17 años, 7 meses y 14 días después

Jorge Farid Gabino González

Escritor, articulista, profesor de Lengua y Literatura

La liberación de Antauro Humala ocurrida el pasado viernes 20 de agosto, después, como apunta Caretas, de 17 años, 7 meses y 14 días, esto es, a un año y siete meses de cumplir su condena de 19 años de cárcel por rebelión y asesinato de cuatro policías durante el denominado “Andahuaylazo”, no es, por supuesto, un hecho fortuito. 

Nada de lo que sucede en política, a decir verdad, lo es. Menos aún en este país, que, si por algo se caracteriza en cuanto al desempeño de sus políticos, es, como se sabe, porque no dan puntada sin hilo. Si a lo que las evidencias que con el paso de los días van saliendo a la luz apuntarían no sería a otra cosa que a un plan orquestado desde las más altas esferas del gobierno para incrementar todavía más el ya de por sí efervescente clima de convulsión social que se vive en el Perú, a causa de las diversas denuncias de corrupción en que se encuentran involucrados el presidente, sus ministros, exministros, familiares y amigos, desde el momento mismo de iniciado el gobierno de Castillo.

¿Qué santo de qué? Pues de que, como reza el refrán, a río revuelto, ganancia de pescadores. Entendiéndose por estos, naturalmente, al presidente y a cuantos conformarían, con él, la organización criminal que, según la hipótesis fiscal, se habría encargado de hacerse de los dineros del Estado, valiéndose, entre otras cosas, del direccionamiento de licitaciones públicas, y esto con el obvio y ya demostrado objetivo de beneficiar a su entorno familiar. 

Y es que, como ya se comienza a notar en el rumbo que va tomando el sentir de la opinión pública con el correr de las horas, de lo que a la gente le está dando ahora por hablar es, por un lado, de si la excarcelación de Antauro Humala se dio de manera regular o si, por el contrario, existió una clara y directa injerencia por parte del Ejecutivo para que ocurriera el desenlace que ya todos conocemos; y, por otro lado, de si el líder ultranacionalista es el llamado a encabezar una futura coalición de las izquierdas con miras a las próximas elecciones presidenciales, las mismas que, dadas las circunstancias, podrían ser tanto en poco menos de cuatro años como en unos cuantos meses.

Polarización está en la que no parece haber espacio para que nadie, o casi nadie, se quiera ocupar de cuestiones tan tremendas y desconcertantes como el que tengamos a un presidente con seis investigaciones fiscales, a cual más truculenta que la anterior, y que aquí a una gran mayoría de peruanos le importe un maldito carajo. Ni tampoco, por supuesto, para que la primera dama, la hija, los sobrinos y los cuñados del presidente, que se encuentren asimismo involucrados también en casos de corrupción, reciban, como sería lo normal, el repudio de la población. No. Si para nada de ello hay lugar en este circo decadente en que se ha convertido la política peruana de un tiempo a esta parte.

El interés de la gente, como quedó dicho, es de momento otro. Y a ello, es bueno enfatizarlo, nos llevó a la liberación de Antauro Humala. 

Liberación que en los próximos días comenzará a dar sus verdaderos frutos, sobre todo cuando comience a aglutinar en torno a la figura del exrecluso a esos millones de peruanos que apoyaron a Castillo para que llegase a la presidencia, y que ahora, no se necesita ser un genio para saberlo, comenzarán a ver a Antauro Humala como la encarnación del líder que esperaban, y que Castillo, casi sobra decirlo, jamás estuvo en condiciones de encarnar.

Al respecto, no sorprende en absoluto que el líder de Perú Libre, Vladimir Cerrón, haya comenzado ya a desvivirse en alabanzas hacia Antauro Humala. Consciente, desde luego, de que no podía asumir una candidatura presidencial debido a sus problemas con la justicia, y no pudiendo. 

Asimismo, contar para nada con el fracaso político que le significó la figura de Pedro Castillo por las razones que ya todos conocemos, no le quedaría más remedio que utilizar al ultranacionalista como el candidato ideal para sus intereses, esto es, para la realización de su trasnochada y delirante agenda política.

Lo que ni Vladimir Cerrón ni los millones de peruanos que verían con buenos ojos la liberación de Antauro Humala estarían viendo es que, a diferencia de Castillo, que comparado con el ultranacionalista es lo que ya todos sabemos, un pobre diablo, al etnocacerista no le temblaría la mano para llevar adelante toda la sarta de despropósitos y majaderías que, según su retorcida manera de concebir la realidad, deberían implementarse en el Perú. 

Panorama sombrío y siniestro en el que, de no tomar pronto cartas en el asunto, el país podría caer después de liberarse de la nefasta figura de Castillo. Con lo cual, de ocurrir así, existen casi infinitas posibilidades de que el Perú, ahora sí, termine de irse a la mismísima mierda. A tener los ojos bien abiertos.