ANTES DEL OLVIDO

Por Israel Tolentino

Gerardo Chávez López (Trujillo, 16 de noviembre 1937) con certeza escribió “Antes del olvido”, libro que bien podría ostentar el pegajoso título de “Chávez al desnudo” pero, ha preferido ese poético y sincero nombre. La primera presentación se realizó en el Museo de Arte de Lima (MALI) le acompañaron Alfredo Bryce Echenique, Fernando Ampuero y María Laura Hernández. Con motivo del Hay festival de Arequipa se volvió a presentar, en una amena conversación entre el autor, su hijo Gerardo Amador y Miguel Cordero como anfitrión.

“Coco” Guzmán y Gerardo Chávez.

Un joven de pelo largo, recién llegado, se aloja en una habitación del ático con ventana al río Tíber, al puente Sisto; una cama, mesita, baño compartido, estufa, abajo el ruido de los comerciantes. Mira el enmarañado de juncos que crecen en las orillas, sale y camina por la alameda silenciosa, lleva entre sus brazos un par de cuadros “La vaca” y “Los caballos” (No tiene nada que perder se dice) viene de una tierra donde ser surrealista es pan del día, más allá de una forma territorial, un modo de ser, sus ancestros han animado la naturaleza. En la América hispana se es surrealista desde antes de nacer. Pasa una señora con su perro, este se acerca al extraño, le olfatea y sigue su paso, la dueña le mira y se detiene en los cuadros agarrados férreamente en el brazo izquierdo, le dice “scusi”. La ciudad es vieja, con historias en cada esquina. Latinoamérica revolucionaria está de moda.

En la galería, le espera la muda que los dioses moches le tienen aguardando desde cientos de años, el encuentro con el personaje querido que le cambiará el destino, le guiará cual Virgilio a Dante: Roberto Matta. Él le pregunta sobre los Cantos de Maldodor; no lo ha leído responde, desconoce que el Conde de Lautreamont nació en Uruguay (“Para no ser reconocido, el arcángel había tomado la forma de un cangrejo paguro, grande como una vicuña”).  Así como a César Moro, fallecido en Lima. Más tarde, conocería al poeta Emilio Adolfo Westphalen, amigo íntimo de Moro.  En arte nada es casualidad. Como el dios Jano, dice Carlos Fuentes recordando a Alfonso Reyes: seamos generosamente universales para ser provechosamente nacionales, no se pueden separar las dos cosas. Roma es una provincia, le dice Matta.

Raúl y Sebastian Chuquimia con Gerardo Chávez en el HAY de Arequipa.

Ahora camina por París, a orillas del Sena, ávido de luz para sus ojos negros, amigo de Wilfredo Lam y Alberto Guzmán. Encuentra a Víctor Humareda, quien anda buscando a Toulouse Lautrec. Chávez se reconoce en esa ciudad, ubica su taller en Montparnasse cerca al cementerio donde reposa César Vallejo.

En el festival HAY de Arequipa: Gerardo Amador, Gerardo Chávez y Miguel Cordero.

El río es el alimento de las ciudades y del artista, sus orillas le llevan y traen, cuantos condiscípulos han perecido en sus remolinos, ahogados en sus orillas, bebido influencias sin control. El río es una línea de tiempo, inscrita en la mano, donde el artista, otra vez Carlos Fuentes: debe reconocerse en una tradición para no perderse en otros laberintos… en una falsa modernidad, en la copia espuria. Chávez es venido de una geografía de mar, costa, sierra y selva, el agua es su viento, en respuesta crea una fabulosa serie bautizada: La metamorfosis del agua.

La amistad es algo vital en este trayecto de esquivas lealtades, Gerardo tiene en “Coco” Guzmán, sobrino de su entrañable amigo Alberto, a alguien que le recuerda su vida de perenne fabulación. Tiene el encuentro fiel con su hermano artista, presencia de colores, como en el museo del juguete “Angelmira”; el hallazgo con el monigote amuleto de la carátula del libro.

Portada del libro.

Si a algo hay que reprochar en la vida, es al tiempo que pasa y no regresa, Chávez es: Tassili, Chavín, Mochica, Inca, Huamán Poma, Santiago el Pajarero, Pancho Fierro, Tamayo, Ángel, Matta, guerra en Argelia, Vallejo, Moro, Mayo del 68, Lam, Arguedas, Revolución cubana, Seguí, Macondo, López Antay, Tilsa, Huaringas, Bellas Artes, Latinoamérica.

Gerardo Chávez se ha encargado de darle otro sentido a la penuria, al desamor, al ser peruano pobre, a los círculos viciosos, la mezquindad, al centralismo de Lima y de las provincias, a todo lo negativo de la patria; su obra ha sublimado esos avatares. “No le tengo miedo a la muerte. Les temo a la inactividad y al olvido, ante esto, la escultura, el hombre que camina de Alberto Giacometti es su inspiración. La vida es como se recuerda. Sin la memoria no somos nada”.  

Amarilis, noviembre 2022.