El bolso negro

Por Jacobo Ramirez Mayz

Sale de lo que algún día fue su cuarto, e ingresa a la sala silenciosamente. Observa las paredes vacías. En una de ellas hay solo un clavo del que cuelga el bolso negro. Se acerca, estira las manos y lo saca. Sabe que dentro de él está todo lo que le queda. Mira con detenimiento una de las paredes y, como si estuviera observándose en un espejo, se arregla los cabellos blancos, se pasa las manos por el rostro roído por las penas, se coloca los anteojos que tenía colgados de una cinta, cuelga el bolso negro en uno de sus hombros, abre la puerta y sale a la calle.

La bulla ensordecedora de los carros que pasan haciendo tocar sus bocinas ya no le importa. Camina despreocupada hasta una esquina, se detiene, observa a ambos lados y ve una gran cola de carros que están pasando. Sabe que le tomará algunos minutos el poder cruzar esa calle concurrida, pero no tiene prisa. Espera con paciencia, levanta la mirada al cielo, lo encuentra medio nublado. Se queda pensando en que tal vez llueva más tarde. Por fin, baja de la acera a la pista y oye el freno seco de un vehículo. Levanta la mirada y ve a un chofer asustado porque casi la ha atropellado. Hubiera sido lo mejor, piensa ella. Él da gracias a Dios por no haberlo hecho, y, sacando la cabeza por la ventana, le pide disculpas. Ella parece no haberlo oído, pero lo cierto es que se hace a la desentendida.

Sigue su ruta, recordando las tantas veces que caminó por esos lares. Sabe de memoria que cada calle tiene 120 pasos. Sin embargo, no está de ánimo para andar contándolos. Así llega a la calle más larga. No hay muchos vehículos, por lo que sin pensarlo dos veces la cruza. Por fin está en ese espacio verde adornado por árboles enormes. Se para en una de las barandas y observa el agua del río que corre sin prisa hacia el fin que será la mar.

Oye el sonido del agua mientras en su cerebro suena Sacrifice de Elton Jhon. Siente nostalgia. Sus ojos cansados se nublan, quiere llorar pero no debe. Camina un poco acongojada y llega hasta una banca vacía que está debajo de un árbol. Se sienta, pone el bolsón negro a un costado y lo mira con melancolía. Lo acaricia suavemente y sus dedos temblorosos levantan los botones. Lo abre y contempla su contenido. Observa una a una cada cosa y cada una de ellas le hace recordar momentos hermosos de su larga vida. Cierra los ojos. Ya no soporta más. En sus ojos ahora circulan unas lágrimas. Respira profundamente, porque sabe que hacerlo le ayudará a que sus lágrimas no correrán por los surcos de su rostro. Se le oye suspirar profundamente. Vuelve a abrir sus ojos y vuelve a mirar el bolso negro. Mete la mano con cuidado. Más al fondo está lo que adora. Pero, como si hubiera recibido una pinchada, saca la mano rápidamente. Sonríe, y vuelve a poner los botones donde corresponde y lo cierra. Pasa sus manitas arrugadas por encima del bolso, y lo acaricia como si fuera un bebé. Levanta su mano y la besa con ternura, como si besara la eternidad.

Se levanta, vuelve a colgar su bolso en su hombro y sigue caminando. Unos jóvenes que la ven acercarse se ponen a un costado, dándole espacio para que pase por la angosta vereda. Ella les responde la deferencia con una sonrisa forzada. Sigue oyendo el sonido del agua del río y recuerda una parte de un poema que alguna vez su maestra le enseño: … Magia sublime y sencilla lo frágil del aroma de una rosa y el color polícromo de las flores. Por el río corre, a veces mansa a veces brava, el agua, arrancando arpegios de arpa a los cantos rodados de su cauce… esencia y magia de uno mismo, es mirar correr el agua, de una fuente por el rio estando sentado a la orilla, mientras mansamente se nos va la vida. Lo declama recordando algunas partes, no le importa quién es el autor. Sube unas gradas e ingresa a un puente, camina y se pone en uno de los apartaderos con que cuenta el puente. Se recuesta sobre el pretil y observa el agua turbia que avanza hacia el infinito.

Recuerda una vez más a su profesora: el agua es vida, le dijo, sí es vida y ve cómo la vida se va sin rumbo y se lleva consigo todo lo que uno tiene. Quira el bolso de su hombro, se empina un poco, lo agarra con sus manos temblorosas de las dos asas, y lo deja caer a las aguas turbulentas. Se oye el sonido de algo muy pesado que cae al agua, y junto con ello caen unas lágrimas. El bolso es arrastrado y se pierde en el cauce, pero las lágrimas de la mujer flotan, como si no quisieran irse de ese espacio. Sus piernas tiemblan y poco a poco se doblan ante el dolor intenso que siente al ver perderse al bolso y, dentro de él, todo lo que le quedaba.

Las Pampas, 29 de setiembre de 2022

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