EL SEMINARIO MAYOR SAN TEODORO

Escrito por Jacobo Ramirez Mayz

Cuando ingresé al Seminario Mayor San Teodoro, por el portón principal del jirón Dos de Mayo 815, tenía tan solo 15 años, y llevaba como equipaje mis pocas experiencias de vida. El ruido del portón de madera, que seguramente había oído cientos de frailes dominicos o sacerdotes de diferentes comunidades religiosas que ingresaron por ahí, me dio la bienvenida.

Contemplé la gruta en donde se posaba la imagen de la Virgen María, a un costado un árbol de mango. Mis pasos comenzaron a sonar por los pasillos que, adornados por arcos, hacían de ese espacio un lugar místico. El seminarista que me recibió en la puerta me ayudó a llevar una de las dos mochilas con las que había ido, y me invitó a ingresar al oratorio para rezar y dar gracias a Dios por un nuevo chiuchi que se entregaba a su servicio. Después me dirigió por un segundo patio, también lleno de arcos, a una habitación donde había tres camarotes y seis closets. Me indicó cuál iba a ser mi cama y dónde ubicar mi ropa.

Después me explicó con lujo de detalles todas las actividades en las que debía participar: clases, deportes y, sobre todo, oraciones. Fumaba desde los trece años, y estaba seguro de que ahora tendría que dejar ese vicio. Pero no fue así, porque, después de que me hice pata de un seminarista, salíamos escondidos a fumar en las noches debajo de las escaleras del colegio. Esas cosas y otras se las contaré detalladamente en mi libro Crónicas de un exseminarista.

Todos los días estaba dentro del horario rezar el Santo Rosario. En ese momento, los seminaristas, Rosario en mano (téngase en cuenta que Rosario es el nombre de una especie de collar con bolitas en donde se rezan padrenuestros y avemarías, y no es el nombre de una chica), dábamos, como mínimo, seis vueltas al patio. Algunas veces lo hacíamos de manera personal y otras grupalmente.

Escribo esto porque leí en las redes sociales que se está pensando derrumbar ese recinto, para construir allí un garaje, que, dicho sea de paso, es más rentable económicamente, y también porque supongo que algunas autoridades eclesiásticas lo ven como un elefante blanco, que solo les ocasiona gastos. 

Dice un refrán que, si el río suena, es porque piedras trae. Si eso fuera cierto, me pregunto qué está pasando por el cerebro de nuestras autoridades eclesiásticas, que no tienen ni una pisca de amor por la cultura y por el valor histórico que tiene ese recinto.

Y la pregunta del millón es para qué quieren más ingresos. ¿Acaso no les basta con los que tienen por el alquiler de un sinfín de oficinas y locales comerciales en lugares estratégicos en esta ciudad de los Caballeros del León? Según se puede notar, en este valle hermoso son pocos los sacerdotes, los dedos de la mano sobran, que hacen actividades sociales en favor de los más necesitados. Entonces, ¿a dónde va el dinero de alquileres, colegio particular y otros, teniendo en cuenta que, a diferencia de un ciudadano común y corriente, que gasta en comida para sus hijos, casa, agua, chelas de vez en cuando, cigarrillos, trampas, cenas, pasajes, etc., algunos de los que están al servicio de Dios no hacen eso? ¿Por qué quieren convertir un lugar histórico en un centro de ingresos económicos?

Creo que lo que deben hacer es arreglarlo y hacerlo funcionar como un museo o lugar turístico. Y es que, aun cuando no les dará el ingreso que sí les podría dar un garaje, les mostrará ante esta sociedad como personas cultas o, cuando menos, promotoras de la cultura. Y si esa idea diabólica persiste en sus cerebros, estoy pensando seriamente en ingresar a ese recinto para recoger mis pasos de los pasillos y pedir a esas paredes históricas que me devuelvan mis rezos.

La Pampas, 17 de noviembre de 2022

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