EL GATO QUE RECOMIENDA LIBROS

Por Arthur Chávez 

Sombra es un gato negro de pelaje brillante, apático hasta los tuétanos y que solo entra a mi habitación para comer o dormirse encima de los libros que están sobre el estante; solo él tiene ese único derecho. Cuando se levanta y ve que su plato está vacío, maúlla como si lo golpearan con palo, entonces uno debe ponerse de pie, abrir la bolsa de croquetas y derramar un poco en su recipiente. Come como si fuera el fin del mundo o su última vida y luego va hacia la puerta, si la encuentra cerrada, vuelve a maullar desesperadamente. Entonces, uno debe pararse, caminar hasta la bendita puerta y abrirla. Sombra siempre se va sin decir gracias ni adiós. Lo sé, es un gato engreído, pero es el único ser engreído al que soporto.

Sombra siempre al despertar de su siesta estira sus patitas, y al realizar ese trabajo corporal suele mover los libros que están debajo de él, lo que hace que algunos caigan sobre mi escritorio, generalmente ocurre cuando no estoy. Así, cada vez que entro a mi habitación, veo los libros que cayeron, los levanto y los vuelvo a colocar en su lugar. No obstante, hoy fue la primera vez que dicho suceso ocurrió en mi presencia. El sonido de los libros me sobresaltó y me hizo lanzar una inocente maldición que luego me sacó una leve carcajada: «Gato baboso» le dije. Me miró amenazante, como quien dice «¡y…!, ¿qué vas a hacer?», se giró y volvió a apoyar su cabeza sobre un libro, y cerró los ojos, muy fresco él.

La travesura de Sombra había dejado caer dos libros negros, que me llamaron la atención; dejé de teclear en la computadora y tomé primero el más pequeño. Estaba forrado, lo que significa que alguna vez lo presté. Desde niño, he tenido por ley no prestar mis libros y si por alguna extraña razón lo he hecho, siempre la condición era que lo forrasen. Tenía una de las esquinas del separador salida entre sus páginas, así que lo tomé y lo llevé a mi vista. «Madre, voy a ser poeta… Dios, has caído en desgracia» se leía grande en la cartulina. Leí la tapa del libro: La azul fisura. Rápidamente empecé a hojear el libro: agradecimientos al mecenas que permitió la publicación del libro, prólogo de Andrés Cloud, y luego… «Todas las cartas de amor son ridículas…», y luego Sylvia, y luego Intro-Spekcion, y luego Preludio a un pequeño Big Bang, y luego Déjà vu, y luego Lacrimosa… y luego… entro en cuenta de que estoy leyendo, quizás por primera vez en mi vida, un libro de poemas sin dejarlo a la primera. Lo coloco de nuevo sobre el escritorio por un instante para tomar el otro libro que también presenta un nombre no tan común: Agujeros negros. Al hojearlo encuentro, luego de la dedicatoria, los tres primeros versos de la Divina comedia en toscano que, por alguna coincidencia mística, también los tengo escritos en mi pizarra. A continuación el prólogo de Mario A. Malpartida Besada y luego arranca la “Sinfonía patética”: “6:17 Qué buena… está buenaza, Ismaelillo, recontra pura…”, y no sé cuánto tiempo transcurre, pero me doy cuenta de que «…Terminó la sinfonía patética» (así culmina el cuento) y tengo ganas de más cuentos.

Estoy a punto de empezar Réquiem por Angélica, pero el sonido de mi puerta y mamá anunciando que ya servirá el almuerzo me regresan al mundo real. Entonces dejo el libro sobre mi escritorio, me levanto y salgo (la voz de mamá es la ley). Durante el almuerzo se habla un poco de todo, pero de mi cabeza no sale la idea de que fue Sombra el que me recomendó aquellos dos libros.

 (La azul fisura. Alex Ginés

Agujeros negros. Juan Giles)

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