Con el cerebro entre las piernas

Jorge Farid Gabino González

 A pocos días para que la Comisión de Constitución del Congreso debata el proyecto de ley del Ejecutivo que busca la paridad y la alternancia de género en las listas de candidatos al Parlamento y a los gobiernos regionales y municipales, así como también que las elecciones internas de los partidos políticos sean abiertas y obligatorias para todos los ciudadanos, y más allá de que haya trascendido que el predictamen elaborado por la referida comisión estaría alterando sustantivamente lo propuesto por el Gobierno, se hace necesario sopesar las posibles consecuencias negativas que, de aprobarse tal cual la iniciativa legislativa del Ejecutivo (sobre todo en lo que toca a la paridad y la alternancia de género), podría llegar a tener, paradojas de la vida, para la lucha en favor de la igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres.

Lo primero que cabría decir al respecto, y que no es poca cosa, es que el susodicho proyecto de ley, antes de sumar en favor de la consecución de la tan mentada equidad entre ambos sexos, lo que parece que acabará haciendo es, más bien, causarle un tremendo perjuicio. Ello por la simple y evidente razón de que, al exigirse la presencia de un 50 % de mujeres y un 50 % de hombres en las listas de candidatos a algunos de nuestros más altos cargos públicos, lo que se estará haciendo en realidad es poner al sexo por encima (muy por encima, a decir verdad) de la idoneidad, de la aptitud, de la competencia. Cualidades fundamentales que debería poseer toda persona que aspire a ocupar cargos públicos, incluso tratándose de nuestro país, que no destaca precisamente por contar entre sus autoridades a individuos que tengan a la inteligencia como una de sus principales virtudes.

Así las cosas, el panorama, por supuesto, se torna sombrío. Pues imaginemos lo que sucedería si un determinado partido político, que, por los motivos que fuesen, no hubiera podido reclutar entre sus filas de candidatos a hombres o mujeres idóneos, esto es, lo suficientemente preparados para asumir la responsabilidad de representar a sus conciudadanos con altura, con capacidad, con suficiencia, tuviese que “completar” el porcentaje requerido de unos u otras echando mano del primer advenedizo o advenediza que pasara por la puerta, solo porque así lo estipulara la ley, solo porque así lo exigiera la norma. Absurdo total se lo mire por donde se lo mire. Y ni qué decir de lo que nos tocaría a los electores, que como imbéciles acudiríamos a las urnas a elegir a quienes no solo no nos representarían, sino que, encima, una vez electos, se jactarían de ser autoridades verdaderamente “representativas”. ¡El acabose! 

No en vano una de las mayores desgracias de nuestra catastrófica política peruana, es precisamente que un enorme porcentaje de quienes participan en ella son gentes ineptas, individuos que ignoran olímpicamente donde tienen las narices, personas a las que un golpe de suerte (o de mala suerte, dependiendo del ángulo desde donde se mire) lleva al poder, por el que casi sobra decir que terminan pasando sin pena ni gloria; dejándonos, las más de las veces, muchísimo más jodidos de lo que nos encontraron cuando tuvimos el infortunio de que entraran a gobernarnos.   

Otro aspecto a tener en cuenta es el de la flagrante inconstitucionalidad que revestiría al proyecto de ley en cuestión, ya que iría en clara oposición de nuestra Carta Magna, en el sentido de que contravendría aquel principio por todos reconocido de que los peruanos tenemos “el derecho de ser elegidos y de elegir libremente a [nuestros] representantes”. Pues nos impondría la elección de cierto número de hombres y de mujeres, el mismo que por lógicas razones no tendría por qué ser necesariamente el mismo por el que nos gustaría votar. Ya que, por poner un ejemplo simple pero ilustrativo, a la electora X le podría apetecer votar por solo por varones; de la misma forma que el elector Y podría querer votar solo por mujeres. Que gustos, gustos son.

Jamás nos cansaremos de repetir que todo esfuerzo por lograr la igualdad de derechos, de oportunidades, entre hombres y mujeres siempre será bienvenido. Pero de ahí a tener que aceptar las demagogias en las que incurren ciertos abanderados y abanderadas de la defensa de las mujeres, hay un verdadero abismo. Que la aptitud de las personas no se mide por lo que tengan entre las piernas, ni tampoco, claro, por lo que hagan o dejen de hacer con lo que lleven entre estas. Lástima que haya quienes no sean capaces de entenderlo de esa manera. Una verdadera lástima, en realidad. Pero hay que comprenderlos, que no tienen la culpa de haber nacido así. No ha de ser nada fácil, carajo, vivir con el cerebro entre las piernas. Empatía, señores. Empatía.