de Cuento Ciudad de Huánuco, 1998. Sin embargo, recién a partir del siglo XXI se suceden las ediciones y reediciones de los libros El mejorero y otros cuentos (2003), Flor silvestre (2011), La venganza del mejorero (2013). Su última entrega lo constituye el libro de relatos cortos, de corte infantil y de reminiscencias titulado La niña de los ojos pardos (2016).
Alternan en sus textos narraciones omniscientes y en primera y segunda persona, notas epistolares, diálogos puntuales y precisos y otros recursos narrativos, pero de preferencia monólogos internos y dirigidos a cargo de personajes que apremiados por circunstancias especiales, tienen mucho que decir en tono confidencial y quizá por única vez. Sin embargo lo más descollante del arte narrativa de Elí Cruzo son la versatilidad y el complejo andamiaje de sus historias que le confieran una atmósfera de tensión y expectativa que captura, aprisiona y encandila al lector. Con motivo de la primera edición de El mejorero y otros cuentos, puntualiza el extinto Oswaldo Reynoso: “Elí Caruzo, valiéndose de estructuras modernas y de un trabajo inteligente de leguaje que toma como referente algunos localismos, confiriéndole categoría literaria, nos presenta, pues, el mundo de una región. Elí, como muchos narradores provincianos, con su obra narrativa de corte moderno, está construyendo la imagen ficcional del Perú”.
Dentro de estos parámetros, destacan dos sobrios “cuentos” imprescindibles en la más exigente antología del género, ambos referidos a la subversión y la lucha antisubversiva en el Alto Huallaga en la década del 80,. Nos referimos al monólogo Yo sabía que los iban a matar y el relato Entre dos fuegos, respectivamente.
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El camarada Juan Manuel toma en arriendo un cuarto en la casa de una familia de agricultores (nunca paga el alquiler) y anuncia sin reparo alguno que, dentro de un tiempo, la guerrilla va aniquilar a todos de los miembros de una familia que conduce un restaurante por dos motivos: por soplones y por estar coludidos con la policía y los erradicadores de coca. Eso es evidente, pero sus verdaderas intenciones son: constatar in situ (reglaje) las actividades de sus benefactores para luego informar a los suyos y también aniquilarlos. El mensaje es soterrado por lo que es preferible callar, pues si los sentenciados a muerte desaparecen o se mudan a otra parte, los ejecutados serán los dueños de casa por soplones. A través del monólogo de un joven agricultor, propietario de una moto lineal y conocedor de sus vecinos (alter ego del autor), el relato empieza prácticamente por el final:
“Los mataron con cuchillo y con machete. Testigos fueron la noche, la colina que los separaba del caserío, la carretera y el puente; el río solo habría escuchado sus voces pidiendo clemencia y sus gritos cuando los degollaban”. (111) Cumplida su consigna desaparece el informante y Yo sabía que los iban a matar concluye con un alentador anuncio: “Uno de estos días voy a componer una canción. Desde hace un tiempo estoy con esa idea. Ha de ser una canción a la paz. Quizá alguien diga que soy un soñador, pero ¿por qué no puedo soñar con el día en que en el mundo florezcan la paz y el amor? Cuando las armas y la guerra se conviertan en tristes recuerdos, y que precisamente por ser tristes, merezcan ser olvidadas”. (117)
Profuso en descripciones, narraciones y diálogos que acreditan a un talentoso narrador, en Entre dos fuegos se da cuenta de los crímenes, vejámenes y muchas otras atrocidades cometidas por los subversivos comandados por Espartaco por un lado, y las fuerzas del orden al mando del Chacal (oficial del ejército) por otro, en los recónditos predios de Manchuria, Tamshi, Cachicoto, Ciruelo, Ramal de Aspuzana, El Olivar, Caimito, Yacusisa, Milano, Madremía, la carretera Marginal y un sinfín de pueblos y caseríos del Alto Huallaga. Ambos genocidas y sanguinarios dicen prácticamente lo mismo, pero cada cual a su modo y en su momento.
“Los hubieran matado a los tres juntos, pero ya que no lo hicieron, hay que llevarlos hasta Caimito. Allá los aniquilaremos en público para escarmiento de los soplones y sacavuelteros. Al miserable que han matado, déjenlo tirado en media carretera, dijo Espartaco”. (61)
“El Chacal escupió en el rostro de Marcelo (supuesto senderista) y murmuró algo ininteligible, después se sacó el pasamontañas y ordenó a Halcón que le alumbrara el rostro. Puso el pie derecho sobre el vientre de Marcelo y le dijo: Mírame a la cara malparido. Mírame, pues no volverás a verme sino en el infierno. Te di una oportunidad; no lo aprovechaste. Adiós”. (63).
Ayancocha, enero 19 del 2017.

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