Después de un tiempo

Por Jacobo Ramírez Mays

Me balanceo en la hamaca, y aparece la imagen borrosa del hombre que conocí cuando tenía 39 años y él 89. Lo veo salir de un cuarto semioscuro, casi arrastrando sus pasos. Sus bigotes me parecen familiares. Se acerca, posa sus ojos sobre mi rostro, quiere tener una mirada penetrante; sin embargo, la siento como si fuera la mirada de alguien que quiere decirme muchas cosas, pero que prefiere callarlas. Yo también clavo mis ojos sobre su rostro y lo veo desgastado, roído. Imagino que quizá sus ojos, años atrás, habrían tenido fuerza y vitalidad, pero en ese momento eran pequeñas estrellas que estaban por apagarse en el firmamento de la vida. Su rostro lo tiene curtido por el tiempo, los surcos de su cara demuestran que había sufrido mucho y que estaba sufriendo. Sus labios se abrieron: «Hola», me dijo. Escuché su voz como si estuviera cansado de hablar con la soledad, el silencio, la noche, y sentí sus palabras como si taparan un hueco de mi mundo interno. Después de unos segundos, que fueron una eternidad, le respondí el saludo y le estiré mi mano para apretar la suya. Sentí las arrugas, la palma de su mano sudaba, esas manos que antaño habían labrado la tierra, jalado el gatillo de una escopeta para matar un venado, o habían jugado con el timón de un carro. Temblaban en esos momentos.

Nos sentamos en unas sillas bajo un foco que alumbraba poco y, en medio del silencio,  me habló mucho durante una hora y media. Me contó parte de su vida y yo veía mover sus labios. Había momentos en que me parecía que balbuceaba, pero no era eso, sino que el alcohol que yo había bebido distorsionaba su discurso. Después de que le escuché hablar y de haber dicho yo también algunas cosas, me despedí de él. Le di un abrazo y salí dejándolo sentado en esa silla solitaria y alumbrado por la tenue luz del foco. Así lo recuerdo hoy.

Al día siguiente estuvo en mi casa sentado con toda la familia, almorzando. Conversó con todos los presentes. Recuerdo que a mí no me dijo nada, solo pasaba su mirada cansada de rato en rato sobre todos los que estábamos ahí. Se despidió efusivamente después de una pequeña tertulia, y salió caminando lento.

Después de ese día, dos veces lo fui a visitar. Fueron conversaciones cortas, creo que hasta casi sin sentido. Ya nos estábamos haciendo amigos y conocidos, pero un día regresó a donde había pasado buen tiempo de su vida. Se fue sin despedirse, como lo hizo la primera vez, se fue a estar con los suyos y con quienes habían disfrutado de él los 39 años en que se mantuvo lejos de nosotros.

Dos años después nos llamaron para decirnos que se había marchado de este mundo. Se fue por segunda vez de nuestras vidas, pero esta vez sin retorno, aunque su cuerpo inerte regresó en un cajón brilloso.

Lo velaron por dos noches consecutivas y después de una misa de cuerpo presente y alma ausente, se fue a descansar al campo santo de Santa María de Valle. En donde después de escuchar unos discursos lo pusieron dos metros bajo tierra y se quedó ahí solo, como siempre ha estado en este mundo, con sus ojos cerrados, sin sentir dolor, con sus manos cruzadas y con una sonrisa en sus labios como quien decía que valió la pena vivir.

Hoy, recostado en mi hamaca no sé por qué lo recuerdo. Será tal vez porque en este mes es su cumpleaños o porque en este mes se marchó para siempre.

Las Pampas, 14 de abril de 2022