Bonum Trinus*

Por: Jacobo Ramírez Mays
«Señores pasajeros, por favor aseguren sus cinturones, en breves momentos estaremos tomado vuelo con destino a Madrid». Se escucha por el altavoz del avión. Obedezco, no pongo mi cara de amargado y, mientras lo hago, escucho que las turbinas del avión comienzan a sonar con más fuerza. Son las 7: 30 de la noche, hora local.
Poco a poco, el ave gigante que lleva aproximadamente trescientos pasajeros en su interior, comienza a subir. Veo a mi amigo que disimuladamente se persigna. Hago lo mismo, por si acaso. Por la ventana observo a la cuidad de Lima llena de lucecitas, parece un nacimiento gigante y por fin entiendo eso que decía mi tía Bernita «Desde arriba se ven mejor las cosas».
Ya en los aires, observo en una pantalla el mapa guía. Nos queda aproximadamente 10 horas de viaje. Sé que me voy a aburrir y ruego al destino para no estresarme. En eso, me acuerdo de lo que me contó mi tía cuando regresó de Jerusalén, trayéndose un poco de tierra de donde Jesús se había caído por tercera vez y un pedazo de la cruz de Cristo. «Sabes ―me dijo en esa oportunidad―, cuando alguna vez viajes, observa la ventana del avión, ella es ovalada, y, como no tiene esquinas, va a hacer que tu estrés disminuya». Fue momento de poner en práctica su recomendación y, efectivamente, cada vez que observaba la ventana, me olvidaba de todo y pensaba en el país del primer mundo.
«Señores pasajeros, ajústense los cinturones, estamos entrando a una zona de turbulencia», dice una voz, primero en español y luego en inglés. Le digo a mi amigo que no entiendo lo que dice, se ríe y me contesta: «Cuando estés en medio del Atlántico como comida de tiburones, entenderás todo». Entonces me asusto y aprieto con fuerza el cinturón, y mi barriga suena. Sentado, levanto la persiana de la ventana y observo la noche en toda su dimensión. Pienso en que si el avión se cayera, de qué me serviría este cinturoncito ajustando mi panza; será para que encuentren mi cuerpo porque mi cabeza y demás extremidades dudo que se mantenga en su lugar. Observo el mapa de recorrido y me informo de que estamos volando a 956 kilómetros por hora y de que la temperatura exterior es de 60 grados bajo cero.
«Cómo sería sacar mi pequeña cabeza por esa ventana y ponerla en la intemperie ―pienso―, seguramente se congelaría en menos de un segundo y solo así mis malos pensamientos se enfriarían y todos dirían que he muerto como siempre he vivido, con la cabeza fría».
Veo el tiempo del viaje: cuatro horas con cuarenta y tres minutos. «Pucha, falta como siete horas y ya se terminaron mis malos y buenos pensamientos», me digo.
Horas después, prendo la pantalla y escojo la película Hasta el último hombre de Mel Gibson, y me pongo a verla. Después de dos horas y media aproximadamente, regreso a mi realidad. Observo a mi amigo, quien ronca disimuladamente. Veo mi reloj, son las dos y media de la mañana y el avión está en medio del Atlántico. Solo faltan cinco horas. Saco el poemario Zafra, que Gonzalo Espino Relucé me había obsequiado en Lima, leo unos poemas y me quedo pensando en estos versos «…nadie nos obliga a amar los sueños silenciosos / que posaron íntimos en el trazo de un viaje sin destino / y nos descubre en el rincón de esta crisis…»; guardo el libro, me duermo.
Me hacen despertar para servirme el almuerzo, ¿cómo?, me digo, veo mi reloj y son las seis, pero en la pantalla del avión son las doce del mediodía. Después de llenar mi buche, cabeceo un poco; cuando me despierto, el avión está aterrizando en el aeropuerto de Barajas, en Madrid, siendo las dos y media de la tarde.
Quiero bajar del avión y besar el piso, y es entonces cuando recuerdo las palabras de mi madre, mi esposa, mis hijos y hermanos cuando me despidieron: «Que tengas un buen viaje»; y, desde esa parte del mundo nuevo para mí, les dije que así fue.
Las Pampas, 04 de mayo de 2017
*Buen viaje