Conclusiones desde mi izquierda

Andrei Domínguez
Ha culminado el proceso de elecciones congresales extraordinarias con algunos resultados sorprendentes, como el avance del Frepap, y otros relativamente predecibles, como el “desplome” de Solidaridad Nacional y el Apra.
Con los resultados en proceso de cierre, me gustaría realizar una autoevaluación de la campaña de la izquierda huanuqueña, principalmente de la izquierda a la que considero que pertenezco, progresista y humanista.
Respecto a los partidos con mayor votación o ganadores, encontramos a Acción Popular, largamente vencedor de los comicios con dos representantes, Alianza Para el Progreso, con la tercera representante por Huánuco y el sorprendente Frepap, muy cerca de los primeros, aunque sin representación.
Como es lógico, en una campaña corta, sin discursos disruptivos y en ausencia de líderes fuertes o carismáticos, quien mayor éxito tiene es quien consigue llevar más lejos su publicidad y, en este caso como resulta evidente, el material publicitario de los tres nuevos congresistas tenía una mayor cobertura que el resto de participantes.
Entiendo, desde mi perspectiva, que la izquierda popular está ocupada por cuatro partidos: Democracia directa, Unión por el Perú (vientre de alquiler actual de Antauro Humala), Juntos por el Perú (con Verónica Mendoza), el Frente Amplio (con Marco Arana) y Perú Libre (con Vladimir Cerrón). Entre todos estos partidos “matemáticamente” se hubiese podido sumar 25.89 %[1]. Sin embargo, la política no es una ciencia pura y 1 + 1 no siempre es 2. Buscar una unidad, como quedó demostrado al inicio de la campaña, entre partidos de izquierda progresista y partidos de corte autoritario, nacionalista o conservadores puede llevar a perder votos y liderazgo más que a sumarlos.
Desde la izquierda progresista, donde considero que estoy, tengo que reconocer una serie de errores. Es usual en estos días poselectorales ver un conjunto de publicaciones que no hacen sino denigrar y calificar de ignorancia la decisión del pueblo. Yo discrepo, y aunque ello no significa que esté de acuerdo con todas las decisiones de la población, creo que un espíritu verdaderamente democrático es aceptar esta decisión y repensar qué nos llevó a ello. Culpar al pueblo de la votación no aporta nada e identifica culpables fuera de la organización, renunciado a repensar las estructuras internas del partido y la propuesta político electoral.
En esta ruta, desde mi participación en primera línea en esta campaña, debo reconocer un conjunto de errores y limitaciones. La primera, y ella me incluye, es la desconexión de la izquierda con las bases populares. Cada vez nuestros candidatos son más citadinos cuya actividad profesional está muy lejos de las poblaciones más pobres de nuestra región. Asimismo, carecemos de organización que soporte a los candidatos, que permita extender las redes de comunicación y fortalezca la publicidad de boca a boca.
Postular en la izquierda es lidiar con conflictos internos permanentemente, conflictos que desgastan, tensan las relaciones internas y generan que nuestros candidatos sean los últimos en conseguir su inscripción. Sin dinero, sin tiempo y sin redes de contacto y difusión todo éxito quedará a la voluntad del azar, a una eliminación del candidato favorito o aferrarse y cegarse ante un oportunista popular.
Las elecciones dejan en evidencia dos elementos en la izquierda: la incapacidad de trabajar un proyecto colectivo, de renunciar a nuestros propios intereses, o de apostar por esa vieja utopía de la unidad de la izquierda. El segundo elemento me parece más difícil de saldar. Hoy podemos calificar de izquierda a un conjunto de movimientos con visiones diferentes del país. Algunos con proyectos autoritarios, otros con posiciones conservadoras en lo social y otras con posiciones más progresistas, feministas (o liberales señalarían nuestros detractores). Con un solo discurso común: al país hay que reformarlo y modificar las estructuras de poder vigentes para que las clases populares sean el objeto de protección de nuestro Estado. El problema es que aún tenemos problemas para definir a las “clases populares” y el mecanismo de reforma.
Pero utopía no es quimera, y creo que los partidos de izquierda democrática debemos pensar seriamente en unir nuestros caminos de cara a las elecciones de 2021. Lo segundo es recorrer nuestra región, es necesario construir partido, con bases reales, cercanas a la gente y, sobre todo, con un diálogo permanente con las poblaciones.
Dialogar es reconocer la existencia del otro, entender que detrás de su voz hay un mundo y sus necesidades. Necesidades que debemos empezar a resolver, pero que primero deben ser escuchadas, a través de una organización real que se extienda sobre toda nuestra región.

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