Como si el asunto no fuese con nosotros

Jorge Farid Gabino González

Escritor, articulista, profesor de Lengua y Literatura

Puede que el peruano promedio sea dado básicamente a la observación, es decir, a la mera contemplación, esto es, a la contemplación sin más, a la contemplación que para los efectos bien haríamos en calificar de trivial; puede que para ese peruano promedio de que se habla no revista la más mínima importancia, de hecho, el involucrarse en asuntos que en principio no solo no son de su directa competencia, sino que además tampoco le despiertan ningún tipo de interés, por más, claro está, que a los ojos del resto de la gente debería ser más bien al contrario; puede, bien vistas las cosas, que la inexplicable propensión de ese altísimo número de peruanos de que se trata a preferir no inmiscuirse en nada que no los afecte directamente, a pesar de que “eso” que en apariencia no los estaría perjudicando como ellos creen estuviera en realidad afectándolos colateralmente, se deba sobre todo a esa suerte de inveterada tendencia nuestra a bailar, como reza la frase de marras, con nuestro propio pañuelo; puede, a decir verdad, que todas y cada una de las suposiciones realizadas antes sean finalmente ciertas para desgracia nuestra; pero, con todo y con eso, nada, ni siquiera ese inmovilismo congénito que parece ser el nuestro, justifica ni por asomo el que los peruanos, a pesar de las innumerables pruebas que obran en poder de la Fiscalía, pruebas que más temprano que tarde acabarán demostrando los altísimos niveles de corrupción en que se encuentra sumido este gobierno, continuemos aún como si aquí no pasara nada. Como si el asunto no fuese con nosotros.

Pero ¿será, acaso, que hubo un tiempo en que las cosas no fueron así, un tiempo en que los peruanos éramos capaces de ver más allá de nuestras narices, de comprender sobre todo que existe muchísimo más que nuestra a menudo escandalosa cortedad de miras? ¿Será, quizá, que hubo alguna vez un estadio, de los muchos por los que hemos atravesado a lo largo de los años, en que además de velar solo por nuestros propios mezquinos intereses, nos ocupábamos también de salvaguardar los del conjunto, los de la comunidad, esa misma comunidad de la que por lo demás todos formamos parte a fin de cuentas? Pues las evidencias apuntan a que, si ese momento realmente existió, si no fue una más de las muchas idealizadas patrañas con que desde la época de los cronistas de indias nos han venido metiendo el dedo a la boca con total y absoluto desparpajo, ya terminó hace tiempo. Porque ¿de qué otra manera entender, si no, el que teniendo la oportunidad de obrar con arreglo a lo que establecen el sentido común y la justicia, hagamos exactamente lo opuesto, esto es, defendamos lo indefendible, justifiquemos lo injustificable, perdonemos lo imperdonable?

Y es que ya no solo se trata, como en memorables ocasiones anteriores, de que nos sentemos a esperar que todos los problemas ocasionados por nuestra clase política a cargo del Ejecutivo los solucionen desde el Congreso, mandando, por ejemplo, a su casa al presidente y convocando, de ser el caso, a nuevas elecciones generales. Que echarle, y con justa razón, la culpa de la crisis al Legislativo, por no haber sido capaz hasta ahora de ponerle un alto a la sucesión de bellaquerías cometidas por el Gobierno, es una tentación bastante difícil de rechazar, hay que decirlo. Pero de allí a tener el desparpajo de pretender que la enorme crisis institucional y política en que nos encontramos inmersos se solucione únicamente con opinioncitas colgadas en la web, con posturitas difundidas a través de la ubicuidad de las redes sociales, con protestitas maricas realizadas solo para salir en los medios, para aparecer en las fotos, hay un verdadero e insalvable abismo. El asunto pasa, desde luego, por muchísimo más que eso.

Que el ser incapaces, soberanamente incapaces, de tomar la determinación de mandar a su casa al impresentable que ya todos sabemos, no hace a los congresistas peores que nosotros. Nos hace iguales. Nos pone ni más ni menos que al mismísimo ridículo nivel de infamia. Y esto es algo que, si no nos está preocupando ya, debería comenzar a hacerlo. Las razones son bastante simples. Aquí algunas de ellas: si los peruanos nos hacemos completamente incapaces de reaccionar ante tanta inmundicia que día a día va saliendo a la luz respecto de este Gobierno, no habrá de pasar mucho tiempo para que ya nada, absolutamente nada, nos sorprenda. Estado de cosas este en el que, como resultará predecible, los gobernantes de turno aprovecharán para hacer, para continuar haciendo, con el país lo que les dé su reverenda gana. Al punto de que, si en algún momento alguien llegara, en un arrebato de lucidez, a pronunciarse en contra de lo que esté sucediendo, las grandes masas, las masas en su conjunto, se levantarán para acallar a la voz disidente. Para proclamar al unísono, cual si de una conocida novela se tratara, que aquí se hace lo que ellos obedecen.     

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