APRENDIZAJES INDISPENSABLES

Por: Arlindo Luciano Guillermo
Una reflexión necesaria en el Buen Inicio del Año Escolar. En la vida hay aprendizajes y habilidades sin los cuales estamos condenados a vivir como piedras, hongos o, simplemente, como espectadores, sin acción, inutilizados por la incompetencia, esperando que otros resuelvan los problemas. No está en cuestión la infraestructura (moderna o precaria, a punto de colapsar) o el desempeño docente, sino, fundamentalmente, qué deben aprender para la vida diaria, con desafíos y problemas inacabables, los estudiantes de aquí y de allá, de zonas rurales y urbanas, de la capital y de los distritos y centros poblados.
Los aprendizajes indispensables son los que sirven al ciudadano educado durante los 11 años de EBR y los 3, 5 o más en el instituto o la universidad. Sin estos aprendizajes indispensables, el riesgo de un ciudadano sin habilidades, actitudes ni competencias en la sociedad es grande: no trabajará en equipo, no tomará decisiones firmes y oportunas, vivirá bajo el imperio y dominio de miedos, fobias, prejuicios e insensibilidad por lo que ve y necesita el prójimo. Las habilidades comunicativas (hablar, escuchar, leer e interpretar) abren las puertas para un trabajo, una relación sentimental, una concertación en medio de conflictos, una gestión rápida en la administración pública y privada.
Los estudiantes van a la institución educativa para aprender; los docentes, para enseñar con el mayor esmero, con la mejor estrategia didáctica, con invalorable compromiso profesional, afecto pedagógico y una paciencia de San Francisco de Asís y Madre Teresa de Calcuta. Vivimos en una sociedad donde hay que aprovechar oportunidades con habilidades, aptitudes profesionales y empíricas. Un comerciante exitoso no necesita una maestría en finanzas para incrementar sus utilidades. En una sociedad meritocrática, sí hay que estudiar constantemente. La renovación e innovación del conocimiento científico son necesidades impostergables. La lectura interpretativa juega el rol decisivo. Ninguna maestría ni doctorado se logran sin leer ni indagar las profundidades de la información y de los libros.
Aprender a conocer implica conocerse a sí mismo, a los demás y el entorno sociocultural donde vivimos. Quien reconoce lo que es actúa con responsabilidad de lo que hace, piensa y es capaz de hacer. Nadie ama lo que no conoce. Se aman las tradiciones, la historia, la cultura y las tradiciones desde el vientre materno, reciben influencia de la familia, la escuela y la sociedad se encarga de desafiar con otras manifestaciones culturales. Un ciudadano se compromete más con el destino histórico del pueblo que lo vio nacer cuando más lo ama y conoce el contexto social. Aprender a hacer es convertir, con inteligencia y por necesidad, el conocimiento teórico en práctica para resolver problemas. El viejo materialismo histórico decía: “El mejor criterio de verdad es la práctica”. Una teoría que no resuelve problemas es inútil. El hacer es actuar para obtener resultados. Leer es comprender argumentos, contenidos, intención, mensaje periférico y sutil y tono del lenguaje. Aprender a vivir juntos es aceptar a los demás tal como son a pesar de las diferencias. La convivencia democrática garantiza el respeto racional. Nadie piensa igual que otro. La tolerancia con las ideas discrepantes pone en prueba la inteligencia emocional y la aceptación de la pluralidad cultural y lingüística. El insulto revela impotencia, intolerancia y carencia total de argumentos. Una sociedad intolerante, homofóbica y racista es una bomba de tiempo. Aprender a ser conduce a la construcción y sostenibilidad de la identidad personal y social. Somos ciudadanos únicos, irrepetibles, cosmopolitas, complejos, con defectos, virtudes y enmiendas; con autoestima, dignidad y honor respetables. La alienación, la transgresión de normas y la viveza para sobrevivir perturban al ciudadano cuando no hay la “capacidad de ser”. Estos son los aprendizajes indispensables que debemos fomentar en la escuela con el buen desempeño del docente y la colaboración de los padres de familia.
El aprendizaje es constante, nunca se deja de aprender. Después de la escuela o la universidad el ciudadano “aprende a aprender” sin docente ni evaluaciones periódicas. En el mercado laboral, cada quien se defiende con lo que sabe, conoce y con los instrumentos que maneja. El “saber omnisciente” hoy es una utopía. La especialización resuelve problemas específicos con efectividad, sin postergar otras ciencias ni lenguajes científicos.
Si no promovemos el aprendizaje por competencias, los estudiantes sabrán mucho, tendrán la cabeza llena de conocimientos científicos y empíricos sin utilidad para resolver problemas cotidianos y enfrentar la vida diaria (a veces dura, con desafíos) con actitud para salir de la adversidad y mantenerse de pie. El objetivo de la educación no es el ingreso en la universidad. ¿Cuántos jóvenes no ingresan en la universidad? No hay que perder el tiempo, saliva ni hígado haciendo memorizar lecciones escritas en la pizarra o impresas en el cuaderno, teorías estratosféricas, separatas enciclopédicas y bibliografía esotérica. No es lo mismo repetir que decir, con lenguaje personal, lo que hemos entendido, lo que pensamos y sentimos y, si fuera posible, descifrar y refutar argumentos que reflejará pensamiento crítico y legítima y responsable libertad de expresión, la columna vertebral de la democracia.
El conocimiento adquirido tiene que ser útil, efectivo, tiene que convertirse en práctica cotidiana para resolver problemas. La educación, cuando es de calidad, sirve al ciudadano para transitar por el mundo competitivo, plural, complejo, avasallado por el consumismo, la banalización de la cultura, la cosificación de los sentimientos y cambios brutales y constantes en la ciencia y la tecnología. La educación de ayer no sirve para los retos de hoy.