AL MAESTRO DEL PERÚ

Yeferson Carhuamaca 

La grandeza de ser maestro radica en levantarse temprano y tomar un desayuno para volver a ser alumno nuevamente. El verdadero maestro el fracaso es. Antes que las estrellas dejen el cielo reluciente y que el frío empiece a despejar su soledad a las primeras sombras y rayos de luz que trae consigo el sol, ya un maestro de convicción fuerte y de hombros gastados en las cargas que lleva a cuestas como son los libros, libretas de registros, papeles, plumones o tizas, corazones inocentes, jóvenes audaces o padres quebrados; se prepara para llegar a su centro educativo con el corazón caliente y la mente llena para desbordar sapiencia y valores.

Un día antes, plancha con delicadez y algo de fuerza a la misma vez, su camisa blanca, celeste o azulada, las líneas deben ser parecidas a las rectas de las Líneas de Nazca se dice así mismo. Los pantalones deben de estar también alineados a las líneas de la camisa, además de los zapatos que los lustra como si fueran tesoros preciados de las antiguas culturas mesopotámicas y egipcias, las medias deben ser algo gruesas para el frio invernal que siempre envuelve a la sierra, guarda cuidadosamente sus materiales didácticos en donde se encuentra la planificación que con cierta capacidad militar ha diseñado para las clases de esta semana, ni Napoleón Bonaparte preparaba de esa manera sus combates, en cambio, el profe siempre tiene diversos planes para llevar a que sus estudiantes tengan la lección del día para su vida incierta.

En su otra maleta, guarda su ropita, sus utensilios de limpieza, algunos libros que leerá en la semana, una vieja laptop que con mucho esfuerzo compró, su platito y su taza, más los cubiertos que utilizará para comer en la señora Toña, su pequeño termo y algunos dulces que compartirá con sus alumnos como si fuera la hermana Teresa de Calcuta. Su maletín y su mochila, viejos aliados para educar en los lugares alejados, donde el cielo es azul y se vive sobre jircas que rodean con su mística los caminos por donde deben pasar los profesores en busca de hacer sus sueños y que otros las cumplan también.

Aún de madrugada, algunos esperan su movilidad, un carro que lleva a cinco profesores por las rutas y quebradas hermosas de los pueblitos de las ocho regiones que Javier Pulgar Vidal propuso por la naturaleza sagrada del Perú, muchos van a la selva y sus comunidades llenos de esperanzas de niños a pies descalzos, otros a la puna helada donde el frío ha dibujado rostros fuertes con sonrisas blancas como la nieve del mismo Huascarán, otros a pueblos con ciertas costumbres y creencias que comparten milenariamente con la historia de nuestro pasado señorial, otros con algo de modernidad y de plazas hermosas, llenas de flores silvestres que crecen y dan colorido a los sombreros de las campesinas en tiempos de fiesta.

El sol despierta en algún lugar profundo de nuestro país, y los pies de algún maestro se abre paso entre los árboles, la hierba buena y los alumnos que van llegando a la escuela con un andar jocoso al colegio de cemento, barro, calamina, madera de bambú u otro material en donde se debe de aprender a ser o no ser como diría Shakespeare. El verdadero maestro crea lazos académicos, culturales, de valores y sobre todo de una genuina amistad y respeto entre todos los miembros de una comunidad.