CHOLO SOY Y NO ME COMPADEZCAS

Por Arlindo Luciano Guillermo

Soy hijo de inmigrantes. Ayancocha (Ambo) y Garanaco (Margos). Desciendo, como mis hermanos, de un ayancochano y una margosina. 

Ellos no nacieron en el Hospital Regional Hermilio Valdizán ni fueron atendidos en el parto por una obstetra o ginecólogo; yo sí, por la obstetra Bertha Reyes, en casa, el sexto día de mayo, con apagón. 

Mis abuelas, mujeres menudas, jefes de familia, como la Úrsula Iguarán de Cien años de soledad, trabajadoras como hormiga o abeja obrera; nunca estaban quietas, sino en eterno movimiento. Eran más fuertes que el roble, de un solo pujo salieron los que serían mis padres a mediados del siglo XX. Viudas, monógamas, respetuosas del marido ausente, pero siempre adelante, optimistas, sonrientes, sin recular ni quejarse de la vida ni de las adversidades. Yo nací en el barrio de San Pedro. Me enorgullece ser hijos de padres que no habían nacido en la ciudad de Huánuco, que llegaron niños para abrirse camino y progresar. En esos años, la palabra “shucuy” o “shocona” era un agravio mayúsculo y una muestra evidente de discriminación y exclusión social y cultural. Hoy decimos “hola, compadre shucuy, qué tal”. El interlocutor lo toma como un saludo fraterno, sin prejuicio ni perversidad de antaño. El racismo es tan abominable como el feminicidio o la absurda creencia de que existen ciudadanos superiores e inferiores.     

“El que no tiene de inga tiene de mandinga”. Es una frase que tiene connotación mestiza: indio más negro; se le atribuye a Ricardo Palma. En “Blasón”, soneto endecasílabo, un espécimen de la poesía modernista, José Santos Chocano escribe: “La sangre es española e incaico es el latido; / y de no ser poeta, quizá yo hubiera sido / un blanco aventurero o un indio emperador”. Sin duda, mestizaje: español conquistador más indio incaico. Así surgen, tempranamente, en el Perú, dos mestizos emblemáticos: Garcilaso de la Vega (hijo del capitán Garcilaso de la Vega y de la ñusta Isabel Chimpu Ocllo, del linaje de Huayna Cápac) y Francisca Pizarro (hija de Francisco Pizarro e Inés Huaylas Yupanqui). ¿Alguien de nosotros, después de 1532, es étnica, genética y culturalmente purísima e inmaculada? Mi amigo Omar Majino Gargate está casado con Rosa Fú Ramírez; procrearon a Valentino Majino Fú. El castellano del siglo XVI (que no necesariamente es del poeta toledano Garcilaso de la Vega, Miguel de Cervantes, Calderón de la Barca, Lope de Vega, Góngora o Baltazar Gracián) se mezcló con las lenguas nativas o aborígenes; muchas de estas extintas para siempre, pero superviven en apellidos como Yaipén, Chanamé, Yarlequé o Sernaqué. El quechua, el aymara, el jaqaru, el cauqui y las lenguas nativas en la Amazonía siguen vivos, vigentes, con hablantes, aunque “marginales”, pero oficiales según el artículo 48 de la Constitución del 93.

El Perú es un país multilingüe y pluricultural ¿Acaso creemos que solo son peruanos los que viven en la ciudad? ¿Y los de las zonas rurales altoandinas, de las fronteras y los de las comunidades nativas de Puerto Inca? El término “raza” es un anacronismo virreinal, un arcaísmo que insulta a la dignidad y a la democracia, que ha malparido al racismo frontal, sistemático y excluyente. En teoría, “está extinto” porque así lo dice la ley, pero en la vida cotidiana y en los actos es posible escuchar frases como “indio de mierda”, “negro del demonio”, “tiene plata, pero no se le quita lo indio”, “chola huachafa y atorrante”, “cholo con plata, pero sin clase”. El choleo malintencionado y discriminador es un deporte nacional. A mí alguna vez me dijeron, con rabia y frustración, “indio tenías que ser” o “´profesorcito de mierda”. Como no es verdad, lo ignoré sin responder.    

La presidenta del Congreso (esa institución con bajísima aprobación) profirió un discurso infeliz y retrógrada: “Un Congreso para todos, para blancos e indios unidos”. No es ignorancia, no es analfabetismo intelectual, sino una actitud y un pensamiento fijo e inconsciente. En democracia es entendible con tolerancia exponencial, pero rebatible y cuestionable, con espíritu crítico y argumentación, sin echar más leña al fuego. Creer en el discurso de la lucha de clases, proletariado en pugna irreconciliable contra la burguesía o discriminación de blancos e indios, negros y blancos es una grosera obsolescencia. La ley es horizontal, aunque a veces letra muerta y ganancia de pescadores. Soy “cholo terco” (es decir, defiendo lo mío con argumento hasta el final) o “cholo power” (o sea trabajador y con reinvención permanente porque sé que del cielo no caen monedas ni prendo velas a los santos) Así que eso de “blancos e indios” no es más que frase espetada por un ebrio terminal y enajenado. Si en la publicidad hay sexismo, cosificación de la mujer, admiración por la corpulencia del varón y estereotipos con ojos verdes, tez blanca como la nieve no es evidencia de racismo, sino que predomina el interés económico y comercial. Los que no somos así no tenemos por qué sentirnos más ni menos.   

No soy indio ni blanco, sino ciudadano que actúa sin prejuicio, ni tabúes ni estupideces. Haber nacido en Huánuco, es un accidente del destino, pero igual viviría en Llata, Barcelona, Lima, Buenos Aires o en La Habana. No soy nacionalista, sino un patriota que respeta la opinión discrepante, valora la cultura y tradición y convive con la diversidad y la pluralidad ideológica. Que el presidente del Perú sea profesor de primaria no garantiza la mejora de la educación ni el cierre de brechas de infraestructura; qué economistas, como Toledo y Kuczynski, hayan sido presidentes de la república no contribuyó con el desarrollo económico. ¿Ha desaparecido la pobreza o ha mejorado el empleo? La cuestión no es la profesión, sino la eficiencia, integridad moral y vocación de servicio. Se celebra el Día del Campesino (y no del indio) el 24 de junio desde la reforma agraria de Juan Velasco. Tenemos que entender, democráticamente, que la homogeneidad cultural, política, social y étnica es una utopía. Esto es una ideología nacionalista peligrosa que genera polarización, exclusión social y conflictos sociales beligerantes. Creo que es necesario releer “El problema del indio” de Mariátegui, “Nuestros indios” de González Prada, Buscando un inca de Alberto Flores Galindo o la novela Todas las sangres de José María Arguedas.   Estamos a tiempo para contrarrestar las “taras culturales” (por ejemplo, el racismo rancio y trasnochado) antes de que estas instalen su reino pernicioso y devastador en la educación, la vida cotidiana, el discurso político y las actitudes ciudadanas y se alojen, como un Covid-19, en las instituciones.